El día avanzó como un animal lento y nervioso. Valeria pasó horas caminando por la casa, sin rumbo, sin poder concentrarse en nada. Cada habitación le recordaba que no podía salir. Cada ventana la devolvía a la misma certeza: Damián la estaba acorralando, centímetro a centímetro.
A las cinco de la tarde decidió intentarlo. Tomó su bolso, respiró hondo y caminó hacia la puerta principal. Giró la llave.
No se movió.
La giró de nuevo. Nada.
Probó más fuerte. La cerradura no cedió.
Su estómago se encogió, las náuseas quemaban su pecho.
Se quedó allí, inmóvil, con la mano temblando sobre el metal. No quería creerlo. No quería darle ese poder tan abiertamente, de manera tan descarada. Pero la realidad era simple:
Damián había cambiado la cerradura.
—Hijo de… —susurró, sintiendo la rabia empujarle contra la garganta.
Retrocedió. Miró toda la casa, como si de pronto fuera un cuerpo extraño que la observaba a ella.
En ese momento, su teléfono vibró.
Un mensaje de Damián.
“Te dije que hoy no salieras. No entiendo por qué intentas lo contrario si sabes que siempre lo descubro.”
Se le heló la sangre. Miró a su alrededor sin saber dónde estaba la cámara. Sabía que la había, sabía que él jamás dejaría un día entero sin vigilarla, pero jamás supo dónde.
Otro mensaje.
“No me hagas repetir las cosas, Valeria. Me decepciona.”
Una tercera vibración, inmediata:
“Volveré más tarde. Espero que estés donde debes estar.”
Valeria dejó caer el móvil sobre la mesa. El silencio que siguió no fue solo miedo. Fue humillación. Una que ardía.
Necesitaba respirar. Necesitaba… algo. Caminó hasta el segundo piso, donde estaba el ala que nunca usaba: la habitación de invitados, el estudio que él mantenía cerrado, la pequeña sala donde Valeria guardaba las pocas cosas que le quedaban del pasado.
Abrió la puerta de esa sala.
El olor a polvo la golpeó. Allí estaban: cajas, carpetas, fotografías que ella creía haber escondido lo suficiente. Pero una de las cajas estaba abierta.
Ella no la había dejado así.
Se acercó. Dentro vio las fotos de su vida antes de Damián: campañas, pasarelas, momentos con amigos y con su hermana. Recordó con nostalgia que ese era su mundo, el único lugar seguro y al que pertenecía. Todos los rostros estaban ahí… pero alguien había tachado varios con tinta negra. Un solo trazo, firme, violento, cruzándoles los ojos.
No tuvo que pensar demasiado para saber quién lo había hecho.
En el fondo de la caja había un papel doblado.
Lo abrió con manos trémulas.
“Ya no los necesitas. Yo soy tu entorno ahora.”
Sintió un pinchazo en el pecho. No un miedo físico, sino algo más profundo. Como si una parte de su identidad acabara de ser arrancada de raíz. Las lágrimas amenazan sus ojos, pero ella no le daría ese gusto, no a él.
Se dejó caer en el suelo, sosteniendo el papel. Respiró hondo. Una, dos, tres veces.
Damián estaba borrando su vida de afuera hacia adentro.
Y no se iba a detener.
En ese momento sonó la puerta principal. Fuerte. Seca.
Valeria se paralizó.
No era el sonido del auto de Damián. No era su estilo entrar así.
Alguien había llegado.
Durante un segundo, un solo segundo, una chispa de esperanza encendió su pecho: ¿Julia? ¿Un vecino? ¿Alguien que pudiera verla?
Pero esa chispa murió cuando escuchó la voz.
Baja. Fría. Cargada de autoridad.
—Valeria. Sé que estás arriba.
Era Damián.
Había vuelto dos horas antes de lo que dijo.
Y su tono no anunciaba una conversación.
Anunciaba consecuencias.
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Editado: 12.01.2026