El Reflejo Del Poder

CAPÍTULO 5: LA MESA DE LOS INTOCABLES

La casa volvió a respirar cuando Valeria se quedó sola. No porque el peligro hubiera pasado, sino porque el silencio dejó de ser un arma apuntándole a la nuca.

Se levantó despacio. Cada movimiento era una decisión. Cada gesto, una posible consecuencia.

Entró al vestidor y encendió la luz. El espejo le devolvió una imagen que conocía demasiado bien: una mujer impecable por fuera, cansada por dentro. La bata de seda colgaba de sus hombros como una piel prestada. Se miró a los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no apartó la mirada.

—No esta vez —susurró.

Eligió el vestido que sabía que Damián aprobaría: negro, ceñido, elegante. No porque quisiera complacerlo, sino porque entendía el lenguaje del poder. En San Esteban, la imagen no era superficial: era una declaración. Se maquilló lo justo. Se recogió el cabello. La versión perfecta de la esposa perfecta.

La más peligrosa.

Cuando bajó las escaleras, Damián ya la esperaba en la sala. La observó sin disimulo, evaluándola como se evalúa una inversión.

—Así está bien —dijo.

Valeria no respondió.

El trayecto en auto fue silencioso. La ciudad se desplegaba tras las ventanas blindadas como un decorado de lujo: luces, avenidas limpias, edificios nuevos. Nadie miraba dos veces ese vehículo. Nadie se preguntaba qué tipo de acuerdos viajaban dentro.

El restaurante ocupaba el último piso de un hotel exclusivo. Acceso restringido. Ascensor privado. Personal entrenado para no escuchar.

Allí se reunían los que no necesitaban alzar la voz.

La mesa ya estaba ocupada cuando llegaron. Tres hombres y una mujer. Valeria los reconoció de inmediato: un senador, un empresario de obra pública, un juez retirado… y Clara Montenegro.

El estómago se le tensó.

Clara era la amiga de la infancia de Damián. Demasiado cercana. Demasiado presente. Hermosa de una forma afilada, peligrosa. Vestía rojo oscuro y sonreía como si supiera algo que los demás aún no.

—Valeria —dijo Clara, levantándose para besarla en la mejilla—. Qué gusto verte.

El beso fue frío.

—Clara —respondió Valeria, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario.

Damián tomó asiento en la cabecera. Valeria a su derecha. Clara, deliberadamente, a su izquierda.

El juego estaba servido.

Las conversaciones comenzaron suaves: inversiones, proyectos, una licitación próxima. Palabras limpias que ocultaban intenciones sucias. Valeria escuchaba en silencio, memorizando nombres, fechas, gestos. Había aprendido a hacerlo. A observar sin parecer peligrosa.

—Tu esposa está muy callada hoy —comentó Clara, con falsa dulzura—. ¿Todo bien en casa?

Damián apoyó la mano sobre la pierna de Valeria. No como caricia. Como advertencia.

—Está cansada —respondió él—. Últimamente se preocupa demasiado.

Valeria sonrió.

—Me preocupa el futuro —dijo—. Sobre todo cuando se decide sin preguntarme.

El aire se tensó apenas. Lo suficiente.

El senador carraspeó.

—Las mujeres siempre tan sensibles —bromeó.

Valeria giró hacia él.

—No es sensibilidad —corrigió—. Es memoria.

Damián apretó un poco más los dedos.

El exjuez y el senador se miraron con incomodidad, agradeciendo que sus esposas no se encuentren presentes.

Clara observaba la escena con interés genuino. Como quien ve un incendio empezar.

La cena avanzó. El vino corrió. Las palabras se volvieron más explícitas. Valeria escuchó cosas que no debía escuchar. Cifras. Favores. Nombres que no saldrían en ningún titular.

Y entonces Clara atacó.

—Damián siempre ha sido tan… protector —dijo, apoyando el codo en la mesa—. Desde niños. ¿Te ha contado cómo me defendía cuando alguien se acercaba demasiado?

Valeria no respondió.

—Era adorable —continuó Clara—. Nadie podía tocar lo que él consideraba suyo.

La palabra cayó pesada.

Damián sonrió apenas.

—Algunas cosas no cambian.

Valeria retiró con cuidado la mano de su pierna.

—No somos cosas —dijo, tranquila—. Aunque algunos lo olviden.

El silencio fue absoluto.

Damián la miró. No con furia. Con sorpresa.

Clara sonrió.

—Creo que tu esposa está pasando por una etapa… interesante —comentó—. Tal vez necesita distracciones. O compañía.

Valeria entendió el mensaje. Clara no estaba allí por casualidad. Nunca lo estaba.

La cena terminó poco después. Despedidas cordiales. Sonrisas ensayadas. Promesas vagas.

En el ascensor, el silencio era una losa.

—Te advertí —dijo Damián, sin mirarla.

—No me amenaces —respondió ella.

—No —replicó—. Te educo.

El auto avanzó por la ciudad nocturna. Cuando llegaron a la casa, Valeria bajó sin esperar ayuda. Caminó directo hacia la escalera.

—No hemos terminado —dijo él.

—Yo sí.

Damián la siguió hasta el segundo piso. La tomó del brazo, firme pero sin violencia visible.

—No vuelvas a desafiarme en público —susurró—. No te va a gustar cómo respondo.

Valeria se soltó.

—Ya no me gusta nada de esto.

Se miraron. Largo. Profundo.

—Ten cuidado —repitió él—. Estás jugando con fuerzas que no entiendes.

—Las entiendo mejor de lo que tú crees.

Entró a la habitación y cerró la puerta.

Damián se quedó del otro lado, inmóvil. Luego sonrió, despacio.

Porque por primera vez, Valeria no había retrocedido.

Y eso significaba una sola cosa:

la guerra ya no era una posibilidad.

Era inevitable.

Valeria entró a la habitación y cerró la puerta. Apoyó la espalda contra la madera. Respiró hondo. Sabía que había cruzado algo invisible. Un límite que no tenía retorno.

Del otro lado, Damián se quedó quieto. Luego sacó el teléfono. Escribió un mensaje breve.

“Obsérvala más de cerca.”

Guardó el móvil.

Porque cuando una mujer deja de retroceder se vuelve peligrosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.