El Reflejo Sobre el Hielo

4. El peso del secreto

Asia cruzó el umbral de su mansión con el pulso desbocado, sintiendo que el aire le quemaba en los pulmones. Sabía que aquel beso no había sido un error de cálculo, sino el estallido de un sentimiento contenido durante meses. Sin embargo, en la soledad de su habitación, la joven heredera se sentía pequeña. Al probarse el vestido color champán frente al espejo, la imagen que le devolvía el cristal era la de una princesa, pero una atrapada en una torre de cristal y mentiras.

La realidad la golpeó de nuevo cuando intentó recuperar a su única amiga. El silencio al otro lado del teléfono, roto por la voz gélida de la empleada de Lena, fue una sentencia: "La señorita Lena dice que usted ya no es su amiga". Asia sintió que el mundo que estaba construyendo fuera de su jaula de oro se desmoronaba.

En la cocina, la Tata observaba a la joven con una mezcla de ternura y preocupación. Ella no necesitaba que Asia confesara; conocía el lenguaje de sus escapadas nocturnas.

—El paseo te está esperando —susurró la mujer con una sabiduría ancestral.

Asia no comprendió la advertencia velada, pero la inercia del deseo la llevó de vuelta a la universidad.

El estadio estaba en penumbra cuando Asia entró. Se deslizó sobre el hielo con el vestido que Erick le había regalado, sintiéndose como un cisne herido bajo los focos.

Pero Erick apareció. Un portazo anunció su llegada, pero su lenguaje corporal no era el de un hombre enamorado, sino el de alguien atormentado por su pasado.

—Tú y yo somos de mundos diferentes, Asia —sentenció él, con la mirada clavada en el suelo—. Si sientes algo por mí, olvídalo. Jamás serás correspondida.

Asia sintió cómo el orgullo Martínez, ese que su padre le había inculcado a fuego, se alzaba para protegerla. Mintió con una frialdad que la sorprendió a ella misma: "Confundí mi gratitud. No significa nada". Erick pareció aliviarse, aunque Asia vislumbró una sombra de decepción en sus ojos. El entrenamiento comenzó de nuevo, pero la armonía era frágil, un pacto de silencio sobre un lago congelado.

La música del radiocasete fue interrumpida por un sonido mucho más cortante: unos aplausos lentos y cargados de veneno. De la oscuridad surgió Estela, la mujer de piel oscura y mirada de fuego que Asia había visto noches atrás.

—¿Por esto ya no quedas conmigo, Erick? —preguntó ella, acercándose con la elegancia de un depredador.

Erick se quedó lívido. La confrontación desveló lo que Asia más temía: un pasado compartido que no estaba del todo cerrado. En un arranque de furia, Estela empujó a Asia con tal violencia que la joven cayó de espaldas, sintiendo el frío del hielo calar su piel.

—Ya veo que has engañado a otra chica con tus encantos, como lo hiciste conmigo —soltó Estela, clavando el puñal de la duda en el corazón de Asia.

La confianza de Asia se quebraba definitivamente. Rechazó la mano de Erick con asco; para ella, ya no era el patinador de sus sueños, sino un extraño que coleccionaba corazones rotos.

Sin mirar atrás, Asia huyó del estadio, dejando atrás sus patines, su dignidad y la esperanza de que el amor pudiera cruzar las barreras sociales. En su cama, mientras las lágrimas empapaban la almohada, Asia comprendió que el hielo no era solo una superficie para patinar, sino el estado natural de su vida: frío, solitario y peligrosamente resbaladizo.

El despertar de Asia aquel jueves fue amargo. Bajó a desayunar con el alma pesada, ignorando las preguntas de la Tata sobre su "paseo" nocturno. El café le supo a ceniza; la tristeza era un nudo que le impedía tragar.

Al cruzar el umbral del colegio, el ambiente cambió. Las risas no eran las habituales burlas a la "estudiosa" de clase; eran susurros cargados de veneno. En su taquilla, una nota escrita con odio rezaba: “Eres una zorra a la que le gustan los profesores”. Asia sintió que el pasillo se estrechaba. Aunque su corazón gritaba que amaba a Erick, su razón le recordaba la traición de la noche anterior y la advertencia de aquella mujer misteriosa.

Para su sorpresa, fue la propia Lisa quien rompió el hielo. Con la cabeza agachada y una sinceridad como un resto de su antigua lealtad, Lisa le confesó que ella no era la autora de aquel mensaje.

—Erick jamás se fijaría en alguien como yo —admitió Lisa con amargura. —Todo para ti.

—A mí no me gusta —mintió Asia, sacrificando su verdad para salvar la amistad, sin saber que ambas compartían el mismo anhelo imposible.

El destino, siempre caprichoso, llevó a la clase de Asia a una visita guiada por la universidad vecina. Mientras el director hablaba sobre el futuro, Asia solo pensaba en la medicina, en el deseo de sanar a otros para olvidar sus propias heridas. Sin embargo, al llegar al tablón de anuncios de deportes, el pasado volvió a alcanzarla: el patinaje sobre hielo era la actividad que más créditos otorgaba para su carrera.

En un descuido, mientras la multitud de estudiantes se arremolinaba, una mano firme y desconocida atrapó la de Asia. Antes de que pudiera gritar, fue arrastrada hacia un aula en penumbra; una respiración caliente en su cuello y unas manos que la apresaban por la cintura.

—Me he encaprichado de ti... vas a ser mía —susurró una voz masculina, cargada de una posesividad oscura.

Asia luchó, mordió la mano que intentaba silenciarla y gritó con todas sus fuerzas. El sonido de sus gritos rasgó el silencio del pasillo, atrayendo la salvación desde el lugar menos esperado.

La puerta se abrió de golpe, bañando el aula con una luz cegadora. Antes de que Asia pudiera procesar quién era su salvador, un puñetazo certero voló desde la oscuridad. Erick, con los ojos encendidos por una furia protectora, se abalanzó sobre el agresor.

La pelea se trasladó al pasillo. Los estudiantes formaron un círculo, observando cómo el ídolo del patinaje se ensañaba con el desconocido.

—¡Basta ya! —gritó Asia, recuperando el aliento. Sus mejillas ardían bajo la mirada de todos—. Erick, déjalo. Nadie me ha hecho nada.




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