El Reflejo Del Poder

CAPÍTULO 2: LA SONRISA QUE NO LLEGABA A LOS OJOS

El reloj marcaba las 7:14 p. m. cuando Damián entró en la mansión Alvarado. No hizo ruido al caminar; nunca lo hacía. Su estilo de presencia era ese: silencioso, invasivo, imposible de ignorar. El sonido de la puerta bastó para que el aire de toda la casa cambiara.

Valeria lo sintió antes de verlo. La tensión recorrió su columna como un latigazo eléctrico.

—Valeria —dijo él desde la entrada, con esa voz suave que conseguía helarla más rápido que un grito.

No era una llamada. Era un recordatorio.

Ella respiró hondo y caminó hacia él, lenta, intentando que su propio pulso no la delatara. Cuando apareció al pie de la escalera, lo encontró quitándose los gemelos del traje, como si acabara de volver de una noche tranquila. Pero su expresión… su expresión decía otra cosa.

—No fuiste al evento —murmuró él sin levantar la voz.

Valeria abrió la boca para responder, pero él la interrumpió levantando una mano.

—No necesito explicaciones. Solo necesito saber por qué creíste que podías tomar esa decisión sola.

Ella cerró los labios con suavidad. “Porque es mi vida”, quiso decir. Pero sabía cómo terminaría esa frase.

—No me sentía bien —contestó, midiendo cada palabra—. No quise arruinar la noche con una mala cara.

La sonrisa que él le devolvió era elegante, perfecta… y completamente vacía.

—Sabes que no eres tú quien arruina las noches, Valeria. —Se acercó lentamente, como si fuera un depredador midiendo el ritmo de su presa—. Pero cuando desapareces, cuando no te presentas, cuando la gente pregunta por ti… eso sí arruina las cosas.

Ella apretó los dedos contra la tela de su bata.

—Solo necesitaba un momento para mí.

Damián se detuvo frente a ella, demasiado cerca. Acarició su barbilla con el dorso de los dedos, un gesto casi tierno que no coincidía con la sombra de sus ojos.

—Te di una vida donde no deberías necesitar “momentos para ti”.

Valeria tragó saliva.

—Eso no es vivir, Damián.

Por un instante, sus ojos oscuros destellaron con algo que parecía molestia… o quizás decepción.

—Sube conmigo —ordenó finalmente.

Ella negó con la cabeza apenas un centímetro.

—Estoy agotada. Necesito—

—Valeria —la cortó, su tono bajísimo, firme, como una cuerda de violín tensada al límite—. No me hagas repetirlo.

El silencio cayó entre ambos, pesado, casi palpable. Ella levantó la vista, sintiendo su propia voz romperse dentro del pecho.

—Damian… no soy una niña. No puedes obligarme a—

—Puedo obligarte a todo lo que sea necesario para mantener las cosas en orden —susurró él, inclinándose para rozar su frente—. Y tú lo sabes.

El aire se volvió insoportablemente denso.

Fue entonces cuando la puerta de la cocina se abrió. Luciana apareció con un plato en las manos y se congeló al verlos. Su mirada voló rápidamente a Valeria, luego a su hermano.

—¿Interrumpo?

Damián se apartó de su esposa como si la escena acabara de ser completamente normal.

—No —respondió con esa amabilidad falsa que solo Luciana sabía leer—. La casa es tuya también.

Luciana dejó el plato en la barra y se acercó a Valeria, poniendo una mano en su espalda.

—¿Todo bien?

Valeria dio un leve asentimiento. Una mentira automática.

Damián los observó a ambas como si registrara cada gesto, cada respiración, cada vibración invisible. Luego dijo:

—Cenaré en mi oficina. No me esperen despiertos.

Y se fue.

Solo cuando escucharon la puerta del estudio cerrarse, Valeria soltó el aire que llevaba reteniendo.

—Luci… —susurró con la voz quebrada.

La hermana de Damián la abrazó con fuerza.

—No quiero que te acostumbres a eso —le dijo al oído—. No quiero que aceptes esa vida.

Valeria apoyó la frente en su hombro, sintiendo cómo el peso del día, del matrimonio, del silencio, le aplastaba el pecho.

—Ya estoy acostumbrada —murmuró, y la frase le dolió más que cualquier amenaza.

Luciana le tomó las manos.

—Escúchame bien. Nada, absolutamente nada, te obliga a quedarte aquí.

Valeria levantó la mirada, con los ojos vidriosos.

—Sí me obliga —dijo finalmente, con una verdad amarga—. Su apellido. Mis padres. Mi hijo. Todo.

Luciana negó.

—No. Te obliga el miedo. Y eso se puede romper.

Valeria quiso creerlo. Quiso aferrarse a esa esperanza como si fuera una cuerda en medio de un pozo.

Pero desde la oficina de Damián, aunque estuviera lejos, ella podía sentir lo contrario:

El miedo no se rompía.
El miedo se aprendía a obedecer.




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