El regreso de Charlotte

Capítulo 6: Las grietas del pasado y el refugio de cristal

La cena había sido tranquila, pero el silencio que siguió mientras el yate se mecía bajo las estrellas se volvió pesado. Charlotte estaba sentada en la proa, envuelta en una manta, mirando la estela blanca que dejaba el barco en el agua negra.

Evan se acercó con dos copas de vino, pero se detuvo al ver que los hombros de Charlotte temblaban. No eran risas. Eran sollozos ahogados que cortaban el aire salino.

—¿Lottie? —dejó las copas en una mesa y se arrodilló a su lado—. ¿Qué pasa? Pensé que estábamos bien.

Ella levantó la vista y Evan sintió un golpe en el pecho. Sus ojos estaban rojos y llenos de una angustia antigua que el beso de la tarde no había logrado borrar.

—No puedo dejar de pensar en esa noche, Evan —soltó ella con la voz rota—. No en lo que hizo Zacarías, sino en lo que hiciste tú. En cómo me miraste.

—Lottie, ya te pedí perdón... sé que fui un idiota...

—¡No es solo eso! —lo interrumpió, dejando que la manta cayera al suelo—. No sabes lo que fue para mí. No solo perdí al hombre que amaba, perdí mi dignidad. Tu familia me llamó "zorra", mi abuelo me desterró, y tú... tú, que me conocías mejor que nadie, fuiste el primero en creer que yo era capaz de engañarte en un baño de mala muerte con tu mejor amigo.

Evan intentó tomar su mano, pero ella la retiró con un gesto brusco.

—Me dolió el golpe de mi abuelo, sí. Me dolió el forcejeo de Zacarías. Pero lo que me destruyó el alma fue que me dejaste sola cuando más te necesitaba. Me gritaste cosas horribles mientras yo estaba en shock, sin entender por qué mi cuerpo no respondía. No me diste el beneficio de la duda. Ni un segundo. ¿Cómo se vuelve de eso, Evan? ¿Cómo puedo dormir tranquila a tu lado sabiendo que, a la primera mentira de alguien más, podrías volver a darme la espalda?

Evan bajó la cabeza, sintiendo el peso de la verdad. No había excusas. El silencio se prolongó, solo roto por el rugido del motor y el choque de las olas.

—No te pido que olvides, Lottie —dijo él con la voz ronca, casi en un susurro—. Te pido que me dejes demostrarte que ahora prefiero que me arranquen los ojos antes de volver a dudar de ti. Sé que estoy en deuda permanente. Pero por favor... no me pidas que te deje ir otra vez.

Charlotte lo miró, debatiéndose entre el dolor que la protegía y el amor que la empujaba hacia él. Finalmente, apoyó la frente en el hombro de Evan y lloró con fuerzas, soltando la humillación de esos cuatro años. Evan la estrechó contra su pecho, prometiéndose internamente que Mykonos sería el lugar donde reconstruirían los cimientos de esa confianza rota.

A la mañana siguiente, el sol de Mykonos los recibió con una intensidad cegadora. Las casas blancas con puertas de azul eléctrico salpicaban la ladera de la montaña, y el yate de Evan atracó en un muelle privado lejos del bullicio de los turistas.

—Bienvenida a la villa —dijo Evan, ayudándola a bajar mientras intentaba que la atmósfera volviera a ser ligera—. Aquí nadie nos encontrará si no queremos.

La casa era una joya de cristal y piedra blanca sobre un acantilado. Pero lo que realmente hizo que el corazón de Charlotte diera un vuelco fue ver a dos figuras esperando en la terraza de la piscina, agitando las manos con entusiasmo.

—¡Lottie! —gritó Leah, corriendo por las escaleras de piedra para envolver a su amiga en un abrazo que casi las hace caer al suelo—. ¡Estás aquí! ¡Estás bien!

Charlotte soltó una carcajada real por primera vez en días. Detrás de Leah venía Colin, caminando con un poco más de cautela, mirando a Evan a los ojos. El aire se tensó por un segundo.

—¿Qué pasa, idiota? ¿Todavía crees que tu novia prefiere a un tipo con mi cara? —bromeó Colin, aunque su voz tenía un rastro de emoción contenida.

Evan soltó una risa seca y le dio un abrazo firme, de esos que cierran heridas de años. —Fui un imbécil, Colin. Perdón por no haber sido el amigo que merecías.

—Ya está, Evan. Lo importante es que estamos todos juntos —respondió Colin, palmeándole la espalda—. Y que Zacarías va a necesitar un dentista nuevo después de lo que le hiciste.

—Se lo merece —intervino Leah, separándose de Charlotte—. Ahora, basta de caras largas. Hemos traído comida, música y hay una isla entera por explorar. Charlotte necesita sol, cócteles y mucha terapia de amigas.

—Amén a eso —susurró Charlotte, sintiendo cómo el nudo de su garganta se aflojaba un poco al ver a su "familia elegida" reunida.

Mientras Leah y Colin subían las maletas, Evan se quedó un momento a solas con Charlotte en el borde de la piscina infinita que parecía fundirse con el mar.

—¿Ves? Te dije que este lugar te sentaría bien —le susurró él al oído.

—Es hermoso, Evan. Pero no bajes la guardia —le advirtió ella con una media sonrisa—. Todavía tienes mucho que trabajar para que me crea el cuento del final feliz.

—Tengo toda la vida, Lottie. Empezando por hoy.




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