París era todo lo que Asia había imaginado y más: una ciudad donde el aire olía a mantequilla y libertad, y donde el sonido de las cuchillas cortando el hielo no venía acompañado de gritos ni de amenazas. Sin embargo, mientras sostenía aquella invitación entre sus dedos, el frío del despacho pareció intensificarse. Seis meses habían pasado desde la última vez que sintió el calor de la mano de Erick, seis meses de un silencio que pesaba más que cualquier cadena que Dylan le hubiera impuesto.
Su madre había estado moviendo hilos desde que Asia ganó el campeonato, y finalmente había logrado llevarla con ella un día antes de su boda.
Asia recorrió con la mirada las paredes de su pequeño despacho en el pabellón. Había fotos de sus alumnos, dibujos que los niños le hacían y un par de patines nuevos que su madre le había regalado al llegar. Pero no había rastro de su vida anterior, salvo por la cicatriz invisible en su corazón.
—¿Te pasa algo, Asia? —preguntó Anne desde la puerta, al verla tan absorta en el papel.
—No... es solo una invitación —respondió ella, intentando forzar una sonrisa—. El Campeonato Europeo. Quieren que asista a la apertura.
—¡Eso es maravilloso! Eres una de las mejores instructoras de la ciudad, es normal que te inviten. Deberías ir, te vendría bien salir de esta pista por un día.
Asia asintió mecánicamente, pero su mente ya estaba volando de regreso a aquel estadio oscuro, y a aquella habitación de hospital donde Erick le dijo, con los ojos rotos, que jamás volvería a patinar. Ir a ese campeonato significaba enfrentarse a todos los fantasmas que había dejado atrás en su huida con su madre.
Esa noche, Asia no pudo dormir. Se asomó al balcón de su apartamento parisino, observando las luces de la Torre Eiffel a lo lejos. Sacó del cajón de su mesilla una pequeña medalla que conservaba: era de Erick. Se la había dado la noche de la fiesta en la playa, antes de que todo se desmoronara.
"¿Estará bien?", se preguntaba una y otra vez. "¿Habrá logrado volver a caminar sin dolor? ¿Se acordará de mí o me odiará por haberme marchado sin despedirme?".
Sabía que su padre estaba a salvo gracias a los cuidados de Mía y que Dylan, tras el escándalo de su desaparición y la intervención legal de su madre desde Francia, no había vuelto a molestarla. Pero el vacío de Erick era una asignatura pendiente que ninguna clase de patinaje lograba llenar.
A la mañana siguiente, se puso su abrigo elegante y sus botas de tacón. Antes de ir al pabellón, pasó por la oficina de correos. Llevaba una carta en la mano, dirigida a la dirección de la Tata que aún recordaba de memoria. No sabía si llegaría, o si alguien la leería, pero necesitaba soltar el lastre.
Al llegar al estadio donde se celebraba el campeonato, el ruido de la multitud y la música orquestal la hicieron temblar. Se sentó en la zona VIP, rodeada de jueces y directivos. Cuando las luces se apagaron para dar comienzo a la gala de apertura, un foco solitario iluminó el centro de la pista.
—Y ahora —anunció la voz por los altavoces—, para abrir esta edición, contamos con un invitado especial. Un ejemplo de superación que ha desafiado todas las leyes de la medicina tras un trágico accidente...
El corazón de África se detuvo. Una figura entró en la pista, deslizándose con una elegancia que solo una persona en el mundo poseía. El hombre vestía de negro absoluto, y aunque se notaba un ligero titubeo en su pierna derecha al iniciar el giro, su fuerza era innegable.
Asia se levantó de su asiento, incapaz de respirar. Era él. Era Erick.