El Reflejo Del Poder

CAPÍTULO 7: LA CASA QUE ESCUCHA

La casa estaba demasiado silenciosa.

No era un silencio normal, sino uno cargado, expectante, como si las paredes hubieran aprendido a contener la respiración. Valeria lo percibió apenas cruzó el umbral. Algo había cambiado. No sabía qué, pero lo sentía en la piel, como una corriente eléctrica recorriéndole la espalda.

Dejó el bolso sobre la consola del recibidor y avanzó con pasos lentos. El mármol frío bajo sus pies desnudos le recordó que estaba en territorio ajeno, aunque su nombre figurara en los papeles. Aquella mansión nunca había sido su hogar; era una extensión del poder de Damián, un organismo vivo que obedecía a sus horarios, a sus decisiones, a su humor.

—¿Damián? —llamó, sin alzar demasiado la voz.

No hubo respuesta.

El reloj del salón marcaba las siete y doce. Él debería estar allí. Siempre lo estaba. Damián no llegaba tarde a su propia casa; llegaba cuando quería, que era distinto. Valeria avanzó hacia la cocina y notó algo que le erizó la piel: la cámara del pasillo estaba encendida.

No siempre lo estaba.

Tragó saliva. La vigilancia nunca había sido explícita, pero siempre presente, como una sombra que no se podía señalar directamente. Damián decía que era “por seguridad”. Ella sabía que era por control.

Se sirvió un vaso de agua y bebió despacio, intentando calmar el nudo en el estómago. Había aprendido a leer los cambios mínimos: una cámara activa, una puerta cerrada, un silencio prolongado. Todo tenía significado cuando se vivía con alguien que planeaba cada gesto.

Entonces lo escuchó.

El sonido de un auto entrando en la cochera.

Valeria cerró los ojos por un segundo. No para huir, sino para prepararse. Contó hasta tres. Cuando los abrió, su rostro ya estaba compuesto, neutro, cuidadosamente vacío. La puerta principal se abrió con suavidad. Damián entró sin prisa, quitándose el saco mientras caminaba, como si la casa fuera una prolongación natural de su cuerpo.

—No encendiste las luces del jardín —dijo, sin mirarla.

No era una pregunta.

—No me di cuenta —respondió ella.

Damián dejó las llaves sobre la mesa. El sonido metálico resonó más de lo normal. Se acercó a ella lentamente, estudiándola con esa mirada que no buscaba emociones, sino fisuras.

—Hoy te vi en la ciudad —comentó—. No me avisaste que saldrías.

Valeria sintió un escalofrío.

—No creí que fuera necesario.

Damián sonrió apenas. No era una sonrisa amable; era una línea tensa, peligrosa.

—Todo es necesario, Valeria. Todo.

Se acercó más. Demasiado. Ella pudo oler su perfume caro, sentir el calor de su cuerpo invadiendo su espacio. No la tocó. Nunca lo hacía cuando quería asustarla. El miedo, había aprendido, funcionaba mejor sin contacto.

—¿Dónde estuviste? —preguntó.

Valeria dudó un segundo. Un solo segundo de más.

—Con Luciana.

—Mentira.

La palabra cayó pesada, definitiva.

Damián alzó la mano y señaló la cámara del pasillo.

—Te fuiste a las cuatro y media. Volviste recién hace diez minutos. Luciana salió de la universidad a las seis.

El aire se volvió espeso. Valeria apretó los puños.

—No sabía que me estabas siguiendo.

—No te sigo —corrigió—. Te observo. Hay una diferencia.

Él se apartó y caminó hacia el salón, como si la conversación ya no mereciera más esfuerzo. Valeria lo siguió con la mirada, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban hasta volverse indistinguibles.

—¿Te reuniste con alguien? —preguntó él desde el sofá.

Ella guardó silencio.

Damián la miró entonces. Directamente. Sus ojos oscuros no mostraban furia, sino cálculo.

—Valeria —dijo con una calma peligrosa—. No me hagas repetir la pregunta.

—No fue nada importante —respondió finalmente—. Solo necesitaba hablar.

—¿Con quién?

Ella lo miró a los ojos.

—Eso no te importa.

El golpe no fue físico. Fue el silencio que siguió. Damián se levantó despacio. Cada movimiento suyo parecía medido, como si el mundo se ajustara a su ritmo.

—Todo lo que te pasa me importa —dijo—. Porque todo lo que te pasa… me pertenece.

Valeria sintió que algo dentro de ella se quebraba un poco más.

—No soy una cosa —susurró.

Damián se acercó hasta quedar frente a ella. Alzó la mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza que resultaba casi obscena.

—No —dijo—. Eres algo mucho más valioso que una cosa. Eres una inversión.

Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión, aunque aún no supiera cómo llevarla a cabo. La jaula se estaba cerrando, pero por primera vez, Valeria empezó a preguntarse cuánto estaba dispuesta a romper para salir de ella.

Y la casa, silenciosa, parecía escuchar cada pensamiento.

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