La gala era un despliegue de opulencia, pero para Charlotte, el aire se sentía viciado. Intentó mantener la sonrisa profesional hasta que la mano de su abuelo se cerró sobre su brazo como una tenaza.
—Te dije que no te quería aquí —siseó Constantine, arrastrándola a un rincón apartado.
—Vengo en representación de mi familia paterna, abuelo. Mañana me iré de Grecia, solo déjame terminar mi trabajo.
—Vete ahora mismo si no quieres problemas —amenazó él, levantando la mano en un gesto que Charlotte ya conocía demasiado bien.
Ella no esperó el golpe. Salió apresurada, buscando la salida de emergencia para escapar de la humillación, sin notar que una sombra la seguía. Al cruzar la puerta hacia el pasillo técnico, una voz gélida la detuvo.
—Es bueno volverte a ver, Charlotte.
—Zacarías... —el miedo le recorrió la espina dorsal.
—Eres tan bonita —dijo él, arrinconándola contra la pared de concreto—. Esta vez no habrá nadie para salvarte. Aquella noche el estúpido de Colin te defendió, pero hoy no estás drogada. Hoy vas a recordarme para siempre.
Zacarías la sujetó del cuello con una mano mientras con la otra desgarraba la seda de su vestido. Charlotte luchó, pero el pánico le robaba el aire.
Justo cuando el terror la consumía, la puerta se abrió de golpe. Evan, que había seguido a su primo por pura sospecha, sintió que la sangre se le congelaba al ver la escena. El velo de cuatro años de mentiras se rasgó en un segundo.
—¡Hijo de perra! —rugió Evan.
Se lanzó sobre Zacarías con una furia ciega. Los golpes llovieron sobre su primo hasta que este quedó inconsciente en el suelo. Evan seguía pateándolo, fuera de sí, hasta que el llanto desgarrador de Charlotte lo trajo de vuelta. Ella estaba acurrucada, intentando cubrirse con los restos de su vestido.
—Lottie... —susurró él, acercándose con las manos temblorosas.
—¡NO ME TOQUES! —gritó ella, presa del shock.
—Soy Evan. Soy yo, no voy a hacerte nada.
Él se quitó el saco y la envolvió con cuidado. Charlotte, al reconocer su aroma, se aferró a él como si fuera su única balsa en medio del naufragio.
Minutos después, el padre de Evan llegó al lugar tras una llamada urgente de su hijo.
—¿Otra vez problemas con esta...? —empezó el señor Thalassinos, pero la mirada de Evan lo cortó en seco.
—No te atrevas a llamarla así —sentenció Evan—. Tu sobrino intentó violarla y ha confesado todo lo que pasó hace cuatro años. Ocúpate de él, padre. Yo me llevo a Charlotte.
El señor Thalassinos miró a la chica, que parecía estar en otra dimensión, y asintió con una sombra de arrepentimiento. —Lo siento, Lottie —murmuró.
Evan la instaló en una suite del hotel para evitar a la prensa. En la penumbra del cuarto, Charlotte no soltaba su mano.
—No me dejes sola —pidió ella.
—No lo haré. ¿Quieres que llame a alguien?
—A Leah y a Colin. Son los únicos que me quieren aquí, aunque sé que no querrás verlos.
—Los llamaré. Les debo una disculpa que no cabe en este mundo —admitió Evan con amargura.
Cuando Colin llegó, entró como un torbellino. Se arrodilló ante Charlotte, llenándola de preguntas con una angustia tan fraternal que Evan se sintió el hombre más estúpido de la tierra. Había confundido lealtad con traición.
Esa noche, tras una larga charla, los dos antiguos amigos sellaron una tregua. —No es a mí a quien debes pedir perdón, Evan —le dijo Colin antes de irse—. Yo solo perdí un amigo; ella perdió su vida entera.
El descanso no duró mucho. Unos golpes violentos en la puerta despertaron a Charlotte con un grito.
—¡ABRE LA PUERTA, ZORRA! —era la voz de Constantine—. ¿NO TE CANSA HUMILLARNOS? ¿AHORA TE REVOLCADAS CON AMANTES EN MI HOTEL?
Evan abrió la puerta de golpe, bloqueando el paso al anciano. —No voy a permitir que la trate así ni una vez más —dijo Evan con una calma peligrosa—. Váyase.
—¿Evan? —Constantine retrocedió, sorprendido—. ¿Estás con ella? Mira cómo está vestida, apenas tiene ropa... te ha seducido, muchacho. Es una cualquiera.
La paciencia de Evan se agotó. Empujó a Constantine lo suficiente para que retrocediera. —Escúcheme bien: su nieta no es ninguna zorra. Si está así vestida es porque mi primo intentó abusar de ella. No vuelva a molestarla o se las verá conmigo.
Evan tomó la mano de Charlotte y la sacó de allí, ignorando los balbuceos del abuelo. La llevó directo a su penthouse. Una vez en el auto, el silencio se rompió con una pregunta tímida.
—Evan... ¿tu novia no se va a enojar porque me lleves a tu casa?
—No tengo novia, Lottie.
—¿Y la pelirroja de la cena?
—Solo era una distracción —confesó él, mirándola de reojo—. Nadie ha ocupado tu lugar, aunque me haya esforzado cuatro años en creer que te odiaba.
Editado: 01.03.2026