El Reflejo Del Poder

CAPÍTULO 1: CIUDAD DE SOMBRAS

—No puedo… no puedo quererlo, doctor. Algo en él… no es de este mundo.

—Valeria, los bebés no nacen “malditos”. Necesitas descansar.

—No, usted no entiende… yo estoy cambiando. Y hoy… hoy casi lo suelto a propósito. Casi. No sé qué me está pasando. No sé quién soy cuando él llora…

La voz de Valeria se quebró y, en cuestión de segundos, la mujer perfecta de las revistas se desplomó sobre el suelo de la consulta.

Primero temblaron sus manos.

Luego su respiración se volvió irregular.

Y, sin aviso, un grito salió de su garganta: un grito seco, desesperado, que no tenía palabras… solo dolor.

El doctor retrocedió dos pasos.

Nunca la había visto así.

Nadie la había visto así.

Valeria Soler, la mujer que el país admiraba y envidiaba… finalmente perdió el control .

San Esteban era una ciudad que se miraba a sí misma como si fuera un espejo pulido, brillante, orgulloso. Sus avenidas estaban sembradas de árboles que parecían haber sido colocados exactamente donde algún arquitecto millonario quiso que estuvieran. Los edificios crecían hacia arriba con fachadas de vidrio que reflejaban el cielo como si no tuvieran nada que esconder. Pero todos en San Esteban sabían, incluso aquellos que no querían saber, que el brillo era una mentira, y que bajo la superficie de cristal se movía un río espeso de favores, sobornos, extorsiones y secretos que cambiaban de manos más rápido que el tráfico a la hora punta.

A esa ciudad la habían llamado muchas cosas: “tierra de oportunidades”, “el futuro del país”, “la nueva alegría económica del continente”. Pero para quienes conocían su corazón, el nombre más adecuado era otro: la ciudad de los acuerdos invisibles . Una ciudad donde todo tenía un precio. Y donde el silencio era la moneda más cara.

En ese paisaje perfectamente adulterado, en una oficina situada en el piso treinta y dos del edificio ArenaCorp, estaba él: Damián Alvarado , observando desde lo alto como si la ciudad fuera un tablero que él había diseñado con sus propias manos. Su silueta se recortaba contra la ventana panorámica, rígida, casi inmóvil, con las manos en los bolsillos del pantalón y el ceño apenas fruncido, como si algo en la vista le molestara. Tal vez un edificio nuevo que no le pertenece todavía. Tal vez un trato que aún no caía en sus manos. O tal vez, lo más probable, un movimiento que los demás no habían previsto.

Porque Damián nunca descansaba.

Era un hombre en apariencia impecable: traje oscuro perfectamente ajustado, cabello negro peinado hacia atrás, barba apenas visible, esa clase de barba que parecía más una sombra que un descubierto. Tenía la mirada de alguien que había aprendido muy temprano que el poder no se mostraba, se ejercía. Que la discreción era más efectiva que la intimidación. Y que en un mundo lleno de gritos, la voz más silenciosa era la que tenía el control.

El apellido Alvarado siempre había sido sinónimo de riqueza, pero él se encargó de que también fuera sinónimo de poder. Controlaba rutas de transporte, movimientos logísticos, pequeñas constructoras que servían como fachada y un puñado de políticos que hablaban con la calma de quien sabe que nada se mueve sin el permiso de su benefactor. Su verdadero talento, sin embargo, no estaba en lo que poseía, sino en lo que hacía con ello: infiltrarse en decisiones de alto nivel sin que nadie pudiera probarlo, mover influencias sin dejar rastro, eliminar riesgos sin mancharse las manos.

Para la mayoría, era un empresario respetable. Para los pocos que sabían más, era una sombra entre las sombras.

El sonido de una notificación interrumpió su observación. Damián bajó la mirada hacia su teléfono, vio el mensaje y su mandíbula se tensó apenas un centímetro. Un gesto minúsculo, imperceptible para cualquiera… excepto para él.

—Otra vez… —murmuró, casi con fastidio.

Era un mensaje de Valeria.

"No iré al evento esta noche. No me siento bien".

Él miró la pantalla unos segundos antes de bloquearla. No respondió. No era necesario. Habían pasado ya tres años desde que se habían casado, y para él, la comunicación era algo que se podía manejar cara a cara, donde los silencios tenían más peso que las palabras. Y además… Valeria no tenía por qué “decidir” no asistir a eventos. Esa clase de decisiones no le correspondían, aunque ella aún no lo entendiera del todo.

Se giró y caminó hacia su escritorio. Cada paso parecía calculado, medido, como si el suelo necesitara su permiso para sostenerlo. Su asistente, Santiago, tocó la puerta y asomó la cabeza.

—Señor Alvarado, el concejal Castillo quiere confirmar si asistirá a la reunión de esta tarde.

—Dile que llegaré. —Se dejó caer en la silla de cuero, cruzó las piernas—. Y que no haga preguntas sobre el proyecto de la zona norte. No quiero que se adelante a nada.

—Entendido.

Santiago salió y cerró la puerta con suavidad. Damián volvió a quedar solo, sumergido en esa tranquilidad artificial que tanto disfrutaba. Pero su mente no estaba en el concejal ni en los negocios. Estaba en Valeria. O, más específicamente, en la resistencia creciente que ella mostró.

Rara vez le dijo que no a algo, pero últimamente había empezado a retroceder, a tensarse, a discutir. Como si de pronto la vida que él había construido para los dos le quedara apretada. Como si no entendiera que él había tomado decisiones para ambos, por el bien de ambos.

Como si no recordara de quién era el apellido que ahora llevaba.

Valeria, mientras tanto, no estaba enferma ni agotada. No esencialmente, al menos. Estaba sentada en la terraza trasera de la mansión Alvarado, envuelta en una bata de seda, mirando el jardín como si fuera un paisaje que no le pertenecía. Había dejado el teléfono en la mesa, lejos de su alcance, como si solo viera le productora cansancio.

Suspiré, apoyando el mentón en las manos. La brisa movía su cabello castaño, largo, liso, como si jugara con él. Tenía una belleza natural, una que no necesitaba maquillaje ni poses. Había sido modelo durante años, había viajado, había soñado, había construido una carrera respetable. Hasta que Damián, con su voz suave y sus promesas precisas, había convertido su vida en una ruta estrecha donde no había lugar para lo que ella quería.




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