1 de abril, 03:15 a.m.
El pesado portón de acero blindado de la fortaleza se cerró por completo.
¡¡CLANG...!!
El eco metálico resonó por los pasillos subterráneos, aislando el silencio de la noche exterior. El olor acre, dulzón y ferroso de la sangre zombi que impregnaba mi ropa comenzó a disiparse gracias a los potentes extractores de aire de la entrada.
Caminé arrastrando los pies hacia la cocina de la base. Mis botas tácticas dejaban un rastro de polvo gris sobre el suelo de hormigón pulido.
El silencio en el búnker era absoluto, roto únicamente por el suave zumbido eléctrico de los generadores y el jadeo rítmico de Ferry a mi lado.
Me apoyé contra la mesada de acero inoxidable. El cansancio me golpeó como un mazo.
Tenía un hambre voraz.
Abrí la despensa y saqué una lata de estofado de carne premium y un paquete de raciones militares de alto contenido calórico. Para Ferry, abrí una lata grande de alimento húmedo concentrado para perros de alta energía.
Chac... clink.
El abrelatas metálico perforó el metal. Vertí el estofado en una pequeña olla y encendí la hornilla eléctrica. En pocos minutos, el chisporroteo de la grasa y el espeso aroma a carne caliente, papas y especias llenaron el ambiente, haciéndome pasar saliva.
Serví la comida. Nos sentamos en el suelo de la cocina, uno al lado del otro.
Comí directamente de la olla con una cuchara de metal. El sabor salado y caliente me devolvió la vida al instante. Ferry devoraba su ración con desesperación, el sonido de su lengua golpeando el plato de acero inoxidable era lo único que se escuchaba.
«Está delicioso, Jian. Siento cómo mi energía regresa», su voz resonó clara en mi mente.
Sonreí de lado, dándole una palmada en el lomo.
—Te lo ganaste, compañero. Te transformaste en un verdadero monstruo allá afuera.
«Solo hacía mi parte. No dejaré que nadie te toque».
Terminamos de comer a las 04:00 a.m. Mis ojos se cerraban solos. Caminamos hacia la habitación principal, me quité el chaleco táctico y me desplomé sobre el colchón. Ferry se enroscó a los pies de la cama. En segundos, caímos en un sueño profundo y sin imágenes.
───
2 de abril, 07:00 a.m.
Un pitido electrónico intermitente me despertó.
Beep... Beep... Beep...
El reloj digital de la pared parpadeaba en verde. Me levanté de golpe, sintiendo el cuerpo ligero y completamente recuperado. La energía de las sombras volvía a fluir de manera óptima por mis venas.
Miré a Ferry. Ya estaba de pie, estirando sus patas delanteras y mirándome con fijeza.
—Es hora de salir —dije, ajustando los cordones de mis botas y enfundando mi espada en la espalda—. Necesitamos explorar la ciudad y limpiar los alrededores antes de que aparezcan más mutaciones.
«Estoy listo. Mi olfato está más agudo hoy».
Salimos de la fortaleza bajo la fría luz de la mañana. Decidimos avanzar a pie hacia el sector residencial de la ciudad baja, utilizando la vegetación de la ladera como cobertura.
Al entrar a las calles principales, el panorama era desolador.
Autos abandonados con las puertas abiertas, ventanas rotas y manchas de sangre seca en el pavimento. De pronto, un gemido gutural rompió la calma.
Grrr... Aaagh...
Tres zombis comunes salieron de detrás de un autobús volcado. Tenían la piel carcomida y las mandíbulas cubiertas de fluidos oscuros. Al vernos, aceleraron el paso, arrastrando los pies con un sonido rasposo contra el asfalto.
—No gastemos energía mágica todavía —le advertí a Ferry en voz baja.
Desenvainé mi espada. El metal silbó en el aire.
¡Fiuu!
Me impulsé hacia adelante. El primer zombi estiró sus manos huesudas para atraparme, pero esquivé de lado con un juego de pies fluido. Moví los brazos de derecha a izquierda en un ángulo diagonal.
¡SLAASH!
La hoja de acero cortó limpiamente el cuello del infectado. Su cabeza rodó por el suelo con un sonido seco, como una fruta madura cayendo de un árbol.
A mi derecha, Ferry dio un salto limpio. Sus colmillos, ahora reforzados por su evolución latente, se cerraron alrededor de la yugular del segundo zombi. Se escuchó un crujido espantoso.
¡CRACK!
El cuerpo del monstruo cayó inerte. El tercero intentó abalanzarse sobre Ferry por la espalda, pero di un paso largo, clavando la punta de mi espada directamente en su frente. El acero atravesó el cráneo.
¡Pshhh!
Un chorro de fluidos oscuros manchó el suelo. Los tres enemigos quedaron neutralizados en menos de diez segundos. Sacudí la hoja para limpiarla y la guardé.
Avanzamos un par de calles más hasta quedar frente a un edificio de apartamentos de cinco pisos. Las ventanas de la planta baja estaban reforzadas con rejas, pero la puerta de la entrada principal estaba entornada.
Justo cuando nos disponíamos a pasar de largo, un sonido sumamente débil llegó a mis oídos.
Waah... uaaah...
Me congelé en el sitio. Ferry erigió las orejas de inmediato, apuntando hacia el interior del edificio.
—¿Un bebé...? —murmuré, incrédulo.
«Sí, Jian. Viene del segundo piso. Está muy asustado».
Entramos al vestíbulo con cautela. El aire adentro estaba rancio y frío. Subimos las escaleras de concreto, cuidando que nuestras pisadas no hicieran ruido. Llegamos al apartamento 204, cuya puerta de madera tenía marcas de garras, pero estaba cerrada.
Giré el picaporte lentamente y empujé.
Creeeak...
La puerta chirrió. El llanto se escuchó con más claridad desde una habitación al fondo. Caminé con la espada en mano, alerta a cualquier emboscada, pero el lugar estaba vacío. Entramos al cuarto de niños.
Allí, dentro de una cuna de madera blanca, había un bebé de apenas unos meses de nacido.
Al acercarme y mirar el interior, me quedé sorprendido. El niño era chele, de piel sumamente pálida, unos ojos zarcos transparentes que brillaban con las lágrimas y un cabello rubio muy fino que captaba la poca luz de la ventana. Estaba envuelto en una manta azul, temblando de frío.
Lo levanté con cuidado, acomodándolo contra mi pecho. Al sentir mi calor, el bebé dejó de llorar poco a poco, hipando levemente y mirándome con curiosidad.
—No podemos dejarlo aquí —dije mirando a Ferry—. Es comida segura si una horda pasa por esta calle.
«Llevémoslo a la base. Estará a salvo detrás del acero».