El Refugio del Monstruo

El arte de desarmar

El Reino del Vacío

Una vez amé a un monstruo of mine. No poseía garras ni colmillos a la vista; en su lugar, dominaba el arte sutil de desmantelar mis murallas, hasta que el miedo se transformó en mi único hogar. No le temí, pues ante mis ojos no habitaba la malicia. Sus manos se sentían como seda y su voz se alzaba como un refugio constante. Me convencí de que las bestias debían ser ruidosas y deformes, olvidando que los monstruos más letales son aquellos que saben sonreír mientras te desarman por dentro.

Nunca hubo un grito de guerra, ni una señal de peligro que encendiera mis alarmas. Se dedicó a colonizar mi voluntad, manipulando mis certezas mientras yo creía ciegamente que sus sombras me protegían. Cada abrazo suyo era un hurto; cada caricia, un fragmento de mi ser que se desvanecía en sus manos. Yo no lo veía, pero me encontraba devastada; me hería con la crueldad lenta del veneno, y yo, en mi ceguera, siempre encontraba una excusa para justificar su daño.

Hasta que un día, el silencio se rompió. Sus palabras estallaron como un trueno, dejándome rota, despojada de la luz y sin ganas de vivir. Pero para entonces, mi vulnerabilidad ya era su reino. Él lo sabía; había tejido esa trampa con paciencia, abusando de cada grieta que él mismo había causado.

Sin embargo, en lo más profundo de mi naufragio, una chispa de esperanza me dictó que existía algo más allá de sus muros. Un día, desde el centro de mi agonía, pronuncié un "basta" que hizo temblar el suelo y empecé a luchar por los restos de mi alma. Entonces, ocurrió lo impensado: el monstruo cambió. Se vistió de gala, se transformó en un príncipe ante mi resistencia, pero el tiempo ya había dictado su sentencia. Aquel ser ya no habitaba en mí; su veneno se había secado.

Me volví fría como la brisa de invierno. Por un instante, el eco de la costumbre me empujó a buscar aquel viejo refugio, pero todo era distinto. En un giro cruel del destino, el monstruo ahora era yo. Él estaba allí, rendido a mis pies, esperando una sentencia o un perdón, pero mi alma se había quedado en blanco. No quedaba odio, ni amor, ni bondad, ni malicia; solo un vacío inmenso y una urgencia desesperada por huir de aquel reino que una vez llamé hogar.




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