Asia preparó su equipaje con una mezcla de euforia y ansiedad. Entre sus pertenencias guardó el traje champán que Erick le había regalado —su amuleto de la suerte— y el vestido más elegante de su armario para la gala de la federación. Aunque ella intentaba convencerse de que Erick era solo un "compañero", cada latido de su corazón gritaba lo contrario.
A la mañana siguiente, el viaje comenzó con un ligero traspié: el olvido de Anne, la entrenadora. Sin embargo, una vez en el avión, el miedo de Asia a las alturas se disolvió cuando la mano de Erick buscó la suya. Fue un trayecto marcado por una tensión dulce, el preludio de lo que les esperaba en la Ciudad de la Luz.
París los recibió con su majestuosidad de piedra y avenidas infinitas. El hotel, una joya arquitectónica con una cúpula de cristal que hipnotizó a Asia desde el primer instante, se convirtió en el escenario de su primer encuentro con la élite del patinaje europeo. Pero la belleza del lugar se vio empañada por un estallido de hostilidad en la recepción.
Erick se enzarzó en una tensa discusión con un joven patinador de un atractivo inquietante. Asia, capaz de leer la rigidez en los hombros de Erick, notó que no se trataba de una simple rivalidad deportiva. Era algo personal, algo que hacía que el campeón de Italia perdiera su habitual compostura.
Una vez instalados en sus habitaciones contiguas, Erick no tardó en escabullirse al cuarto de Asia. El reencuentro fue un estallido de besos robados y promesas susurradas tras la puerta cerrada.
—¿Quién es ese chico, Erick? —preguntó ella, buscando la verdad en sus ojos.
—Nadie importante —respondió él, esquivando la mirada hacia la ventana—. Otro patinador con el que me llevo mal. Olvidémoslo.
La conversación fue interrumpida por la llegada de Anne, obligando a Erick a protagonizar una cómica huida hacia el interior del armario, donde un golpe seco delató su torpeza. Asia tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estallar en carcajadas frente a su entrenadora mientras esta le informaba del entrenamiento inminente.
El estadio de París, a solo cinco minutos del hotel, era una estructura colosal que desprendía una luz casi divina. Al entrar, Asia se sintió pequeña ante la magnitud del evento. Mientras se sentaba en las gradas entre Anne y Erick, su mirada se perdió en la pista, donde varios equipos realizaban sus pruebas.
Allí estaba él de nuevo: el patinador atractivo de la recepción. Asia lo observaba hipnotizada por su técnica y su presencia magnética, sin percatarse de que captaba los celos crecientes de Erick. Un codazo brusco de su compañero la devolvió a la realidad.
Erick no solo tenía que enfrentarse al hielo y a la presión de la prensa; ahora también luchaba contra la atención que aquel extraño despertaba en Asia. Sabía que en ese estadio, bajo los focos de Francia, no solo se jugaban una medalla, sino la estabilidad de un amor que apenas comenzaba a respirar fuera de las sombras.
La tensión se podía cortar con un bisturí. La atención de África se desviaba inevitablemente hacia el misterioso patinador, cuya fluidez en el hielo parecía hipnotizarla. Erick, consumido por una rabia que nublaba su talento, no dejaba de fallar en las figuras más sencillas, proyectando su frustración en cada caída de Asia. El hielo, que solía ser su refugio, se había convertido en un campo de batalla emocional.
—¿Esta noche nos veremos en la fiesta, verdad? —soltó el rival con una sonrisa cargada de intención, ignorando deliberadamente la furia que emanaba de Erick.
Tras un entrenamiento desastroso que dejó a Anne visiblemente decepcionada, el grupo regresó al hotel. Erick se quedó rezagado en el vestíbulo, atrapado en compromisos sociales, mientras África buscaba la soledad del ascensor. Pero el destino tenía otros planes.
Al cerrarse las puertas del ascensor, Asia se encontró a solas con él. El aire desapareció, el pulso se le aceleraba ante la proximidad de aquel desconocido cuyo aroma parecía nublarle el juicio.
—Me vuelves loca cuando patinas —le susurró él, acortando la distancia hasta que sus cuerpos fueron uno solo.
La intensidad del momento hizo que el ascensor subiera y bajara, ignorando las plantas, mientras ellos permanecían anclados en una mirada penetrante. Sin embargo, la realidad golpeó con crueldad cuando las puertas se abrieron en la planta baja y allí, frente a ellos, aparecieron Anne y un Erick cuyo rostro se desencajó al ver la escena.
Tras una llamada evasiva con su madre, en la que Asia ocultó el torbellino que sentía, comenzó a prepararse para la fiesta, frente al espejo, transformándose con el vestido más audaz de su armario, maquillándose con la torpeza de quien rara vez busca ser el centro de atención, pero con la belleza de quien está a punto de serlo.
Erick apareció en su puerta, impecable en su traje negro, ofreciéndole una rosa como una tregua silenciosa.
—Voy a ser el hombre más envidiado de la fiesta —le dijo, sellando su reencuentro con un beso apasionado.
Pero el lujo del gran salón, con su comida exquisita y su ambiente selecto, no logró calmar la inquietud de Asia. Mientras Erick se perdía en conversaciones con viejos amigos, ella buscó refugio en la barra de bebidas. Fue allí donde el destino volvió a cruzar sus caminos.
El patinador de ojos verdes la esperaba. Él extendió su mano, atrapando la de África con una firmeza eléctrica que la hizo temblar de nuevo.
—Me encantaría poder estar contigo a solas —le susurró al oído, y después se marcho.
Asia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. A pocos metros, Erick reía con sus amigos, ajeno a que en ese rincón del salón, su mayor rival estaba a punto de arrebatarle mucho más que una medalla de oro. Asia se encontraba en una encrucijada de deseos contradictorios. Percibía cómo la presencia eléctrica de aquel muchacho la atraía como un imán, mientras la lealtad hacia Erick pesaba en su conciencia. Cuando Erick apareció para rescatarla de sus propios pensamientos, besándole el cuello con una dulzura que solía calmarla.