El Reflejo Sobre el Hielo

2. Luces y sombras en el hielo

La pista estaba a oscuras cuando llegó. El miedo a la penumbra la hizo dudar, hasta que sintió un aliento cálido en su oído.

—¿Me estabas esperando? —susurró Erick.

Entraron juntos. Él le enseñó pasos, corrigió su postura y, aunque Asia se caía una y otra vez provocando sus risas, la tensión entre ellos era eléctrica. Cuando ella intentó huir, herida por su risa, él la alcanzó antes de salir.

—No me río de ti —le dijo, pegándola a su cuerpo—. Me encanta que te levantes. Eres una luchadora, como yo. Patina conmigo cada noche, Asia. Te necesito para mejorar.

—Lo haré —aceptó ella, sintiendo un beso fugaz en la mejilla que la dejó flotando.

Los días siguientes fueron un torbellino. Asia faltó a clase para llevar a su médico personal a ver a su alumna con bronquitis, incluso tuvo un encuentro accidentado con Erick entre los arbustos de su jardín, donde fingió un tropiezo para no revelar que vivía allí. Su padre, desde la distancia, sospechaba de su "mala salud", pero ella lograba mantener el tipo.

La segunda noche de entrenamiento, Erick llevó un radiocasete.

—Es la música de mi competición. Quiero practicar contigo.

Asia lo observó patinar primero. Él era potencia y gracia; su cuerpo ajustado al traje azul marcaba cada músculo. Cuando fue su turno, él la sacó al hielo. Al sonar los primeros acordes, Asia se olvidó de las reglas. Se dejó llevar por la melodía, deslizándose con una libertad que dejó a Erick sin palabras. Intentó un salto, un giro complejo que terminó en una caída, pero él la levantó con una dulzura inédita.

—Pareces un ángel patinando —le susurró.

La música continuó y la coreografía se volvió íntima. Erick la tomó de la cintura, la acercó tanto que sus labios casi se rozaron. La giró, recorriendo su silueta con las manos, y finalmente la alzó en vilo. Por un momento, Asia sintió que volaba, que el mundo exterior no existía.

—Noto que te pones nerviosa cuando te toco —rio él cuando terminaron.

—Es porque me obligas a hacer cosas que no sé —mintió ella, ocultando que el verdadero motivo era el fuego que sentía por dentro.

—Solo confía en mí —concluyó Erick con seriedad—. Jamás dejaría que te hicieras daño. Para mí, eres muy importante.

A Asia no le habría importado quedarse a su lado cada minuto del resto de su vida. Sin embargo, sabía que para él, ella solo era una pieza necesaria en su rompecabezas de entrenamiento. Él la miró con esa dulzura que solo reservaba para el hielo y le tendió la mano para invitarla a entrar de nuevo a la pista.

—Quiero que confíes en mí —susurró—. Solo cierra los ojos y déjate llevar.

Claro que confío en ti, pensó ella, sintiendo cómo su corazón daba un vuelco.

—Está bien... pero no me sueltes.

Él asintió y Asia cerró los ojos. Sintió el calor de su mano entrelazada con la suya y la firmeza de la otra apoyada en su cintura. Se dejó llevar por el movimiento, envolviéndose en su aroma y en la seguridad de su contacto. Deseó con todas sus fuerzas que ese momento no terminara jamás.

—Pareces un ángel cuando patinas junto a mí —le susurró Erick al oído.

Las piernas de Asia flaquearon ante la intensidad de sus palabras. Perdió el equilibrio y cayó sobre el hielo. Al abrir los ojos, lo encontró intentando levantarla, incapaz de contener la risa.

—¿Ves cómo te pones nerviosa cada vez que te digo algo o te toco? —dijo él, divertido.

Asia le dedicó una sonrisa tímida, consciente de que ya no podía disimular lo que sentía por él. Aunque ella quería seguir patinando, Erick decidió que por hoy era suficiente. Se sentaron en las gradas para quitarse los patines y, de repente, él sacó un paquete de su mochila.

—Esto es para ti. No es gran cosa, pero lo vas a necesitar para patinar conmigo.

Asia lo cogió con manos temblorosas y lo abrió.

—Es precioso, Erick... pero no era necesario —sonrió, deslumbrada.

Era el vestido más bonito que jamás había visto: de color champán, adornado con delicada pedrería y con una falda corta y vaporosa. Lo único que le inquietaba era que sus piernas quedarían muy expuestas, algo que siempre la había acomplejado. Guardó el vestido en su mochila y salieron juntos del estadio.

Mientras caminaban hacia la verja de la universidad, Erick le contó que, aunque vivía en el campus, siempre volvía a su barrio para estar con su gente. Al llegar a la salida, él insistió en acompañarla a casa, pero Asia se negó rotundamente. No podía arriesgarse a que él descubriera dónde vivía en realidad. Tras una breve despedida con un beso en la mejilla, ella se marchó, incapaz de dejar de pensar en el traje que él le había regalado.

Al día siguiente en el instituto, Asia estaba tan ansiosa por volver a ver a Erick que no podía esperar a que llegara la noche. Al ver a Lena, se le ocurrió una idea para acercarse a él antes.

—Lena, hoy jueves tienes clase de patinaje, ¿verdad? —preguntó, intentando sonar casual.

—Sí. ¿Quieres volver a venir? —respondió Lena con una sonrisa.

—Sí, me encantaría acompañarte.

—Te encantó el profesor, ¿a que sí? —bromeó su amiga, poniéndola en evidencia.

—No, no es eso —mintió Asia, sintiendo cómo se sonrojaba—. Me gusta cómo patináis y me estoy planteando apuntarme.

Ese día, el ambiente en el instituto estaba extrañamente tranquilo. Sus compañeros no se metieron con ella ni le dedicaron miradas de desprecio, lo cual fue un alivio enorme. Lena y ella pasaron todas las clases hablando sobre el patinaje. Al salir, dejaron sus cosas en la taquilla y caminaron las dos manzanas que las separaban de la universidad. El campus estaba lleno de gente, pero ellas se dirigieron directamente al estadio.

Al llegar, encontraron la puerta abarrotada de niñas; las alumnas habían aumentado considerablemente. Entraron todas juntas al vestuario y Asia se sentó en las gradas para esperar. Mientras las estudiantes se cambiaban, Erick entró en la pista y se acercó a ella.




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