El Reencuentro

Capítulo Uno: El fin de un comienzo

 

Mansión de la Familia Malsalón

 

MAX, OBSERVA CON desolación he impotencia, el cuerpo inerte de quien fue casi un hermano para él. Silvio había muerto, le habían marcado y él había llegado tarde. Lo único que pudo hacer fue cerrarle los ojos y pensar. Si pudiera volver atrás, se dijo, solo dos horas, quizás todo hubiera acabado de diferente manera. Hubiese alertado a Silvio con antelación de no verse en su casa, él no llegaría hasta bien entrada la noche y los criados estaban libre ese día.                                                                                                              

Poco sabía Max que aquello era una trampa. No supo cómo los hombres de Igor se enteraron de la reunión entre ellos y que la mansión estaría deshabitada ese día, pero su viaje se acortó hacia el mediodía y eso le dio la ventaja de regresar temprano. Decidió cenar en el camino antes de volver a su casa, donde documentos amontonados necesitaban de su atención.             

En la taberna se encontró con los hermanos Estorbas, estos le contaron lo que tenían planeado hacer. Llevaban más de dos horas esperando a Silvio y éste seguía aun sin aparecer. Max no daba crédito a lo que salía de la boca de esos dos ignorantes. ¿De verdad creyó que podría acabar con Igor, así de fácil? Este era de otra índole.                                                                           

El tabernero dejó en la mesa su cena. Un sabroso filete de ternera medio echo, sin verduras, pero Max lo miró sin ganas, había perdido el apetito. Sacó unas monedas del bolsillo de su levita, los arrojoó sobre la mesa y se marchó con el semblante marchito. Con las prisas casi derribó a su paso a dos hombres, estos se quejaron, pero Max no se disculpó ni siquiera miró hacia atrás.                                     

Obstinado montó a su semental, lo espoleó varias veces para llegar lo antes posible. Ransem supo que su dueño no estaba de buen humor. A galope se pusieron en camino, le llevaría más diez minutos antes de llegar a la mansión. Max se inclinó hacia adelante.                                                       

—A casa Ransem—susurró pegándose a la oreja de su caballo.                                                                 

Su semental estiró aún más el cuello con la intención de alcanzar el viento. Cabalgó cómo pocas veces lo hacía y Max se orgullecía de él. A galope, Max intentaba recordar las conversaciones con Silvio y en los lugares donde se habían reunido, pero no notó nada que lo alertase.                             

Pensó en la última vez que lo vio. Fue en la plaza, lo había visto salir de la herrería. Max recordó que intercambiaron unas palabras, pero no se percató del plan que su amigo tenía en mente. Recordó ver a Velkan, el herrero, pasarle un paquete a Silvio y como éste lo ocultaba con rapidez entre su gabardina. Después de intercambiar un par de palabras se encaminaron hacia la taberna. Si supiera que fue lo que Silvio y el herrero hablaron.                                                                       

Sacudió la cabeza sin percatarse de que empezó a llover con fuerza, Ransem se dejaba el aliento en el camino, sabía que su amo necesitaba de su fuerza y velocidad.         

Ya casi estamos llegando, se dijo, sintiéndose aliviado al ver la mansión, pero la tranquilidad duró unos segundos, volvió a fruncir el ceño al ver la puerta principal estaba abierta y uno de faroles apagados, dejando la entrada exterior en penumbra. Al pie de la escalera Max saltó de su montura, Ransem se dirigió hacia las caballerizas.                                                                                                                              

—¿Quién hay aquí? —preguntó en voz alta, con la intención de hacerse escuchar mientras cruzaba el umbral a grandes zancadas.                                                                                                       

De pronto, voces y ruidos de muebles golpeando el suelo procedente de la primera planta, lo alertó, allí arriba había alguien, le pareció incluso reconocer la voz de Silvio, subió las escaleras de dos en dos dirigiéndose hacia dónde provenía el ruido, le sorprendió al ver que provenía de su propio dormitorio.                      

Fue tanta la fuerza con la que golpeó la puerta, que la descolgó de las visagras del impacto. Max entró gritando cuando vio a los dos atacantes de Silvio saltar por el barcón, desapareciendo en la oscuridad. Quiso ir tras de ellos, pero no podía dejar a su amigo allí, se arrodilló junto a Silvio para socorrerlo, pero este, yacía en el suelo, desnudo boca abajo. Lo giró sobre su espalda para ver como la vida de su amigo se cegaba para siempre, delante de él. Silvio hizo una mueca al ver que no moría solo. Su amigo estaba aquí, viéndolo ir.

Max miró a su alrededor, intentando comprender que había ocurrido, ¿Por qué Silvio? ¿Y por qué habían elegido su casa? Se levantó alzando el cuerpo sin vida de su amigo, para dejarlo en medio de la cama, lo tapó con la sabana para cubrir la carnicería que le habían propinado, se dirigió hacia el balcón para cerrar las ventanas y las cortinas. Mordiéndose los labios controló la impotencia que sentía en ese momento, las lágrimas escocían la ira en sus ojos.                                           

—Adiós Silvio— susurró—Ya no hay dolor, —murmuró a la vez que se dejaba caer sobre su sillón orejero. Se sentía confuso y lleno de rabia, sabía que tenía que solucionarlo y lo haría. La frustración le hizo atusarse el pelo que le caía por la frente, estaba cansado de todo aquello. Miró a su alrededor, la luz tenue de la bujía rompía la tétrica atmosfera que mantenía la estancia casi en penumbras. Las pesadas cortinas con diseños florales que habían vivido mejores tiempos ocultaban el gran ventanal de doble hoja. Una mesa escritorio de madera maciza y dos sillas de espaldero alto, era todo el mobiliario.                                                       




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