El Reencuentro

Capítulo dos:  El pasado nunca olvida

                         

IMAGENES FUGACES REVOLOTEARON EN LA MENTE DE ELLA. Su vida había cambiado en los últimos diez años, desde el mismo momento en que Max se cruzó en su vida, o, mejor dicho, desde que el Clan Sabbath decidió bajar de las montañas donde vivían, para mezclarse con los aldeanos de Portostana.   

Ella lo recordaba cómo si el tiempo nunca hubiera pasado. Portostana, era donde ella había nacido, donde había pasado su infancia. Pequeño pueblo parte de Transilvania, situado a escasos kilómetros del rio Negro, peligroso y profundo de fuertes corrientes, contaba con el ridículo número de solo cuatrocientos habitantes, pero, aun así, ella se consideraba una niña privilegiada.

Su padre Antón Van Mures era dueño de la taberna Las Torres Negras.  Próspero negocio donde se servía comidas caseras preparadas por su madre Lucia, he incluso alquilaban algún que otro cuarto cerca de la bodega para viajeros de paso. Con camastro, mantas de lana con que abrigarse del frío y un par de muebles para acomodar la estancia, los cuartos se veían presentable y cómodos para los huéspedes.                                      

Las casas estaban construidas tan juntas que parecían estar colgadas una sobre otras, con muros de paredes oscuros y diferentes alturas. La calle principal, con charcos y barro en invierno, seca y polvorienta en verano, era la arteria del pueblo. Aquellos que podían costearse una vida decente vivían en la zona.                                                          

Cómo próspero pueblo se podía encontrar de todo: La taberna del Pato Rojo, situada cerca de la plaza. Víctor el barbero, una carnicería, el herrero, un sastre, un doctor y una funeraria Stirling & Hijos. Situado al otro lado del puente. Haciéndola casi independiente del resto de la comunidad estaba la iglesia de piedra blanca, situada a escasos metros del cementerio, donde varias fosas comunes, vacías, aguardaban abiertas. Allí, era donde terminaba Portostana, acres y acres de tierras cultivadas y un frondoso bosque que ocultaba caminos errantes.                                                                                                                       

Ella tenía solo trece años, cuando lo vio por primera vez. Fue en una horrible noche. A pesar de los años transcurridos aún seguía muy vívida en su memoria. La plaza estaba desierta, la fuerte tormenta apaleaba duramente haciendo casi imposible el transitar por la calle principal. El fuerte viento silbaba entre los árboles como si anunciaran la llegada de un mal presagio, doblando con facilidad los altos pinos del cementerio. 

La vida en Portostana transcurría detrás de las puertas, en el interior de cada hogar, donde el calor de las chimeneas, el olor a comida a sudor y a tabaco, cortaba de cuajo la noche infernal en el exterior. Parecía que nadie tuviese interés en saber lo que ocurría allá fuera.

Valentina, desde la ventana de su habitación observaba como las hojas y ramas de árboles iban de un lado a otro de la calle a merced del viento. Vio dos figuras borrosas abandonando la taberna del Pato Rojo, al otro lado de la calle, desapareciendo entre la noche.        

Dos horas después un extraño ruido la despertó, desorientada y aún dormida se dirigió hacia la ventana. La lluvia torrencial parecía que no fuese amainar, el viento seguía azotando y arrastrando todo lo que encontraba en su camino. Pegó la nariz al cristal de la ventana, intentando ver con claridad a través de la fuerte lluvia. Cuando de pronto, cuatro figuras aparecieron casi de la nada en mitad de la calle. Allí abajo cuatro hombres pateaban y golpeaban a una quinta persona.                                                                             

Peleas de borrachos, pensó, sin apartar la vista de ellos. Se fijó en que vestían la misma largas ropas negras con grandes capuchas que los protegían de la lluvia. La figura que yacía en el suelo no se movió. Valentina no podía apartar la mirada de ellos, especialmente del que estaba tumbado medio desnudo en la mojada calle. Sintió curiosidad por saber cómo acabaría todo aquel pateo.

El vaho de su boca empañó el cristal, nublaba la visión, con la manga del camisón hizo pequeños círculos, haciendo posible ver con más claridad. Lo último que ella pudo imaginar era que la figura tumbada en el suelo, sangrando y medio desnudo percibió sus movimientos. Por segundos sus miradas se encontraron. Temblorosa dio un paso hacia atrás, ocultándose en la oscuridad de su habitación.                        

¡Me ha visto! Se dijo cubriéndose la boca con las dos manos. Decidió no moverse. Acurrucada en un rincón de su habitación aguardo inmóvil por largos minutos, antes de ir a mirar una vez más. Quiso en vano, intentar escuchar a través de la fuerte lluvia, pero desde el rincón no podía. Lentamente se dirigió hacia la ventana, esta vez fue más cautelosa, pero para su sorpresa, allí abajo no había nadie. Recorrió con la mirada la solitaria calle. El viento y la lluvia seguían azotando. Los faroles de gas de la taberna, era lo único que se veía iluminado al otro lado de la calle.                                                                                                    

De pronto la puerta se abrió, era Maurice, el dueño, despidiendo a los últimos clientes. Los perros de este aprovecharon para dar unas cuantas carreras bajo la lluvia y mear en el quicio de la puerta vecina.          

—¡A dentro! —Los llamó. Sus dos labradores negros olfatearon la lluvia, con ruidos de jaurías, la puerta se cerró tras ellos.

Un sexto sentido le decía que algo se ocultaba allá abajo en la oscuridad, pero no sabía qué hacer, sin pensárselo más, decidió bajar y ver por ella misma de que quizás estaba equivocada. Cuidadosamente, atravesó el corto pasillo hasta alcanzar las escaleras, en cada escalón puso el pie en el lugar donde la madera no crujiría.




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