⚠️ CONTENIDO SENSIBLE — Este capítulo trata temas de salud mental, angustia y desesperación que pueden resultar delicados. Lee con cuidado. Tu bienestar es lo más importante.💛
El Precio de Proteger
La madrugada irrumpió en la calma de la noche, no con el canto de los pájaros, sino con el sonido frenético de las notificaciones del teléfono. Taeyang, que rara vez dormía profundamente durante la gira, se despertó sobresaltado. Al leer las palabras de Jiwoo —cortas, pero cargadas de una desesperación que le heló la sangre— su corazón dio un vuelco. La advertencia que Jiwoo había prometido hacer si las cosas se ponían mal finalmente había llegado. Un frío repentino le recorrió la espalda, una premonición terrible que le arrancó el sueño al instante. Sabía que no era una exageración, ni un simple momento de debilidad: Jiwoo solo enviaba algo así cuando ya no le quedaba ninguna otra salida.
Sin perder un segundo, Taeyang saltó de la cama, con las manos temblando mientras escribía a todos los miembros. «URGENTE. Jiwoo. Necesito que todos vengan a su habitación. Ahora. No se demoren.» Cada palabra era un grito de alarma contenido, sabiendo que cada segundo contaba. Corrió por el pasillo sin detenerse ni a ponerse los zapatos, guiado únicamente por el miedo y la urgencia de llegar a su lado.
El pánico se extendió como fuego entre ellos antes incluso de cruzar su puerta. Cada paso que daban les pesaba como plomo, y en el fondo del alma todos temían encontrar algo que no sabrían cómo arreglar.
El silencio del pasillo se hizo añicos bajo sus pasos apresurados y el golpe seco de las puertas al abrirse y cerrarse. Uno a uno, fueron llegando frente a la habitación de Jiwoo, con los rostros pálidos y la respiración entrecortada por la ansiedad. Taeyang, con la llave en la mano, abrió la puerta con cuidado. El aire que salía de la habitación parecía distinto: pesado, cargado de una tristeza inmensa y un silencio absoluto que les oprimía el pecho antes de siquiera entrar.
La escena que encontraron los dejó sin aliento. Jiwoo estaba acostado, rígido, en una postura extraña, completamente inmóvil. Su cuaderno de composición yacía a su lado, abierto en la última página, lleno de palabras que respiraban desesperación. No había señales de violencia, pero su silencio, su falta de respuesta, era lo más aterrador de todo. El tiempo pareció detenerse en ese instante; cada latido de sus corazones dolía, porque entendieron que estaban al borde de perderlo para siempre. Al leer apenas unas líneas de lo que había escrito, sintieron que el suelo se les hundía bajo los pies. Todo lo que había ocultado, todo lo que calló para no preocuparlos, estaba allí expuesto con una crudeza que les partió el alma en mil pedazos.
—¡Jiwoo! —gritó Eunwoo, corriendo hacia la cama, la voz rota por el pánico. Lo sacudió suavemente, pero no hubo reacción. Esa falta de respuesta, tan ajena a él, rompió la última barrera que aún les quedaba. No parecía dormido; parecía haberse apagado lentamente, como si hubiera gastado hasta el último suspiro de fuerza.
Taeyang, a pesar de su propio terror, logró mantener una pizca de calma. —¡Llamen a una ambulancia! ¡Ahora! —ordenó a Haneul, que ya tenía el teléfono en la mano, con los dedos torpes por el miedo. Era la voz de autoridad que necesitaban en medio del caos, forzándose a mantener la cabeza fría aunque por dentro se estuviera desmoronando. Sabía que no podían permitirse perder ni un segundo más.
Mientras esperaban a los servicios de emergencia, los miembros se agolparon alrededor de Jiwoo, llamándolo, rogándole que despertara. Las lágrimas corrían libremente por sus rostros, mezclando culpa, miedo y desesperación. Comprendieron, con una claridad dolorosa, el precio que había pagado por protegerlos: por ocultar hasta dónde llegaba su sufrimiento. Habían visto las grietas, habían sentido la tensión, pero nunca imaginaron la profundidad del abismo hasta este momento devastador. Cada «por favor, despierta» era también una disculpa silenciosa. Se odiaban por no haber insistido más, por haber aceptado sus sonrisas como verdaderas, por haber dejado que cargara solo con un peso demasiado grande para cualquiera.
En ese instante entendieron que la peor forma de protección no era el silencio, sino la mentira de una sonrisa que ocultaba un grito que nunca llegó a tiempo a sus oídos.
Dohyun, con la voz quebrada, susurró: —No sabíamos, hyung. No sabíamos que estabas sufriendo tanto. Si lo hubiéramos sabido… si hubieras hablado más…
Seonwoo, que por fin había dejado caer su fachada de fortaleza, apretó los puños con fuerza, el rostro contraído por la angustia. —Preferiríamos haberlo sabido todo. Cualquier cosa. Antes que esto.
Dohyun tomó su mano entre las suyas, apretándola con una ternura desesperada: —No te pedimos que seas fuerte siempre. Solo te pedimos que nos dejes estar a tu lado.
Sarang, con el rostro empapado en lágrimas, apoyó la frente sobre el hombro de Jiwoo y murmuró: —Somos familia, ¿recuerdas? Y la familia no deja que nadie cargue solo con el dolor.
La culpa los consumía. Habían estado ahí, a su lado, compartiendo el escenario, las risas, los éxitos… pero fallaron en ver la batalla que libraba por dentro. Su deseo de no ser una carga, de protegerlos, casi lo destruye a él mismo. Había sacrificado su salud mental para mantener unido al grupo, y ahora todos pagaban el precio más alto.