El Reflejo Maldito

El Reflejo Desaparecido

El viento rasgaba el cielo como un cuchillo de hielo, deslizándose por los muros del castillo con susurros de tiempos olvidados. La mansión de los Lothaire se alzaba en medio de la neblina, su silueta oscura recortándose contra la luna llena.

Era un castillo antiguo, de piedra desgastada y vidrieras resquebrajadas, donde el tiempo parecía suspenderse en un letargo eterno. En su interior, el eco de pasos infantiles quebraba la quietud como el canto de un ruiseñor en una catedral en ruinas.

Lucian y Elias corrían por los pasillos con la despreocupación propia de los niños, con risas que se deslizaban entre las sombras y juegos que desafiaban las advertencias de los adultos.

Eran gemelos idénticos, dos reflejos de una misma esencia, pero distintos en espíritu: Lucian, de alma intrépida y mirada encendida, siempre dispuesto a desafiar lo prohibido; Elias, de corazón tímido y cauteloso, un soñador atrapado en la bruma de sus propios temores.

Aquel anochecer, el castillo parecía más grande, más oscuro. La servidumbre murmuraba sobre la luna llena y los peligros de los espejos, sobre la necesidad de cerrar las cortinas y evitar el reflejo de la noche en el vidrio. Pero los niños, impacientes e incrédulos, desoyeron las advertencias. Ellos querían explorar.

-Elias, ven conmigo -susurró Lucian, con los ojos brillando como brasas en la penumbra-. He encontrado algo... algo increíble.

Elias vaciló, su corazón palpitando con la inseguridad de quien ya ha sentido el roce de un mal presagio. Desde que habían nacido, siempre supo que algo en su existencia estaba incompleto, como si la sombra de una tragedia los acechara sin forma ni nombre. Pero su hermano era su otra mitad, su única certeza en un mundo vasto y desconocido. Así que, con un suspiro resignado, lo siguió.

Lucian lo guió por corredores que olían a antigüedad y encierro, a madera humedecida por los siglos. Atravesaron un ala del castillo que nadie visitaba, donde los candelabros estaban apagados y las alfombras se deshacían en polvo. La oscuridad parecía respirar en aquellos pasillos, como si una conciencia dormida los observase desde la penumbra.

Finalmente, llegaron a una puerta tallada con símbolos extraños, una puerta que no debería existir. Lucian la empujó con ambas manos, y el rechinar de las bisagras rompió el silencio como un grito.

La habitación era pequeña y circular, iluminada apenas por la luna que se filtraba a través de una ventana olvidada. Y en el centro, cubierto de polvo y telarañas, se alzaba el espejo.

Era inmenso, con un marco de oro negro que se retorcía como raíces que atrapaban el cristal. En sus filigranas, rostros deformados parecían gritar en un silencio perpetuo. Era una prisión tallada en reflejos.

-¿Lo ves, Elias? -susurró Lucian, hipnotizado - Es hermoso.

Elias, sin embargo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El espejo no reflejaba la habitación como debería. En su interior, la luz se curvaba de forma extraña, como si algo acechara en las sombras más allá del cristal. Sus propios ojos, grandes y asustados, parecían mirar desde una profundidad desconocida.

-Lucian, vámonos de aquí -dijo en voz baja, tirando de la manga de su hermano.

Pero Lucian ya no lo escuchaba. Había alzado una mano, con los dedos apenas rozando la superficie del espejo.

Entonces, el mundo cambió. El aire se volvió espeso y denso, como si el tiempo mismo hubiera contenido la respiración. Elias sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies, como si un abismo invisible se abriera entre él y su hermano. Y entonces lo vio. Lucian ya no estaba fuera del espejo. Estaba dentro. Su reflejo ya no era un reflejo, sino su verdadera figura, atrapada en un mundo de cristal. Un mundo sin sonido, sin aliento.

Elias se quedó paralizado. El espejo aún reflejaba la habitación, pero donde debería estar su hermano solo quedaba una silueta oscura, deformada, sin rasgos definidos. Una sombra de lo que una vez fue Lucian.

-¡Lucian! -gritó, golpeando el cristal con ambas manos.

Los ojos de su hermano, idénticos a los suyos, pero llenos de terror, se clavaron en él desde el otro lado. Sus labios se movieron, pero ningún sonido escapó del cristal. Era un grito ahogado en la eternidad.

Elias sintió el temblor en sus huesos, el frío que le trepaba por la piel. Algo no estaba bien. Algo estaba mirándolo desde dentro del espejo. Y entonces... la sombra en el cristal sonrió.

El reflejo falso, el impostor, la silueta vacía que ahora ocupaba el lugar de Lucian se giró lentamente hacia él. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado conscientes. Elias dio un paso atrás. Ese no era su hermano.

-¿Elias? -la voz de Lucian resonó en la habitación, pero su verdadero hermano seguía atrapado en el espejo, golpeando el cristal desesperadamente.

El reflejo sonrió con dulzura. Demasiada dulzura.

-¿Qué sucede, hermano? ¿Por qué me miras así? -preguntó el reflejo.

Elias sintió que su corazón latía con fuerza, una bestia atrapada en su pecho. Algo estaba terriblemente mal. El reflejo avanzó un paso. Elias retrocedió.

- ¿No me reconoces? -la voz era idéntica a la de Lucian, pero había algo en ella, algo hueco y sin vida, como si cada palabra fuera una imitación perfecta de su hermano sin serlo realmente.

El verdadero Lucian seguía gritando en silencio tras el espejo.
Elias sintió un nudo en la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡No eres mi hermano! -susurró, temblando.

El reflejo se quedó quieto, ladeando la cabeza como si estuviera considerando sus palabras. Y entonces sonrió. Fue una sonrisa lenta, espeluznante, como si su piel se estirara más de lo debido. Como si estuviera aprendiendo a sonreír en ese preciso instante.

-¿No lo soy? -susurró el reflejo.

Elias no pudo responder. Porque, en el espejo, su verdadero hermano estaba llorando.

Los pasos de alguien se oyeron en el pasillo. Elias apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la puerta se abrió de golpe. Lord Alistair, su padre, se alzó en el umbral, con su capa ondeando como alas de cuervo. Su rostro estaba severo, su mirada de hielo. Él sabía. Sus ojos recorrieron la escena. El espejo. Lucian atrapado dentro. El reflejo falso de pie frente a Elias. Y entonces, su expresión cambió. Su voz, un susurro grave, tembló de algo cercano al miedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.