El insomnio no llegó de golpe. Se instaló como una humedad persistente, lenta, inevitable. Valeria pasó la noche con los ojos abiertos, contando las grietas del techo, escuchando los sonidos mínimos de la casa: el aire acondicionado, un paso lejano, el crujido de la madera. Cada ruido parecía confirmar lo que ya sabía: no estaba sola, ni siquiera cuando nadie la miraba.
Al amanecer, tomó una decisión.
No fue valiente. Fue necesaria.
Se levantó antes que Damián. Se duchó sin encender la luz del baño, como si la oscuridad pudiera protegerla. Se vistió de manera simple, casi invisible. Nada que llamara la atención. Nada que pareciera un gesto de rebeldía.
Antes de salir de la habitación, miró el teléfono. No había mensajes nuevos. Eso, con Damián, nunca era buena señal.
Bajó las escaleras despacio. En la cocina, el personal ya estaba en movimiento. Nadie la miró más de lo necesario. Nadie preguntó a dónde iba. En esa casa, preguntar también era una forma de desobediencia.
—Saldré un rato —dijo, como si hablara consigo misma.
El chofer levantó la vista.
—¿El señor Alvarado lo sabe?
Valeria sostuvo la mirada.
—Lo sabrá.
El auto avanzó por la ciudad todavía adormecida. San Esteban a esa hora parecía honesta, casi humana. Sin tráfico. Sin cámaras encendidas del todo. Sin discursos.
Pidió que la dejaran a dos cuadras del edificio. El resto lo hizo a pie.
El cartel no decía nada ostentoso. Solo un nombre discreto: Soler & Rivas Comunicaciones. Nadie que no supiera lo que ocurría allí entendería el verdadero alcance de ese lugar. Valeria sí lo sabía. Porque Julia Rivas no construía imperios: los infiltraba.
Julia la esperaba en su oficina. Siempre llegaba antes que todos. Siempre estaba lista.
—Sabía que vendrías —dijo apenas la vio—. Era cuestión de tiempo.
Valeria cerró la puerta detrás de sí.
—No tengo mucho —respondió—. Ni pruebas. Ni margen de error.
Julia la observó con atención. No con lástima. Con cálculo.
—Eso es perfecto —dijo—. Las mujeres desesperadas cometen errores. Las cansadas… hacen planes.
Se sentaron frente a frente. Dos tazas de café. Ninguna sonrisa.
—Damián me vigila —continuó Valeria—. No sé cuánto sabe. Pero sabe más de lo que debería.
—Siempre lo hace —replicó Julia—. Por eso hay que usar su exceso de control en su contra.
Se levantó y abrió una carpeta.
—Tengo periodistas, editores, analistas de datos. Lo que no tengo es una grieta real en su armadura. Algo que no pueda borrar con una llamada.
Valeria respiró hondo.
—Yo puedo conseguir eso.
Julia la miró por primera vez con sorpresa genuina.
—¿Cómo?
—Escuchando —respondió—. Observando. Guardando. Damián habla cuando cree que nadie lo desafía.
Julia sonrió apenas.
—Bienvenida al lado incómodo del silencio.
En ese momento, alguien tocó la puerta.
—Pasa —dijo Julia.
Entró un joven. Traje barato. Mirada ansiosa. Una mezcla peligrosa de ambición y desconocimiento.
—Valeria —dijo Julia—, él es Tomás. Nuestro nuevo pasante.
Tomás sonrió, nervioso.
—Es un honor conocerla —dijo—. Mi madre seguía su carrera cuando modelaba.
Valeria sostuvo la sonrisa.
—Eso fue otra vida.
Julia observó la escena con interés.
—Tomás es brillante —continuó—. Demasiado para este lugar. Pero aún no lo sabe.
El joven rió, incómodo.
—Solo quiero aprender.
Julia lo miró fijamente.
—Aprender cuesta.
Tomás asintió, sin entender del todo.
Valeria sintió una punzada extraña. Algo en ese chico le recordó lo fácil que era ser usado cuando uno aún creía que el talento bastaba.
—Necesito que seas discreto —le dijo Julia—. Y obediente.
—Claro —respondió él—. Lo que sea necesario.
Pobre, pensó Valeria. Aún no sabe lo que acaba de aceptar.
Pasaron la mañana revisando estrategias. Julia hablaba de tiempos, de filtraciones escalonadas, de narrativas indirectas. Nada frontal. Nada inmediato. En San Esteban, la verdad debía parecer un accidente.
—No lo vamos a destruir de una vez —explicó—. Primero lo debilitamos. Luego vemos quién se anima a empujar.
Valeria escuchaba. Aprendía. Por primera vez en años, su mente trabajaba para algo que no era sobrevivir.
Cuando salió del edificio, el sol ya estaba alto. El teléfono vibró.
Un mensaje de Damián.
“¿Dónde estás?”
Ella tardó en responder.
“Con Julia.”
La respuesta fue inmediata.
“Vuelve.”
Valeria apretó el móvil.
“No.”
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
El siguiente mensaje fue simple.
“No me obligues.”
Valeria guardó el teléfono sin responder. El corazón le latía fuerte, pero no por miedo. Por claridad.
Al llegar a casa, el ambiente había cambiado. No había gritos. No había reproches. Eso era peor.
Damián la esperaba en el despacho.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Sí.
—¿Valió la pena?
Valeria lo miró.
—Aún no lo sabes.
Él se acercó despacio.
—No juegues conmigo —dijo—. No tienes las cartas.
—Las estoy reuniendo.
Damián sonrió. No con burla. Con anticipación.
—Ten cuidado —susurró—. A veces, cuando una mujer cree que encontró su voz… solo está eligiendo cómo será silenciada.
Valeria sostuvo la mirada.
—Y a veces —respondió— el silencio aprende a gritar.
Se dio vuelta y salió del despacho.
Damián quedó solo. Sacó el teléfono. Marcó un número que no aparecía en su agenda.
—Activa el plan B —dijo—. Y observa a Julia. Y al pasante.
Colgó.
Porque si Valeria había dado su primer paso, él ya estaba preparando el siguiente.
Y ninguno de los dos pensaba retroceder.
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Editado: 12.01.2026