El Reflejo Del Poder

CAPÍTULO 4: EL SONIDO DE LOS PASOS

El primer paso resonó en la escalera como un disparo seco.

Valeria no se movió.

El segundo fue más lento. Medido. Como si Damián quisiera que cada escalón anunciara su presencia, que el sonido se filtrara por las paredes, por la madera, por la piel. Ella estaba sentada en el suelo de la sala olvidada, con el papel aún apretado entre los dedos, incapaz de levantarse, incapaz de esconder lo que ya sabía que él había visto.

Tú eres tu entorno ahora.

El tercer paso llegó acompañado de una pausa deliberada.

Damián subía como hacía todo: sin apuro, sin dudas, con la seguridad de quien sabe que no encontrará resistencia real. No porque ella no fuera capaz de resistir, sino porque él había trabajado durante años para asegurarse de que ya no supiera cómo hacerlo.

Valeria se levantó cuando escuchó el cuarto escalón. No por valentía. Por instinto. Se limpió las manos contra la bata, respiró hondo y salió de la habitación justo cuando él aparecía en el descanso de la escalera.

Se miraron.

Damián vestía el mismo traje oscuro de la mañana, pero ahora sin la chaqueta. La camisa estaba arremangada hasta los antebrazos. Ese detalle —mínimo, casi insignificante— siempre la inquietaba más que cualquier grito. Era la versión de él que aparecía cuando algo no había salido como esperaba.

—Pensé que había sido claro —dijo, con voz baja.

Valeria notó algo peor que el enojo: decepción. Y eso, con Damián, siempre era más peligroso.

—No dijiste que no podía salir —respondió ella, intentando sostenerle la mirada.

Él subió un escalón más.

—No necesito decirlo.

Otro escalón.

—Cuando algo no me conviene, Valeria, deja de ser una opción.

Ella retrocedió sin darse cuenta. Solo un paso. Pero él lo vio. Siempre lo veía.

—Cambiaste la cerradura —dijo ella.

Damián sonrió apenas. No con los labios. Con los ojos.

—La seguridad es importante —contestó—. Sobre todo cuando alguien empieza a comportarse como si tuviera… ideas propias.

El silencio se volvió espeso. Valeria sintió el pulso en las sienes. Pensó en Luciana. Pensó en Julia. Pensó en todo lo que había sido antes y que ahora parecía un recuerdo prestado.

—Revisaste mis cosas —acusó.

Damián inclinó la cabeza.

—No. Ordené que las revisaran.

La corrección fue quirúrgica.

—No tienes derecho —susurró ella, y esta vez su voz tembló.

Él avanzó hasta quedar frente a ella. No la tocó. Nunca lo hacía cuando quería imponer. El contacto venía después, como una falsa reconciliación.

—Tengo todos los derechos —respondió—. Eres mi esposa. Vives en mi casa. Mi apellido te protege. Mi dinero te sostiene. Mi silencio te mantiene a salvo.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—O ¿crees que alguien preguntaría por ti si desaparecieras de este mundo pulcro que tanto les gusta mostrar?

Valeria tragó saliva.

—Eso es una amenaza.

—No —corrigió él—. Es una descripción, una verdad.

Se giró y caminó hacia la habitación olvidada. Entró sin pedir permiso. Tomó una foto de la caja abierta: Valeria joven, luminosa, en una pasarela de Milán.

—¿Sabes qué es lo que más me molestó de tu vida anterior? —preguntó, sin mirarla—. No los hombres. No el trabajo. Fue esto.

Le mostró la imagen.

—Aquí no me necesitabas.

La dejó caer de nuevo en la caja.

—Eso no lo voy a permitir.

Valeria sintió algo romperse dentro. No fue miedo. Fue rabia. Una densa, acumulada durante años.

—No puedes borrar quien fui —dijo—. Aunque quemes todo.

Damián se giró lentamente.

—No necesito borrar tu pasado —dijo—. Solo necesito que no tenga futuro.

Ella abrió la boca para responder, pero el sonido de un teléfono interrumpió la escena. El de Damián. Lo miró. Frunció el ceño apenas.

—Quédate aquí —ordenó—. No te muevas.

Salió de la habitación. Valeria escuchó fragmentos de la conversación desde el pasillo.

—¿Estás seguro?

—No. No todavía.

—Vigílenla.

El último comentario no fue para quien estaba al otro lado de la línea.

Fue para ella.

Cuando regresó, algo en su expresión había cambiado. No era enojo. Era cálculo.

—Esta noche tenemos una cena —dijo—. Necesito que estés presentable.

—No voy —respondió ella, sin pensar.

Él la observó durante varios segundos.

—Vas a ir.

—No.

Damián se acercó hasta quedar a centímetros de su rostro.

—Valeria —dijo despacio—. No confundas mis concesiones con debilidad.

Ella sostuvo la mirada. Algo nuevo se encendía en su pecho. Algo peligroso.

—Y no confundas mi silencio con obediencia.

Por primera vez, el gesto de Damián se tensó de verdad.

La observó como si la estuviera viendo por primera vez… y no le gustó lo que vio.

—Ten cuidado —susurró—. Las mujeres que creen haber despertado suelen cometer errores irreversibles.

Se apartó.

—Tienes una hora.

Salió del cuarto y cerró la puerta. No con fuerza. Con precisión.

Valeria se dejó caer en la cama. Respiró. Contó los segundos. Pensó en la amiga de Damián. Pensó en Julia. Pensó en algo que había empezado a tomar forma en su mente: una idea oscura, temeraria.

Si el silencio era la moneda más cara de San Esteban…

quizás había llegado el momento de gastarlo todo.

Afuera, en el pasillo, Damián se detuvo frente a la puerta. Apoyó la mano en la madera.

Sonrió.

Porque sabía que el verdadero juego acababa de empezar.




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