El Reflejo Sobre el Hielo

10. El centro de la pista

La noticia del accidente de Erick golpeó a Asia con más fuerza que cualquier caída sobre la pista. El desmayo fue el refugio momentáneo de una mente que se negaba a aceptar la tragedia, pero el despertar en los brazos de Dilan solo confirmó la pesadilla. La determinación de ir al colegio no nacía del deber, sino de la desesperación absoluta por desmentir las palabras de su padre.

Al cruzar el umbral del instituto, el vacío la recibió como una bofetada. La ausencia de Lisa en los pasillos y el silencio sepulcral de sus compañeros alimentaron un presentimiento oscuro que le oprimía el pecho. Sin pensarlo, Asia huyó, corriendo con el alma en un hilo a través de las calles que separaban su colegio de la universidad, el lugar donde sus sueños habían cobrado vida bajo la luz de la luna.

El alivio de saber que Erick respiraba fue una descarga eléctrica que le devolvió la vida a Asia, pero la alegría duró apenas un suspiro. En la habitación del hospital, el reencuentro fue agridulce: el calor de sus besos se mezclaba con la cruda realidad de una pierna destrozada y una carrera deportiva que pendía de un hilo. Sin embargo, el destino no iba a permitirles ni siquiera una hora de paz.

La puerta de la habitación se abrió con un estruendo que hizo vibrar las paredes blancas del hospital. La Tata intentó detenerlo, pero la fuerza de era imparable. Su rostro, antes atractivo, estaba deformado por una furia ciega.

—¿Te crees que soy estúpido? —rugió Dylan, ignorando por completo el estado crítico de Erick.

Asia sintió cómo los dedos de su prometido se clavaban en su brazo como tenazas de hierro. Erick, impotente en la cama y conectado a las máquinas, hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse, pero el dolor lo devolvió a las sábanas entre gemidos de rabia.

—¡Suéltala, cobarde! —gritó Erick, con los ojos inyectados en sangre.

—Tú cállate, muerto de hambre —escupió Dylan con desprecio—. Bastante tienes con buscarte un trabajo de cojo, porque el patinaje se acabó para ti. Ella viene conmigo.

El forcejeo en el pasillo del hospital fue humillante. Dylan no tuvo reparos en amenazar a la familia de Erick, haciendo gala del poder que le otorgaba ser el futuro yerno de los Martínez. Asia fue arrastrada hasta el coche, sintiendo que cada paso la alejaba de su único refugio. Una vez dentro del vehículo, el silencio fue aterrador. Dylan golpeó el volante con rabia antes de arrancar.

—¡Como vuelvas a jugármela, te llevo a vivir lejos de todos! —amenazó, levantando la mano en un gesto que heló la sangre de Asia.

—¡Me da igual! —respondió ella, con la voz quebrada pero firme—. Podrás encerrarme, podrás obligarme a estar en una iglesia, pero jamás tendrás mi amor. Te odio con toda mi alma.

Al llegar a la mansión, las luces estaban encendidas. Su padre esperaba en el porche, con los brazos cruzados y una expresión que dictaba sentencia. Dylan bajó del coche y, sin miramientos, empujó a Asia hacia su padre.

—Aquí la tienes. Estaba en el hospital con el hijo de la sirvienta —dijo Dylan con veneno.

El padre de Asia se acercó a ella. No hubo gritos, solo una frialdad que dolía más que cualquier bofetada.

—Has agotado mi paciencia, Asia. Mañana mismo vendrá el sastre para las últimas pruebas del vestido. No saldrás de esta casa hasta el día de la boda, que se adelanta a la próxima semana. Y en cuanto al chico... —hizo una pausa cruel—, asegúrate de que no empeore su salud. Sería una lástima que el hospital perdiera su financiación de repente.

Asia subió las escaleras escoltada por Mía, quien esta vez guardaba un silencio cómplice. Al entrar en su cuarto, oyó el doble giro de la llave desde fuera. Estaba presa. Miró por la ventana hacia el horizonte, pensando en Erick y en su pierna herida. Sabía que la única forma de salvarlo a él y de salvarse a sí misma era jugar su última carta, aunque eso significara destruir el imperio de su padre desde dentro.

Pasaron las horas. La oscuridad de la noche se filtró por la ventana, y Asia seguía en la misma posición hasta que el sonido de la cerradura la hizo saltar. No era la Tata con la cena. Era Dylan. Entró con una suficiencia que le revolvió el estómago, cerrando la puerta tras de sí. Se acercó a ella y, con una suavidad fingida, le acarició la mejilla. Asia lo apartó de un manotazo.

—No me toques —siseó ella.

—Vamos, Asia. Tienes que empezar a ser más amable con tu futuro marido —dijo él, sentándose en el borde de la cama, justo al lado del vestido blanco—. Tu padre está muy decepcionado, pero yo puedo convencerlo de que sea menos estricto contigo... si tú pones de tu parte.

—¿De mi parte? ¿A cambio de qué? —le retó ella, con los ojos inyectados en sangre.

—A cambio de que olvides a ese lisiado. Mañana vendrá un fisioterapeuta privado para Erick, pagado por mí, si tú aceptas que nos casemos sin más escándalos. Pero si sigues rebelde... —Dylan se levantó y se acercó a la ventana—, el hospital podría recibir una orden de traslado para él a un centro mucho más precario. Tú eliges.

Asia sintió un nudo en la garganta. Dylan estaba usando la salud de Erick como moneda de cambio. Miró el vestido de novia y luego a los ojos oscuros de su prometido. Sabía que tenía que ganar tiempo, aunque eso significara fingir que se rendía ante el monstruo que tenía delante.

—Está bien —susurró ella, bajando la mirada para ocultar su odio—. Haré lo que quieras, pero jura que no le pasará nada a Erick.

Dylan sonrió, una expresión de triunfo que le heló la sangre, y se acercó para darle un beso en la frente que Asia tuvo que soportar cerrando los puños con fuerza.

—Sabía que eras una chica lista. Descansa, futura señora de Rossi. Mañana tenemos mucho que organizar.

Cuando la puerta volvió a cerrarse con llave, Asia corrió hacia su escritorio. Sabía que Dylan no cumpliría su palabra por mucho tiempo. Buscó entre sus cajones hasta encontrar un viejo teléfono que su madre le había regalado años atrás, uno que su padre no conocía. Tenía poca batería, pero era su única esperanza para contactar con el exterior.




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