Atenas, Grecia. El calor de la ciudad no era nada comparado con la frialdad que emanaba de la mansión familiar.
—¿Qué haces tú aquí? —el grito de Constantine Kasdovassilis retumbó en las paredes de mármol del living. Su nieta menor estaba allí, esperándolo como un fantasma del pasado.
—He venido de visita —respondió Charlotte, manteniendo la espalda recta.
—La última vez te dejé muy claro que no quería volverte a ver.
—Ha pasado mucho tiempo y ya no voy a aceptar tus condiciones, abuelo —ella dio un paso al frente—. Sé que tu orgullo griego te hace sentir defraudado, pero juro que nada de lo que dijeron de mí es cierto. He vuelto para demostrarlo.
—¿Por qué ahora? —espetó el anciano con desconfianza.
—Porque me cansé de huir. Voy a limpiar mi nombre y no voy a permitir que me quites el derecho de estar con mis abuelos.
Constantine la miró con desprecio, pero suspiró con pesadez. —Como sea. Puedes quedarte o tu abuela me matará. Le diré al servicio que te asigne una habitación.
—¿Ni siquiera vas a darme un abrazo?
—No te lo mereces —soltó él, seco como un látigo.
Charlotte tragó saliva, sintiendo el aguijón del rechazo, pero no bajó la mirada. Preguntó por su abuela, solo para enterarse de que esa noche había una gala benéfica a la que, por supuesto, ella no estaba invitada. "Sería una ofensa para los Thalassinos verte allí", le recordó su abuelo.
—Claro —murmuró ella con amargura—. Tu querido amigo es más importante que tu propia sangre.
—Ellos son mi familia —sentenció Constantine—. Tú dejaste de existir el día en que te convertiste en una vergüenza.
Charlotte luchó contra las lágrimas y forzó una sonrisa gélida. Subió a su habitación, pero no para desempacar y esconderse. Buscó en su maleta un vestido blanco, impecable, casi angelical. Si la querían tratar como a una "zorra", ella les daría la mejor actuación de su vida.
Esa misma noche:
El hotel brillaba bajo las luces de la gala. Charlotte bajó del coche alquilado y el flash de las cámaras no tardó en cegarla. Los periodistas la reconocieron al instante.
—¡Charlotte! ¿Qué te trae de vuelta a Grecia? —gritaban.
Ella no respondió. Cruzó la entrada con la cabeza alta, sintiendo cómo el murmullo del salón moría a su paso. Las miradas eran puñales. Buscó a su abuela, pero lo que encontró fue la mirada de él.
Evan Thalassinos.
El dolor la atravesó al ver la frialdad en sus ojos. Era el mismo hombre que alguna vez la había amado, y ahora la miraba como si fuera una extraña peligrosa. Necesitaba aire. Salió al jardín, buscando refugio en la oscuridad, pero una voz femenina la detuvo.
—¿Qué haces aquí? —Galatea Thalassinos apareció tras ella, con el rostro desencajado por el odio—. No te quiero cerca de Evan. Él está rehaciendo su vida, no lo molestes con tus mentiras.
—No vengo por él, Galatea —respondió Charlotte, intentando pasar de largo, pero su antigua amiga la sujetó del brazo con una fuerza brutal.
—¡No me mientas! Eres una perra. Te consideraba mi hermana y te burlaste de nosotros. Te mereces lo peor. —Galatea comenzó a zamarrearla, clavándole las uñas—. ¡Dime que te vas a largar!
—Me estás lastimando... ¡Sueltame! —chilló Charlotte, sintiendo que el pánico subía por su garganta.
—¡GALA! —un grito masculino cortó el aire—. ¡SUÉLTALA!
Evan estaba allí. Su mirada saltó del brazo magullado de Charlotte al rostro de su hermana.
—Gala, la estabas lastimando —dijo Evan, y por un segundo, Charlotte creyó ver una chispa de preocupación en sus ojos.
—¡Le exigí que se fuera! —se defendió Galatea—. ¿Te sigue importando, Evan? ¡Mírala!
—Basta. Lo que pasó es entre ella y yo —sentenció él, dejando a su hermana sola en el jardín.
Charlotte huyó hacia el interior del hotel, pero antes de llegar al salón principal, el brazo de su abuelo la interceptó, arrastrándola hacia un despacho privado.
—¡TE DIJE QUE NO ERAS BIENVENIDA! —rugió Constantine—. ¡ERES UNA ZORRA!
—¡YO NO SOY NINGUNA ZORRA! —le gritó ella, harta de callar.
El golpe fue seco. La mano de su abuelo impactó en su rostro, lanzándola contra la pared. Charlotte sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. Cuando el anciano levantó la mano para golpearla de nuevo, alguien lo detuvo en el aire.
—¡BASTA! —era Evan. Su voz temblaba de rabia contenida.
—Evan, esta chica es una... mañana mismo la mando de vuelta a América —balbuceó el abuelo.
Evan lo ignoró. Se acercó a Charlotte, que temblaba en el suelo, limpiándose la sangre del labio. —¿Estás bien? —le preguntó con una dulzura que ella no esperaba, una que le dolió más que el golpe.
—Está actuando —escupió el abuelo.
—No vuelvas a tocarla —advirtió Evan sin dejar de mirarla.
Charlotte aprovechó el momento de confusión para ponerse de pie y salir corriendo. En la puerta se cruzó con Galatea, que la miraba en shock, pero no se detuvo. Necesitaba desaparecer antes de que el corazón se le terminara de romper.
Editado: 01.03.2026