Apreté los dientes con rabia.
—No otra vez… —murmuré.
Me incorporé lentamente y miré a mi alrededor.
La oficina estaba intacta. La computadora permanecía encendida, los documentos reposaban en su lugar y la luz del sol entraba por la ventana como si nada hubiera cambiado.
Pero yo sí había cambiado.
Tomé el teléfono para revisar la fecha.
28 de febrero de 2078.
Era el mismo día y el mismo mes.
Pero exactamente un mes antes del fin del mundo.
Había regresado en el tiempo.
No sentí alegría. Un frío helador recorrió mi espalda.
Y luego, reí.
Una risa vacía, carente de emoción.
—Así que el mundo me dio otra oportunidad…
Me levanté despacio.
—Entonces esta vez… no voy a perder.
En ese instante, la luz de la oficina parpadeó.
Mi sombra se movió sola.
De repente, una voz robótica y profunda apareció dentro de mi mente.
[Condición detectada: ira extrema.][Despertando sistema del Dios de la Sombra.]
Un dolor agudo me atravesó el cuerpo.
No era un dolor puramente físico. Era como si algo, en lo más profundo de mi ser, estuviera siendo reescrito.
Entonces apareció frente a mis ojos una nueva interfaz.
[Dios de la Sombra — Nivel 1]
Mis nuevas habilidades se materializaron en mi mente.
Paso de las Sombras: permitía un desplazamiento instantáneo entre sombras dentro de un rango de 500 metros.
Sombra Cortante: permitía materializar tentáculos oscuros capaces de atravesar cualquier objetivo.
Me quedé en silencio durante varios segundos.
En mi vida pasada, algo así no existía.
El mundo ya estaba cambiando antes de tiempo.
Pero no importaba.
Yo lo recordaba todo.
Lo primero que vino a mi mente fue el Anillo del Espacio Infinito.
Un artefacto místico que, en el futuro, permitió a su portador almacenar armas, comida y vehículos sin límite de espacio.
Un objeto capaz de garantizar la supervivencia de cualquiera.
Y en este momento preciso…
Todavía no tenía dueño.
—Tengo que conseguirlo… —dije, decidido.
Sin perder un segundo, tomé las llaves del auto y salí.
Al conducir, vi que la ciudad seguía igual.
Personas riendo.
Niños jugando.
El tráfico normal de siempre.
Una paz absoluta.
Pero completamente falsa.
Apreté el volante con fuerza mientras observaba a las personas por la ventana.
—Disfruten mientras puedan… —susurré.
Llegué a una joyería pequeña, antigua y fácil de ignorar.
Al entrar, una pequeña campana resonó en el local.
—Bienvenido —me saludó un anciano desde el mostrador.
—Solo muéstreme los anillos —respondí de inmediato.
No me molesté en mirar los ejemplares caros.
Mi mirada se fijó en uno solo.
Estaba arrumbado en una esquina.
Era un anillo negro, sencillo y sin ningún brillo.
El anciano, al notar mi interés, soltó una pequeña risa.
—Ese no lo quiere nadie —comentó.
—Lo compro —respondí.
Pagué el precio sin discutir.
En cuanto deslicé el anillo en mi dedo, un frío glacial me recorrió el cuerpo.
Mi visión se oscureció durante un segundo.
Entonces, la voz del sistema volvió a resonar en mi cabeza.
[Artefacto legendario detectado.][Sincronización completada.][Anillo del Espacio Infinito vinculado.]
Frente a mis ojos se abrió un espacio infinito.
Completamente vacío.
Sin límites visibles.
Para probarlo, tomé una moneda y la lancé al aire.
Desapareció en el acto.
Con un solo pensamiento, la recuperé de inmediato.
Funcionaba a la perfección.
—Esto lo cambia todo…
Sonreí.
A partir de ese instante, comencé a prepararme sin perder un solo segundo de mi mes de ventaja.
Utilizando el anillo, compré toneladas de suministros esenciales:
Arroz.
Pasta.
Carne enlatada.
Agua.
Medicinas.
Baterías.
Herramientas.
Generadores.
Cuerdas.
Linternas.
Armas básicas.
Todo desaparecía dentro del anillo sin dejar el menor rastro.
Para mí, el almacenamiento ya no tenía límites.
Y eso significaba una sola cosa:
Podía prepararme para cualquier escenario.
Sin embargo, todavía faltaba lo más importante.
La base militar oculta en la montaña.
En mi vida pasada, el gobierno había abandonado oficialmente ese lugar tras una supuesta investigación cerrada sin resultados.
Pero la verdad era muy distinta.
En realidad, era un arsenal subterráneo completo.
Vehículos militares.
Armas pesadas.
Combustible.
Suministros suficientes para sostener a un ejército entero durante años.
Y yo sabía su ubicación exacta.
Para adquirir el terreno sin levantar sospechas, utilicé una empresa fantasma y cerré la compra por 8.7 millones de dólares.
Para el resto del mundo, era solamente una montaña vieja y sin valor.
Para mí…
Representaba el comienzo de mi fortaleza.
La construcción y remodelación comenzó de inmediato.
Contraté a un total de 122 personas, incluyendo ingenieros, electricistas, técnicos en seguridad, excavadores y obreros.
Les ordené ampliar los túneles subterráneos, reforzar las estructuras con acero militar, instalar sistemas eléctricos independientes, cámaras de vigilancia de alta tecnología y zonas de almacenamiento masivo.
Para lograrlo, adquirí:
300 toneladas de acero reforzado.
120 toneladas de cemento de alta resistencia.
Puertas blindadas de especificación militar.
Kilómetros de cableado industrial.
Todo el proyecto debía terminarse en menos de un mes.
Sin errores.
Sin preguntas.
Solo trabajo duro.
Un día después de iniciar las obras, encontré a un pastor alemán completamente negro.
Sus ojos reflejaban una mirada tranquila, pero sumamente atenta.
No mostraba pizca de miedo ante mí.