El silencio que siguió al pitido del sistema duró menos de un suspiro. Las letras doradas de la interfaz flotaban sobre nosotros, proyectando un brillo irreal en las paredes de hormigón salpicadas de sangre y fluido verdoso. Mi salud se mantenía estancada en un precario 36%. Las fracturas de mi clavícula se habían soldado, sí, pero el hombro izquierdo me palpitaba con la fuerza de un motor diésel en mal estado. Los vendajes desiguales y toscos que Jack me había colocado estaban empapados en una mezcla de sangre fresca y antiséptico barato. Cada bocanada de aire rancio del estacionamiento subterráneo se sentía como si tragara astillas de vidrio.
—Tres... —susurré, arrastrando las palabras a través de los dientes apretados.
A través de la barandilla retorcida de las escaleras mecánicas, a unos treinta metros por encima de nuestra posición, las tres parejas de ojos carmesí brillaban como brasas en la oscuridad. No eran los ojos apagados e inexpresivos de los zombis comunes de Nivel 1. Estos se movían con una velocidad espasmódica, calculando, fijando su objetivo en el rastro de nuestra sangre.
¡Ding!
[Objetivo identificado: Infectado Corredor (Nivel 2)]
[Cantidad: 3]
[Atributos principales: Velocidad extrema, Agilidad vertical]
[Habilidad especial: Frenesí de caza (Aumenta la velocidad de ataque un 50% al detectar objetivos heridos)]
Un siseo colectivo, similar al escape de gas de una tubería rota, resonó en el hueco del sótano. Las tres siluetas se estiraron. Sus cuerpos eran delgados, con los tendones de las piernas expuestos y tensos como cuerdas de piano. Las uñas de sus manos se habían desgastado hasta convertirse en astillas de hueso afiladas.
«Jian... mi energía está al límite, pero puedo retenerlos en la base de la rampa», la voz de Ferry resonó en mi mente, pero ya no tenía la fuerza vibrante de antes. Era un susurro mental pesado, arrastrado por el dolor de la herida abierta en su costado. Intentó ponerse de pie, pero sus patas delanteras temblaron, obligándolo a apoyar el pecho contra el suelo polvoriento.
—No, Ferry. Quédate abajo —ordené mentalmente, sintiendo una punzada de furia en el pecho. El sistema acababa de otorgarle la habilidad Alfa Protector, pero las condiciones eran claras: una vez que se agotara el tiempo, el desgaste biológico lo dejaría indefenso durante días. No iba a quemar mi última línea de defensa en tres malditos Corredores si podía evitarlo.
Miré hacia abajo. Jack seguía acurrucado contra mi rodilla sana. Su crecimiento acelerado del 10% le había dado la firmeza suficiente para no desmayarse por el terror, pero sus pequeños dedos temblaban mientras se aferraba a la lona de mi pantalón táctico. En sus ojos zarcos vi el reflejo de la interfaz holográfica y, por primera vez, algo parecido a una chispa de comprensión salvaje. No era solo un bebé rescatado; era un superviviente que el sistema ya estaba registrando bajo mi tutela.
—Jack, detrás de la columna. Ahora —le ordené en un tono bajo, inapelable.
El niño no balbuceó ni lloró. Retrocedió a gatas, arrastrando su manta azul, y se encajó en el estrecho hueco entre la columna de carga y una caja de herramientas de metal volcada. Su obediencia me dio el segundo que necesitaba.
Concentré mi mente. El dolor de mi hombro izquierdo se convirtió en el combustible para mi habilidad.
—Espada del Infierno —pronuncié.
La katana negra de un metro de largo se materializó en mi mano derecha con un chasquido magnético. El humo denso y oscuro que brotaba de la hoja golpeó el suelo de cemento, disipando el olor a descomposición de los zombis que acababa de rebanar en el umbral. Sostener el arma con una sola mano era un suplicio debido a las microrroturas de mis fibras musculares, pero el modificador de daño del +20% era mi única garantía de un golpe limpio.
¡SCREEECH!
Las garras de los tres Corredores rasparon las placas de metal de las escaleras mecánicas. Se lanzaron colina abajo al mismo tiempo. No corrían como humanos; se impulsaban a cuatro patas, rebotando contra los restos de los coches aplastados y las columnas de hormigón. Su velocidad era absurda. En menos de dos segundos, la distancia entre nosotros se redujo a la mitad.
El primero de ellos, un antiguo espécimen masculino con el torso desgarrado y la mandíbula colgando por un único tendón, saltó desde el capó de un sedán destrozado. Venía directamente hacia mi cabeza, con las manos extendidas listas para destrozarme el cuello.
—Paso de la Sombra —siseé.
Mi cuerpo se disolvió en una neblina oscura justo cuando las garras del infectado cortaban el aire donde un milisegundo antes estaba mi rostro. Reaparecí tres metros a su izquierda, justo en el punto ciego de su trayectoria de caída. El esfuerzo me provocó un mareo violento y la barra de Energía de las Sombras cayó en picado en mi esquina visual. Sin embargo, no dudé.
Aprovechando la inercia del monstruo, descargué un tajo horizontal con la katana negra.
¡SLASH!
La hoja indestructible cortó el aire y penetró el tejido magro del cuello del Corredor. Con el +20% de daño extra, el acero del infierno no encontró resistencia en los huesos cervicales. La cabeza del primer infectado saltó por los aires, despidiendo un chorro de fluido espeso y negruzco antes de que su cuerpo impactara contra el suelo, deslizándose por el cemento hasta detenerse a los pies de la columna donde Jack se escondía.
[¡Ding! Infectado Corredor de Nivel 2 eliminado. Progreso hacia Nivel 3: 15%]
No hubo tiempo para celebrar. Los otros dos Corredores cambiaron su trayectoria en el aire al ver caer a su compañero. El segundo mutado, utilizando la elasticidad de sus piernas hipertrofiadas, rebotó contra el techo bajo del estacionamiento y cayó sobre mi espalda antes de que pudiera recuperar la postura de guardia.
¡AAGH!
El impacto me mandó directo al suelo. La katana se deslizó unos centímetros de mi mano, aunque mantuve el vínculo mental con ella. Sentí unas uñas largas y afiladas clavarse en la parte superior de mi chaleco táctico, buscando la carne blanda de mi hombro herido. El olor a podrido de su aliento me inundó la cara.