El sol de la mañana se filtraba por los grandes ventanales de su apartamento en Le Marais. Asia observó a Erick caminar hacia la cocina; aunque mantenía una ligera cojera que solo los ojos expertos notaban, se movía con la seguridad de quien ha vencido al destino. La pequeña Sena, con los mismos ojos curiosos de su padre, estiraba sus bracitos desde la cuna, reclamando la atención que solo su madre sabía darle.
—¿Sabes? —dijo Erick, asomándose de nuevo por la puerta con el biberón en la mano—, hoy hace tres años que me encontraste en aquel estadio. Si no hubieras aparecido en la zona VIP, creo que me habría rendido después de esa primera exhibición.
Asia sonrió mientras acunaba a la pequeña.
—Nunca te habrías rendido, Erick. Está en tu sangre.
El "Centro de Patinaje Martínez & Rossi" (un nombre que Asia eligió para transformar el peso de su pasado en algo constructivo) se había convertido en el corazón de su rutina. Con la herencia de su padre —quien, en un último acto de redención antes de fallecer, desheredó a Mía y blindó el futuro de su hija—, habían construido un lugar donde el talento importaba más que el apellido.
Dylan era ahora un recuerdo borroso, una sombra que la justicia francesa se había encargado de mantener lejos de sus fronteras.
El último giro
Esa tarde, antes de ir al colegio, Erick se detuvo en el recibidor y rodeó la cintura de Asia. Sena balbuceaba sentada en su carrito, jugando con un pequeño patín de peluche.
—¿Lista para la clase de los avanzados? —preguntó él, dándole un beso corto pero cargado de toda la historia que habían superado.
—Siempre que tú seas mi pareja en el cierre —respondió ella con un guiño.
Salieron a las calles de París, caminando de la mano hacia el pabellón. Mientras cruzaban uno de los puentes sobre el Sena, África miró hacia el río y respiró hondo. Ya no tenía que escapar, ya no tenía que esconderse. El hielo, que una vez fue su único escape, era ahora el suelo firme sobre el que construían su eternidad.
FIN