El motor del yate roncaba suavemente mientras se alejaban de la costa de Atenas. El azul profundo del Egeo parecía querer engullir todos los problemas que habían dejado en tierra firme.
—Mi padre ha llamado —comentó Evan mientras terminaba de asegurar los cabos.
—¿Sucedió algo? —preguntó Charlotte, sintiendo una punzada de ansiedad.
—Tu abuelo te está buscando como un loco. Está furioso.
—No quiero verlo, Evan. No todavía.
—Lo sé, no te preocupes. Ya le dejé claro a mi padre que no debe decir dónde estamos. Estás a salvo conmigo.
Charlotte soltó un suspiro de alivio y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Gracias.
—Ahora relájate y disfruta el viaje. El Egeo es todo tuyo hoy.
—Iré a cambiarme para poder tomar un poco de sol —dijo ella, desapareciendo por la escotilla.
Evan aprovechó para quitarse la camisa, sintiendo el calor del sol en la espalda. Minutos después, Charlotte regresó. Llevaba un bañador blanco que resaltaba su piel bronceada y hacía que sus ojos brillaran más de lo normal. Evan sintió un vuelco en el estómago; estaba más hermosa que hacía cuatro años, algo que le parecía físicamente imposible.
—¿Te has tatuado una costilla? —preguntó él, recorriendo con la mirada el delicado trazo de tinta que asomaba en su costado.
—Sí —respondió ella con un toque de orgullo—. Sabes que siempre quise hacerlo.
—Te queda increíble —admitió él, mientras ella se acomodaba en la colchoneta a su lado.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando solo el sonido del agua golpeando el casco. Fue Evan quien rompió la calma:
—Debo confesar que te he echado de menos, Lottie. Mucho más de lo que me atreví a admitir.
—También yo —susurró ella sin abrir los ojos—. A pesar de todo el daño que nos hicimos.
—Lo siento tanto...
—No fue tu culpa, Evan.
—Sí lo fue. No los escuché. Me dejé cegar por el orgullo. Desde que sé la verdad, no dejo de pensar en qué hubiera sido de nosotros si ese idiota de Zacarías no hubiera mentido.
—Yo también lo he pensado un millón de veces —dijo ella, sentándose para mirarlo de frente—. Pero el pasado no se puede cambiar.
—Pero aún somos jóvenes, Lottie.
—Es diferente ahora. Estamos rotos.
—No lo creo. Sé que lo que sentimos sigue ahí, atrapado bajo todo ese dolor —Evan se acercó, invadiendo su espacio personal—. Solo dame quince días. Estas dos semanas... sé mía de nuevo. Déjame demostrarte que nada ha cambiado realmente.
—No es una buena idea, Evan. No funcionará. No soportaría volver a pasar por ese sufrimiento.
—No vas a sufrir —prometió él, tomando su mano—. Te doy mi palabra de hombre, Lottie. No permitiré que nada te vuelva a lastimar.
Charlotte lo miró a los ojos, buscando una grieta en su seguridad, pero solo encontró determinación. —Está bien. Dejo todo en tus manos.
Evan no esperó más. La rodeó con sus brazos y acortó la distancia lentamente, dándole tiempo a arrepentirse, hasta que sus labios se encontraron. Fue un beso cargado de ansia, de hambre contenida y de una tristeza amarga que se derramó en forma de lágrima por la mejilla de Charlotte. Al sentir la humedad, Evan se separó de inmediato, limpiando su rastro con el pulgar.
—Perdón... no vuelvo a besarte si te hace llorar. No quería...
Pero Lottie no lo dejó terminar. Lo tomó del cuello y lo atrajo hacia ella, devolviéndole el beso con más intensidad. En ese momento, en mitad del mar, el mundo exterior dejó de existir.
—Quiero intentarlo —dijo ella contra sus labios, cuando finalmente se separaron para tomar aire.
—Lo haremos, Lottie. Te lo prometo.
Se quedaron abrazados un rato más, hasta que el hambre empezó a hacer acto de presencia. —¿Qué hay de comer? —preguntó ella, intentando recuperar el tono ligero.
—En la cocina hay de todo —rio Evan, dándole un último beso en la frente—. Ve a investigar, el chef de a bordo hoy eres tú... o podemos ver qué preparo yo si te atreves.
Editado: 01.03.2026