El regreso a casa fue agridulce. Tras despedirse de una madre que prometía ser su aliada en la distancia, Asia se enfrentó al silencio de su mansión. La ausencia de su Tata la inquietó, pero el cansancio del viaje y el brillo de la copa ganada en su mesilla le permitieron dormir con una sonrisa. Sin embargo, el mundo exterior no había cambiado tanto como ella; para sus compañeras de clase, seguía siendo la "empollona" invisible, ignorantes de que bajo su uniforme latía el corazón de una reina del hielo.
La sorpresa llegó con el sol de la mañana. Erick, rompiendo todos los protocolos del exclusivo colegio, apareció en el aula, y con la seguridad de quien ya no tiene nada que esconder, la tomó de la cintura frente a todos.
—He pedido permiso a tus profesores —le susurró él—. Nos vamos.
El rugido de la moto marcó el inicio de una escapada necesaria. Asia, con su vestido verde ondeando al viento, se aferró a la cintura de Erick mientras dejaban atrás las paredes asfixiantes de la institución. El destino no era otro que su lugar sagrado: la cascada que los había visto nacer como pareja.
El bosque los recibió con el mismo aroma a musgo y agua fresca, pero la energía entre ellos había evolucionado. Ya no eran dos extraños aprendiendo a confiar; eran amantes que habían conquistado Europa y que ahora reclamaban su propio reino.
—Esta vez todo será diferente —prometió Erick.
Asia, liberada de las sombras de su padre y del miedo que la atenazó en el hotel de París, tomó la iniciativa. Erick vio como se despojaba de su vestido verde con una confianza nueva, sumergiéndose en el agua cristalina.
En el refugio de la cascada, el agua golpeaba las rocas con la misma intensidad que sus corazones. Erick se unió a ella, y el frío del manantial desapareció bajo el calor de sus cuerpos desnudos. Las manos de él volvieron a encontrar su cintura, pero esta vez no había una Anne al otro lado de la puerta, ni una competición que los presionara. Solo estaban ellos dos, fundiéndose en besos que prometían llevarlos de nuevo a aquel clímax de pasión que descubrieron en Francia.
—Hemos venido a entrenar —dijo Erick con una sonrisa pícara, aunque sus manos recorrían la piel húmeda de Asia con una intención que no tenía nada que ver con el patinaje.
Asia bajó las escaleras con la sonrisa ensayada que su padre le había exigido, tratando de olvidar por un momento el vestido rojo que descansaba en su cama y el beso furtivo de Erick en el colegio. Pero al llegar al último escalón, el aire se volvió pesado y el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.
Las tres figuras se dieron la vuelta. Mía, con su elegancia artificial, presentó a su familia con una voz cargada de orgullo.
—Asia, querida, ellos son mis padres... y este es mi hermano menor, del que tanto te hablé.
Asia sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Frente a ella, con una postura impecable y esa sonrisa perfecta que escondía una oscuridad que solo ella conocía, estaba él. El hombre que la había acosado en París, el que había intentado forzarla en el estadio vacío, el rival más encarnizado de su novio.
—Mucho gusto, Asia —dijo Dilan, extendiendo su mano con una caballerosidad fingida—. Mía me dijo que eras especial, pero no imaginé que serías tan... encantadora.
Dilan no era solo un patinador arrogante; ahora era el futuro tío político de la casa Martínez. El hermano de la mujer que estaba a punto de casarse con su padre. El vínculo era oficial, legal y, para Asia, terrorífico.
Su padre, ajeno a la tormenta que se desataba en los ojos de su hija, le dio una palmada en el hombro a Dilan.
—Espero que os llevéis bien. Dilan también es un deportista de élite. Podéis hablar de vuestros "estudios" —dijo su padre, con una ironía que él mismo no comprendía.
—Oh, estoy seguro de que tenemos mucho de qué hablar —añadió Dilan, sin apartar su mirada penetrante de la de asia.
Asia se excusó como pudo y subió corriendo a su habitación, cerrando la puerta con llave. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que su padre lo oyera desde el salón. Cogió su teléfono con las manos temblorosas. Necesitaba llamar a Erick, advertirle que el "monstruo" de París ahora dormía bajo su mismo techo, que la fiesta de compromiso de mañana sería un campo de minas.
Pero entonces, un mensaje de texto iluminó su pantalla. No era de Erick. Era de un número desconocido.
"Qué pequeño es el mundo, ¿verdad, hermanita? Mañana, en la fiesta, el vestido rojo te quedará increíble. Espero que no le digas nada a tu padre sobre lo que pasó en Francia... a menos que quieras que yo le cuente por qué realmente estabas allí con el hijo de la sirvienta. Nos vemos mañana, preciosa."
Asia se hundió en su cama, abrazada a sus rodillas. Dilan tenía el poder de destruir la vida de Erick y la reputación de su madre en un solo susurro. La fiesta de compromiso, que ella esperaba que fuera solo un aburrimiento de negocios, se había convertido en el escenario de un chantaje que ponía en jaque su libertad y su amor.
Asia descendió las escaleras como una aparición de color rojo, desafiando la mirada de Dilan con una sensualidad que era, en realidad, un escudo. Pero el veneno ya estaba en el aire. Dilan la observaba no como a una futura pariente, sino como a una presa que finalmente había acorralado en su propio territorio.
La confusión de la fiesta, el champán tomado a escondidas y la música lejana la empujaron hacia el porche. Allí, entre la bruma del alcohol, creyó hablar con los arbustos hasta que la figura real de Erick emergió de la oscuridad. Fue un encuentro fugaz, un beso desesperado que sabía a despedida temporal, dejándola con el corazón roto cuando el rugido de la moto se alejó en la noche.
Asiase quedó sola en las escaleras, con el frío de la noche calando en sus hombros desnudos, hasta que sintió un peso extraño. Dilan estaba allí, depositando su chaqueta sobre ella con una familiaridad que le revolvió el estómago.