El Reflejo Sobre el Hielo

1. El juego de las apariencias

La cuchilla cortó el hielo con un siseo casi imperceptible, el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la pista universitaria. Desde las sombras de las gradas, Asia contenía el aliento. Allí estaba él otra vez.

Lo observaba cada noche, oculta por la oscuridad y el anonimato de ser una intrusa en un mundo que aún no le pertenecía. Le faltaba un año para la universidad, pero en esa pista, viéndolo deslizarse con una gracia casi irreal, sentía que el tiempo se detenía. Él era magnético, especial; un faro de luz en medio de la fría penumbra. Asia sabía que un hombre así jamás repararía en alguien como ella, una chica que solo se atrevía a existir en los márgenes de la noche.

Cuando él se marchaba, ella tomaba el relevo. Durante una hora, el hielo era su confesionario. Allí no importaba que su casa fuera una mansión lujosa pero gélida, ni que su padre —el influyente empresario italiano— la hubiera relegado a un segundo plano tras la llegada de su nueva novia. En la pista, Asia no era la "empollona" de la que todos se burlaban en el colegio; era libre. Su único sueño no era el dinero ni la fama de su apellido, sino algo mucho más inalcanzable: ser feliz.

Una noche, el refugio se agrietó. Asia llegó tarde y, al no verlo, se lanzó al hielo con una mezcla de tristeza y urgencia. De pronto, un portazo resonó en el recinto. El susto la hizo perder el equilibrio; cayó con estrépito, el frío del hielo calando en sus huesos.

Aterrada, se arrastró hacia las gradas para esconderse mientras se soltaba los patines con manos temblorosas. Entonces, lo vio regresar. Pero esta vez, él no estaba solo. Una mujer de una belleza arrebatadora lo acompañaba: alta, de piel oscura y una melena rizada que bailaba al ritmo de sus movimientos. La conexión entre ellos era evidente en cada giro sincronizado. Con el corazón encogido y las lágrimas surcando sus mejillas, Asia recogió sus cosas y huyó hacia la seguridad de la noche.

Al día siguiente, el colegio fue el mismo tormento de siempre. Notas de burla adornaban su pupitre, recordándole que para el resto del mundo solo era una "estudiante de honor" sin rostro. Nadie se molestaba en conocer a la persona detrás de las notas.

Sin embargo, los miércoles eran diferentes. Asia tomaba un autobús de treinta minutos hacia un barrio humilde, un lugar donde el hormigón parecía irradiar más calor que las paredes de su propia casa. Allí, en una pequeña casita de madera, daba clases a niños que la miraban con genuina admiración.

—Asia... —susurraban ellos. Para los niños, su nombre era un puente hacia sus raíces, un bálsamo de paz.

Nadie allí sabía que su padre era inmensamente rico. Ella odiaba la idea de que el dinero lo solucionara todo; prefería darles herramientas, conocimientos y afecto. Fue allí donde una de las madres se le acercó con una sonrisa cálida.

—Asia, esta noche tenemos una fiesta. Nos gustaría que estuvieras con nosotros.

A pesar de las dudas iniciales Asia aceptó. Necesitaba luz.

Aquella tarde, la casa fría se sintió un poco menos vacía gracias a su Tata, la mujer que la había criado y la única que entendía la profundidad de su nombre.

—Estás preciosa, Asia —dijo la Tata cuando la vio bajar las escaleras.

Asia vestía un vestido blanco de tirantes finos, con una falda que cobraba vida con cada paso. Se sentía ligera, como si pudiera volar. Durante el trayecto en autobús, Asia le suplicó a su Tata que mantuviera su secreto: no quería ser "la hija del empresario", quería ser simplemente ella.

Al llegar al barrio, el ambiente era vibrante. La música y las risas llenaban el aire. De repente, Lía, una de sus alumnas más queridas, corrió a abrazar a la Tata.

—¡Mamá, has podido venir! —exclamó la pequeña.

Asia se quedó de piedra. Lía, de piel clara y ojos azules, era hija de su Tata. El mundo parecía volverse más pequeño y conectado en ese instante.

—Hola, profe. Estás guapísima, pareces un ángel —le dijo Lía, llevándola de la mano hacia el centro de la celebración.

Fue entonces cuando lo vio.

En medio del círculo, un grupo de jóvenes realizaba un baile tradicional. Uno de ellos destacaba sobre los demás. Su torso desnudo brillaba bajo las luces, su piel tenía el mismo tono que la de Lía y su sonrisa era, sencillamente, perfecta. Asia sintió un calor súbito, una punzada en el pecho que nunca antes había experimentado, ni siquiera con su amor platónico de la pista de hielo.

Aquello no era una simple admiración. Era una fuerza magnética que la anclaba al suelo mientras sus ojos no podían apartarse de él. Sabía que pertenecían a mundos distintos, a estratos sociales que rara vez se cruzaban, pero en esa noche de verano, bajo el eco de los tambores, Asia comprendió que su corazón acababa de encontrar una nueva razón para latir con fuerza.

El aire de la fiesta era vibrante, una mezcla de sándalo, especias y una alegría que Asia nunca había experimentado en los salones de mármol de su casa. Su Tata se acercó con una mirada radiante, sosteniendo la mano de un hombre robusto.

—Asia, ¿te lo estás pasando bien? —preguntó con dulzura.

—Sí, mucho. Gracias por invitarme —respondió ella, aunque su mirada seguía perdida en la pista de baile.

—Mira, este es mi marido, mi hijo y mi otra hija que no conoces.

Asia sintió que el mundo se detenía. El chico del torso desnudo, el que bailaba como si el fuego corriera por sus venas, era el hijo de su Tata. Él se acercó, ahora con una camiseta ligera, pero manteniendo esa presencia que la intimidaba.

—Eres un poco tímida —dijo él con una voz profunda que hizo que las mejillas de Asia ardieran—. ¿Te ha gustado nuestro baile?

—Perdona... sí, me ha encantado —logró articular. Le había encantado el baile, pero mucho más él.

—Me he enterado de que eres la profesora de mi hermana. Eres muy joven para ser maestra, ¿no? —añadió Erick con una sonrisa que desarmaba cualquier defensa.




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