El Regalo de Ixchel

Capítulo Unico

Alejado del bullicio, entre árboles, flores, hierba y tierra compacta, una aldea rebosaba de vida. El viento se arremolinaba sobre paredes de roca enormes como si fuese una muralla, para luego rebotar con fiereza y azotar contra los árboles altos y frondosos. La aldea se cubría de ese aire casi divino y, cuando los aldeanos se atiborraban los pechos de vida y satisfacción, decían: “Hurakán”.

Cerca de una aguada, una casa de madera y guano albergaba a una pequeña familia: Jacinto y Candelaria.

Candelaria procuraba con tanto amor a Jacinto; él, hacía un tiempo que lo había dejado de hacer, pues sentía que la tranquilidad en su interior se había disipado. Ella ya no recordaba cuándo fue la última vez que él la amó; a pesar de eso, seguía amándolo, respetándolo y cumpliendo su parte de un trato que juró: estar con él hasta la muerte, en las buenas y en las malas.

Como cada mañana, Jacinto se marchaba en busca del sustento. Se iba sin despedirse y, aunque Cande lo miraba con tristeza y anhelo, se quedaba a esperar que él regresara y encontrara lo que había perdido.

Muchas mañanas, antes de que él dejara la casa, ella le preguntaba por qué iba tanto a la aguada a pescar si nunca había traído un solo pescado, asegurándole que jamás habría un solo pez allí. Él siempre terminaba trayendo plátanos, papas, calabaza, sandía y uno que otro animal comestible.

—Porque debo encontrarlo —había respondido él en una ocasión.

Cande no comprendía a qué se refería y para sí misma decía: «Espero que sea así, lo necesitas, amado mío, estaré aquí para cuando lo encuentres». Suponía que ese algo perdido era la causa de su comportamiento desértico para con ella.

Jacinto nunca había incumplido sus deberes como proveedor del hogar: comida y techo. Cuando Cande necesitaba ayuda o se encontraba en peligro, él estaba ahí; cuando el techo de la casa se averiaba o cualquier otra parte fallaba, él estaba atento. Pero en las épocas de frío, cuando el aire se colaba entre las maderas, el cuerpo de ella temblaba y su hálito era helado, él no estaba. Solo había a su lado un cuerpo en dirección opuesta. La soledad vivía dentro de la casa, abrigando el cuerpo de Cande.

Jacinto llegó a la aguada y se sentó sobre una roca que desde hacía muchos años había sido un asiento frío, vacío y solitario. Miraba el agua cristalina; su mirada seguía la corriente sutil e imaginaba que le gustaría ser como el agua o como una piedra sumergida ahí, sin hacer nada, sin sentir nada. Sin tener decepciones y mucho menos un dolor que viviera en cada parte de su ser.

Preparó el anzuelo y lo arrojó dentro del agua donde solo había rocas. Metió la mano dentro de un sabucán, sacó su áak’ sa’ e íis waaj —atole y tortilla de maíz tierno—, daba pequeños mordiscos y bebía. Su comida estaba calientita; Cande se la había preparado.

Los rayos del sol intentaban colarse entre las ramas; algunas llegaban ligeramente al suelo, a las piedras alrededor de él y otras a la aguada. Al pasar mucho tiempo sentado, sus ojos comenzaron a cerrarse, pero él intentaba no ceder. Soltó un ligero bostezo y enseguida sus párpados siguieron luchando por cerrarse.

Sus ojos posaban sobre el agua y lentamente, con la vista borrosa, notó un reflejo. El agua se movía tenuemente, pero no era capaz de esclarecer la imagen.

El aire chocó en el rostro de Jacinto y un mango tierno cayó en su cabeza. Abrió los ojos mirando hacia arriba y con enojo soltó un quejido. Al bajar la mirada, se encontró con una mujer hermosa al otro lado de la aguada; tenía el cabello largo, brilloso, lacio y de color café claro, como las hojas de una palmera cuando comienzan a secarse.

—¿Hoy no vas a maldecir?

Jacinto permanecía sentado, atónito. La voz de la mujer era suave y emanaba vida como el aire divino. Jamás había escuchado una voz igual: amable, dulce, serena y capaz de calmar hasta la corriente de agua más salvaje.

—¿Qué te sucede? ¿No gritarás para desahogarte?

Jacinto negó con la cabeza.

—Has venido por mucho tiempo a este lugar, siempre te sientas en esa roca. Preparas tu anzuelo y lo arrojas al agua pensando que atraparás algún pez. ¿Cuándo aceptarás que aquí no hay un solo pez? ¿Cuándo aceptarás en enfrentar la realidad? Olvidas que alguien te espera con la ilusión y la esperanza de que seas el mismo. Alguien te ama y se preocupa por ti.

Jacinto seguía sin decir una sola palabra. Desconocía a la bella mujer, pero ella, al parecer, lo conocía muy bien.

—Para mí, tú eres como esta agua cristalina. Puedo mirar dentro de ti. Estás aquí en busca de lo que has perdido, pero no te das cuenta de que lo tienes y ha estado frente a tus ojos. Como la aguada, lo miras, sabes que hay agua, que hay piedras, pero no lo comprendes. La mente humana siempre se ciega; tu enojo, rabia e inconformidades te han opacado y sientes que lo has perdido todo. Por eso vienes a este lugar, con la esperanza de encontrarlo.

Jacinto sintió su alma desnudarse al escuchar esas palabras. Ella tenía razón.

—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo sabes de mí?

La bella mujer sonrió y Jacinto quedó maravillado.

—Ixchel.

Jacinto bajó la mirada. No concebía que alguien con tanta magnificencia se le presentara.

—Eso es imposible —cerró brevemente los ojos.

Al abrirlos de nuevo, buscó otra vez a la hermosa mujer. Sus ojos parpadearon; no pudo mantener la mirada directa como antes. Bajó la cabeza y se arrodilló.

—Eres un buen hombre, Jacinto. La culpa no es de los dos. A veces la naturaleza actúa según sus condiciones —hizo una pausa, contemplando a Jacinto arrodillado con la frente en el suelo—. Me has conmovido; dentro de tu corazón hay amor, no eres la persona que piensas ser. Solo estabas iracundo y soltaste lo que te hacía mal, tienes derecho a hacerlo. Pero eso te ha hecho perder algo valioso. ¿Me dejarás mentir?

—No —respondió, sintiendo que la garganta le ardía.



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En el texto hay: mitologia, romance, amor incondional

Editado: 08.07.2026

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