El corazón me martilleaba en el pecho con tanta fuerza que temía que Dylan pudiera oírlo desde el segundo piso. El roce de la cuerda me quemaba las palmas de las manos, pero la adrenalina era más fuerte que el dolor. En cuanto mis pies tocaron el césped húmedo, sentí unos brazos firmes que me sujetaban para que no perdiera el equilibrio.
—¡Rápido, Asia! —susurró una voz que me hizo estremecer. No era la de Erick, era más profunda, pero en ese momento de pánico no me detuve a preguntar.
Eché un último vistazo hacia arriba. La silueta de Dylan recortada contra la luz de mi habitación parecía la de un demonio furioso. Lo vi forcejear con el nudo de la sábana y la cuerda que yo había atado a la cama, maldiciendo a gritos que rompían el silencio de la noche. Sabía que en cuestión de segundos cruzaría el pasillo, bajaría las escaleras y alertaría a los guardaespaldas de mi padre.
Corrimos hacia la sombra donde descansaba la moto. Mi acompañante se puso el casco de un tirón y me tendió el otro.
—¡Súbete y agárrate fuerte! —ordenó.
Me monté de un salto, rodeando su cintura con mis brazos mientras el motor rugía, rompiendo la paz del jardín. Justo cuando enfilamos hacia la salida trasera, vi por el retrovisor cómo las luces de la entrada principal se encendían y la figura de Dylan aparecía en el porche, gritando órdenes a los hombres de seguridad.
—¡No mires atrás! —me gritó mi salvador por encima del ruido del viento.
La moto derrapó ligeramente al salir al asfalto de la calle principal. Sentí el aire frío de la noche golpeando mi rostro, llevándose el rastro de las lágrimas y el miedo. Estaba escapando de nuevo, dejando atrás el vestido de novia y las paredes que me asfixiaban.
Mientras nos alejábamos a toda velocidad, dejando las luces de la mansión como pequeños puntos lejanos, me pegué a la espalda del conductor. El misterio de quién era aquel chico que me ayudaba seguía ahí, pero el alivio de estar lejos de Dylan era tan grande que solo quería que la carretera no terminara nunca.
—¿A dónde vamos? —le pregunté a gritos, esperando que el viento no se llevara mi voz.
—A un lugar donde ni tu padre ni Dylan se atreverán a entrar —respondió él, acelerando aún más.
Asia sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones y el alivio que había experimentado hace apenas unos segundos se transformaba en un plomo helado en su estómago. Sus pies se hundieron en el barro del bosque, dejándola clavada al suelo. Los primos de Erick, que hasta hace un momento parecían sus salvadores, se hicieron a un lado con la mirada baja, incapaces de sostenerle el rostro.
Detrás de ellos, surgió una figura que la lluvia y las sombras del bosque hacían parecer aún más amenazante. No era Erick, ni su padre.
Era Dylan.
Llevaba un abrigo oscuro empapado por la tormenta y una sonrisa que no llegó a sus ojos, los cuales ardían con una furia fría y calculadora. En su mano derecha sujetaba un fajo de billetes que guardó con parsimonia en su bolsillo.
—¿De verdad pensaste que podrías esconderte de mí en un agujero? —Su voz cortó el sonido de la lluvia como un cuchillo—. Te advertí que si volvías a jugármela, las consecuencias serían terribles.
Asia retrocedió un paso. Miró a los primos de Erick con desesperación, pero ellos evitaron el contacto visual, apretando los puños con una mezcla de culpa y necesidad. Dylan se acercó lentamente, disfrutando del miedo que emanaba de ella.
—¿Dónde está Erick? —logró preguntar con un hilo de voz.
—Tu "campeón" está de vuelta en la casa de su madre, probablemente preguntándose por qué su propia familia le ha dado la espalda —se rió Dylan, acortando la distancia hasta que Asia pudo sentir su aliento—. He pagado lo suficiente para que nadie mueva un dedo por ti esta vez.
Dylan la agarró del brazo con una fuerza que le hizo soltar un gemido de dolor.
—¡Suéltame! ¡Te odio! —gritó ella, intentando zafarse, pero él solo apretó más el agarre.
—Ódiame todo lo que quieras, pero vas a volver a casa ahora mismo. Tu padre ya ha firmado los papeles y el sacerdote nos espera pasado mañana. Y si vuelves a intentar escapar... —se inclinó hacia su oído, bajando el tono—, me encargaré personalmente de que Erick sufra un "accidente" definitivo en ese hospital. Esta vez no se romperá solo una pierna.
Asia dejó de luchar. La mención de Erick la dejó sin fuerzas, derrotada por la crueldad de un hombre que no conocía límites. Dylan la condujo a través de la maleza hacia un coche negro que esperaba. Antes de subir, Asia miró hacia la dirección donde quedaba la casa de la Tata, con el corazón roto por la traición y la incertidumbre. Sabía que su margen de maniobra se había agotado y que, esta vez, las puertas de su mansión no se abrirían hasta que llevara un anillo en el dedo.