El ferry golpeó el muelle con la misma violencia con la que los recuerdos golpeaban la mente de Charlotte Montgomery. Habían pasado cuatro años desde la última vez que el sol de Grecia le quemó la piel, pero el calor no se sentía como un abrazo, sino como un recordatorio de todo lo que le habían quitado.
No volvía por nostalgia. Volvía para recuperar el amor de su abuelo antes de que la enfermedad mental que lo consumía le borrara el nombre de su nieta para siempre. Y, sobre todo, volvía para cobrarse las deudas con aquellos desgraciados que alguna vez llamó amigos.
Charlotte ya no era la chica que escapó entre susurros y humillaciones. Estaba lista para mirar a la cara a quienes la tildaron de "cualquiera" y demostrarles cuánto se habían equivocado. Sabía que su amor de la adolescencia la estaría esperando, y que él, más que nadie, no se lo pensaba poner fácil.
Pero Charlotte ya no le tenía miedo a las tormentas; ella misma se había convertido en una.
Editado: 01.03.2026