El regreso de Charlotte

Capítulo 4: Segundas oportunidades y maletas hechas

A primera hora de la mañana, el aroma a café recién hecho y pastelería fina inundó el apartamento de Evan. Hera y Galatea esperaban en la sala con bolsas de una de las confiterías más exclusivas de Atenas.

—¿Crees que le gusten estas cosas? —preguntó Hera, acomodando los dulces.

—Estoy segura de que sí —respondió Gala—. Pero tiene pensado irse pronto, mamá.

—¿Tú crees que Evan dejará que lo haga? Qué poco conoces a tu hermano. No la va a soltar tan fácil.

Evan apareció en la sala, con el rostro cansado pero la mirada alerta.
—Vaya, qué visita tan temprana.

—Venimos a ver a Charlotte, Evan —dijo Hera con suavidad—. Quizás le haga bien un poco de compañía femenina.

—Es probable. Está... asustada. No confía mucho en los hombres ahora mismo.

En ese momento, Charlotte entró en la sala. Llevaba una camiseta de Evan que le quedaba enorme y el cabello algo revuelto, dándole un aire vulnerable que hizo que a Hera se le encogiera el corazón.

—Buen día, corazón —la saludó Hera con una sonrisa cálida—. Hemos traído el desayuno. Queremos disculparnos contigo, Charlotte. Mi marido ya se ha encargado de que Zacarías rinda cuentas.

—Gracias... —murmuró Charlotte, sentándose tímidamente—. No hacía falta todo esto.

—Claro que sí. Somos nosotros quienes estamos en deuda contigo —insistió Hera—. Ven a cenar a casa esta noche.

—Lo siento, Hera, pero no tengo ánimos de salir. Pensaba viajar hoy mismo a América, pero no me siento con fuerzas para subir a un avión.

—No puedes viajar así —sentenció Evan desde el marco de la puerta—. No te vas a ir. No molestas aquí, Charlotte —añadió él con una intensidad que la hizo bajar la mirada—. Jamás lo harás.

Más tarde, Evan dejó a las mujeres solas y se dirigió al hotel bajo el pretexto de recoger algunas cosas de Charlotte. Pero sus intenciones eran otras: recogió todas las pertenencias de la castaña e hizo el check-out. No iba a permitir que durmiera en ningún lugar que no fuera bajo su techo.

De regreso, el teléfono del coche interrumpió sus pensamientos. Era Caroline.

—¿Qué pasa, Caroline? —respondió él, seco.

—Evan, hace días que no hablamos. Quiero verte, puedo ir a tu casa...

—Sabes que no. Mi casa es mi lugar privado, nunca has entrado y no vas a empezar hoy.

—¡Es por ella! Todos te vieron mirarla—chilló la pelirroja—. Eres un desalmado, Evan. No sientes nada por nadie.

—No tengo por qué darte explicaciones. No eres mi novia, Caroline. No me busques.

Evan colgó y rodó los ojos. Al llegar a casa, entró solo con una mochila para no levantar sospechas. Sonrió al ver a Charlotte todavía con su ropa; se veía mejor, pero sabía que el camino para sanar era largo.

—He vuelto. Toma, Lottie, aquí tienes lo que me pediste.

—Gracias, Ev —el apodo golpeó a Evan como una ráfaga de nostalgia. Hacía años que nadie lo llamaba así.

Hera y Galatea se despidieron con la promesa de volver pronto. Cuando la puerta se cerró, el silencio en el salón se volvió denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en cuatro años.

—Necesitamos hablar —dijo Evan, sentándose frente a ella—. He hablado con Colin. Me siento un miserable por no haberlos escuchado.

—Está bien, Evan. Él es tu familia, es normal que confiaras en tu sangre.

—Pero Colin era mi hermano... y tú eras lo más importante que tenía. Sufrí estos años por una traición que inventaron otros. Me volví un cínico, Lottie. Pensé que nunca volvería a sentir nada por nadie.

—Pero lo superaste —dijo ella con un rastro de tristeza—. Estás con esa chica, la pelirroja...

—Caroline no es nada —la interrumpió él—. Nunca pasó nada serio con ella. Y no voy a perdonarme nunca las cosas horribles que te dije.

—Ya no importa, Evan. Volveré a América y todo quedará atrás. Mi abuela vendrá a verme, y para mí, Constantine ha muerto. No hay nada que me ate aquí.

—Yo no quiero que te vayas —Evan la tomó de las manos—. Ven conmigo a Mykonos. Unas vacaciones en la villa familiar te harán bien antes de decidir nada. Por favor.

Charlotte dudó. Sabía que era peligroso para su corazón estar tan cerca de él. —Iré... pero solo si me prometes que Colin y tú volverán a ser los de antes.

—Es lo que más deseo.

—Entonces acepto.

—Perfecto. Porque ya tengo todas tus maletas en el coche —confesó Evan con una sonrisa traviesa—. Mañana salimos en el yate.

—¿Qué? ¡Estás loco! ¿Y si decía que no?

—Iba a tener que obligarte —bromeó él, aunque ella sabía que hablaba un poco en serio—. ¿Algún otro deseo, princesa?

—Me gustaría que invitaras a Colin y a Leah. Se lo debemos.

—Hecho. Les diré que vengan unos días. Por cierto... ¿no te molesta dormir conmigo, verdad? No quiero que estés sola después de lo de ayer.

—No me molesta —admitió ella en un susurro—. De hecho, lo agradezco. Pero Evan... necesito ir de compras. Solo tengo dos bañadores.

—¿Y no es suficiente? —preguntó él, divertido.

—Son quince días, Evan. Parece que no me conoces. Necesito al menos siete... y ya veré qué más compro en la isla.

—Definitivamente no has cambiado nada —rio Evan, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro volvía a tener luz.




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