La noche había sido un carrusel de emociones sin consecuencias. La tormenta de celos de Asia se disolvía al descubrir que la misteriosa mujer no era otra que Gina, la hermana melliza de Erick, una patinadora becada en Londres que compartía los mismos rasgos nobles que su hermano. Tras las disculpas y el alivio, la pareja se había refugiado en la habitación de Asia, buscando una intimidad que hasta entonces solo habían rozado en el hielo.
Sin embargo, el miedo de Asia —ese temor puro de quien se entrega por primera vez— detuvo el tiempo. Erick sentado frente a la puerta del baño, demostrando una paciencia y un respeto que Asia no había conocido en su mundo de etiquetas y exigencias. Finalmente, el sueño los venció en un abrazo casto, compartiendo solo el calor de sus cuerpos hasta que la luz de París se filtró por las cortinas.
La mañana trajo consigo el caos. Paula, irrumpió con la urgencia de la competición, descubriendo a Erick en la habitación de Asia. la mano de la joven enemiga se alzó con una rapidez felina, impactando en la mejilla de Asia antes de que esta pudiera siquiera articular una palabra.
—¡Eres una estúpida! —gritó con una furia que parecía alimentada por algo más que simples celos deportivos.
Erick reaccionó al instante, interponiendo su cuerpo como un escudo humano para proteger a Asia de un segundo impacto. Al final del corredor, una figura masculina observaba la escena con una frialdad aterradora.
—¡Vete de aquí ahora mismo, Paula! —rugió Erick, con los ojos encendidos—. No vuelvas a tocarla.
—¿Crees que esto se va a quedar así? —rio con amargura, mientras señalaba hacia el fondo del pasillo—. No soy yo quien te va a destruir, Erick. Es el pasado de tu "princesa" el que va a terminar con tu carrera.
Asia, con la mejilla ardiendo y las piernas temblorosas, miró hacia donde Paula señalaba. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer la figura que se alejaba: era su madre.
—¡No te eduqué para esto! ¡Me has decepcionado! —gritó su madre, rechazando el abrazo de Asia.
La bofetada de Paula todavía ardía en su mejilla, pero el verdadero dolor era la desilusión de su madre. el conflicto en el corazón de la mujer: el orgullo herido y el miedo al qué dirán de un marido autoritario.
Asia defendió su amor por Erick con una valentía que dejó al patinador mudo de admiración, pero la amenaza de informar a su padre quedó flotando en el aire como una sentencia. Con una última promesa de asistir a la competición solo para "vigilarla", su madre se marchó, dejando tras de sí un rastro de amargura.
Buscando refugio en el único lugar donde se sentía libre se dirigió al estadio vacío. Necesitaba que el frío del hielo calmara el fuego de su rostro. Sin embargo, la soledad en París es un espejismo peligroso. Dilan apareció entre las sombras de las gradas como un cazador que conoce bien a su presa. Sus caricias no solicitadas y sus palabras cargadas de una obsesión oscura hicieron que Asia intentara huir, pero él la retuvo con una promesa inquietante: "Conseguiré que estés conmigo para siempre".
Cuando Dilan se marchó, Asia se puso los cascos, buscando perderse en la música. De repente, sintió que unos brazos la rodeaban y una venda cubría sus ojos. "Confía en mí", susurró una voz que ella creyó reconocer. Durante unos minutos, patinó a ciegas, guiada por unas manos expertas, sintiéndose extrañamente poderosa y protegida. Asia creía estar en brazos de Erick, pero el ritmo y la fuerza no eran los mismos. Al quitarse la venda, la realidad la golpeó con la fuerza de una ventisca. Erick no estaba allí. El estadio estaba en penumbra, iluminado por un solo foco, y las puertas habían sido cerradas con llave.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Asia, retrocediendo al ver a Dilan frente a ella.
El beso que él le robó fue el inicio de una pesadilla. El carisma de Dilan se transformaba en una posesión violenta. La música romántica que sonaba por los altavoces era ahora la banda sonora de su cautiverio.
—Erick no se va a enterar... porque de aquí no vas a salir —sentenció Dilan con una sonrisa gélida—. Todos están en el hotel en el sorteo de la competición. Nadie te va a escuchar.
Asia comprendió con terror que Erick, absorto en los preparativos oficiales, no se había dado cuenta de su ausencia. Las manos de Dilan empezaron a recorrer su cuerpo con una fuerza que buscaba doblegar su voluntad, transformando cada caricia en una marca de dominio. El miedo paralizó sus piernas, y las lágrimas que antes eran de tristeza por su madre, ahora eran de puro pánico.
Mientras en el hotel celebraban el sorteo de puestos para la final, en el centro de la pista, Asia luchaba por su integridad contra un hombre que no aceptaba un "no" por respuesta. En la oscuridad de las gradas, el tiempo se había congelado para Asia en una espiral de pánico. Sentía la humillación quemando su piel ante los besos forzados de Dilan, mientras el sonido de la puerta siendo golpeada se convertía en su única esperanza. Cuando Dilan, en un acto de cobardía, intentó huir ajustándose la ropa, la figura de Erick emergió de la penumbra como un titán enfurecido.
El puñetazo que derribó a Dilan no solo fue un acto de defensa, sino el estallido de una rivalidad que venía de mucho atrás. "Esta vez no lo vas a conseguir", había sentenciado Erick. Aquella frase quedó suspendida en el aire, revelando que Dilan ya había intentado arrebatarle algo valioso en el pasado, quizás su dignidad.
El regreso al hotel fue un desierto de palabras. Asia, a pesar del trauma, se sentía a salvo, pero percibía la tormenta interna de Erick: una mezcla de culpa por haberla dejado sola y una decepción punzante. Sin embargo, tras el llanto de impotencia en la soledad de su habitación, el hilo que los unía volvió a tensarse.
Erick esperaba tras la puerta, y en su mirada ya no había reproche, sino una angustia infinita por la posibilidad de haberla perdido.