El Reencuentro

Capítulo Cinco: Monte Del Santo Michel, Isla Francesa

                                                                               

                  

GIL DERICOTT, ABAL DE LA Abadía de Saint Michel, leía por segunda vez y con el ceño fruncido, la carta recibida esa mañana a la vez que cerraba la forja llena de monedas de oro recibida con la petición. El día amaneció lluvioso, ennegrecido, el viento azotaba con fuerza contra los cristales del ventanal.

Una tormenta asomaba desde las costas inglesas hacia ellos. Gotas gruesas de lluvia golpeaba las vidrieras de su aposento, donde solía atender sus asuntos más privados. El contenido de la carta no le agradaba lo bastante ya que podría poner en una situación delicada a la abadía y alterar la convivencia en ella.       

Especialmente si se llegaba a descubrir que una de las criptas, serviría de refugio para dos mujeres. Pero no podía ni quería negar la ayuda a su amigo ni la fiel generosidad de este. Había mucho trabajo por hacer en la abadía y ese dinero, era como un maná caído del cielo. Ayudaría a finalizar la construcción del interior de la zona Norte y cubriría muchos gastos.    

Él era un hombre inteligente, audaz y, servicial con aquellos quienes necesitaban de la misericordia y protección de la abadía. A sus cincuenta y cinco años, llevaba más de veinte como abal, se sentía parte de sus muros, de sus ventanas sin vidrieras, de sus escalinatas empinadas.

Conocía muy bien a Max, he incluso conoció a su padre, quien al igual que su hijo fue jefe del Clan Sabbath. Respetaba a los dos por su profunda devoción y responsabilidad hacia los clanes.

Sabía que allí estarían a salvo, fueran quienes fuesen esas dos mujeres, ya tendría más información cuando el día llegase. Ahora solo tenía que mantener a los priores lo más distante de la cripta. Aún en sus atuendos de dormir, decidió salir a la terraza que comunicaba hacia una de las torres.

El viento le golpeó de frente, pero él lo supo esquivar, se agarró con fuerza al pasamos de gruesa cuerda, subió las escaleras hasta llegar a uno de los puntos más elevados del edificio. Inhaló aire y allí, quieto y enrollado en su largo batín, disfrutaba de un privilegio único.

Era como ser Dios, tener el poder y la visión de todo un esplendor y todo bajo su mano. La magnífica abadía de Saint Michel estaba situada en una pequeña isla de la alta Normandía en Francia. Reposaba sobre cuatro criptas, creando una plataforma capaz de soportar la enorme iglesia. La abadía contaba de tres pisos.

En la parte baja, el estrecho colateral de la bodega servía de ayuntamiento, de estructuras ligeras, a medida que se avanzaba hacia la cima, el exterior del edificio se sostenía con potentes contrafuertes. La vida de los monjes, seguían las reglas de San Benito. Dedicaban sus jornadas a la oración y al trabajo, con salas dispuestas entorno a sus actividades, respetando el principio de la clausura.

El Claustro, situado en la cima del edificio denominado la Maravilla, permitía un acceso al refectorio, a la cocina de la iglesia, a los dormitorios, a los archivos de las cartas y a diferentes escaleras. Las galerías del claustro fueron labradas para el paso, donde filas de columnas ligeramente desfasadas dibujaban perspectivas cambiantes sin cesar.

En el refectorio los monjes tomaban su comida en silencio, mientras que uno de ellos, hacía la lectura. Las paredes laterales de sala estaban abiertas con estrechas ventanas invisibles desde la entrada, una escalera daba acceso a la sala de los huéspedes, situada bajo el refectorio estaba destinada a recibir reyes y nobles. La escalera del Grand Degré, llevaba hasta la terraza del Santo-Gaultier, comunicándose entre la iglesia a la derecha y los abaciales a la izquierda. La terraza del Oeste, construida por el atrio primitivo de la iglesia abacial y por tres primeros tronos de nave.

Desde allí se podía apreciar una vista general sobre la abadía, desde el peñasco de Concale al Oeste y en Bretaña, hasta los acantilados Normandos al Este, divisando los macizos del Monte Dal al Suroeste y el islote de Tombelaine.

Y todo aquello estaba bajo la supervisión y orden de él. Una sonrisa asomó entre las comisuras de sus labios, pensando en cómo gastaría el dinero que tan bienvenido era, las consecuencias le parecieron menos peligrosas y el afán de terminar su proyecto más real que nunca y todo gracias a su amigo Max. No le desilusionaría en nada, cuidaría y mantendría bajo su custodia las vidas de las dos mujeres que pronto estarían con ellos. Con la mirada fija en el horizonte y su imaginación vagando sobre el gran futuro. El abal Gill disfrutaba el momento, sin importarle para nada la lluvia y el viento que cada vez cogía más furia.

                                                                                ***                                

Los preparativos hacia la Abadía de Saint Michel transcurrían más lentos de lo que Valentina pensó, casi no había visto a Max, desde aquella noche. Luck, sin embargo, estuvo atento a cualquier petición suya, aun así, ella decidió pasar las horas manteniéndose ocupada en la lectura, pero no podía dejar de pensar.

Le hubiera gustado estar entretenida con su equipaje, pero sus pertenencias se reducían prácticamente a lo puesto y dos mudas para el viaje. No podía seguir así, se dijo. Desde que llegasen a la fortaleza había tenido demasiado tiempo para pensar, pero ahora estaba más que decidida a irse y acabar con todo, y le daba igual si él estaba de acuerdo o no.

Había cometido un error y estaba dispuesta arreglarlo, aunque le costase otros diez años de su vida. Tenía que sacarse a Max de su vida, de su cabeza, de su corazón. Tendría que morirse, pensó. Solo así se acabaría todo con los Malsalón.

De pronto la puerta se abrió, haciéndola dar un bote de su silla que casi la hace caer. Estaba tan enfrascada en sus pensamientos que al verlo entrar se quedó inmóvil. Max caminó hacia ella, dueño y señor que quisiera reclamar lo que era suyo, por mucho que ellos quisieran negarlo, estaban unidos más que nunca, por mucho que ella quisiera olvidarlo era imposible, he incluso para él. Había estado ausente pero su mente estaba llena de ella. Todo era tan real entre ellos como esa fría mañana.                                                         




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