El regreso de Charlotte

Capítulo 7: El eco de nuestra piel

Mykonos amaneció con un azul tan vibrante que parecía irreal. Tras la llegada de Colin y Leah, la villa se llenó de una energía que Charlotte había olvidado. Pero Evan tenía un plan propio. Quería borrar cada rastro de dolor de la memoria de Lottie, y sabía que la única forma de hacerlo era recordándole por qué, a pesar de todo, sus cuerpos seguían hablando el mismo idioma.

Pasaron el día en una cala privada, lejos de las playas concurridas. Evan no dejó de tocarla: un roce en la cintura, un beso en el hombro mientras ella tomaba sol, una mirada cargada de promesas que la hacían estremecer.

Al caer la noche, después de una cena entre risas con sus amigos, Evan tomó la mano de Charlotte y la guió hacia la suite principal, que daba directamente al mar.

—He esperado cuatro años para tenerte así, sin gritos, sin mentiras... solo tú y yo —susurró Evan, cerrando la puerta tras ellos.

Charlotte lo miró a los ojos. El miedo que sentía en el yate se había transformado en una necesidad física. —Tengo miedo de que si cerramos los ojos, esto vuelva a desaparecer, Ev.

—No voy a irme a ningún lado, Lottie. Esta noche voy a recordarte quién eres para mí.

Evan se acercó y comenzó a besarla con una lentitud tortuosa. No era el beso desesperado del barco; era un reconocimiento. Sus manos bajaron por su espalda, delineando el tatuaje de su costilla, hasta que la ropa empezó a sobrar. Cuando sus cuerpos finalmente se encontraron bajo las sábanas de hilo, el tiempo pareció detenerse.

El primer contacto fue eléctrico. Evan la recorrió con una devoción casi religiosa, pidiéndole perdón con cada caricia, con cada susurro al oído. —Eres mía, Lottie... siempre lo fuiste —gemía él mientras ella se arqueaba bajo su tacto.

Hacer el amor después de cuatro años no fue solo sexo; fue una batalla ganada al pasado. El ritmo era urgente pero tierno, una danza de piel contra piel donde el dolor de la traición se quemaba en el calor del momento. Charlotte se aferró a sus hombros, enterrando los dedos en su espalda, sintiendo que finalmente, después de tanto infierno, había regresado a casa.

Cuando terminaron, exhaustos y entrelazados, el silencio de la habitación solo era interrumpido por el sonido de las olas rompiendo contra las rocas del acantilado. Evan la abrazó por la espalda, besando su nuca, y por un instante, el mundo fue perfecto.

Pero la paz en el universo de los Thalassinos y los Montgomery siempre es el preludio de una tormenta.

A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a asomar cuando el teléfono de Evan, que estaba sobre la mesa de luz, empezó a vibrar sin descanso. No era una llamada. Eran cientos de notificaciones.

Charlotte se despertó confundida al sentir que Evan se tensaba a su lado. Él tomó el móvil y su rostro se transformó en una máscara de piedra.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, frotándose los ojos.

—Maldita sea... —susurró Evan.

Le dio la vuelta al teléfono para que ella pudiera verlo. Los portales de chismes más grandes de Grecia, como Proto Thema y Gossip-TV, tenían la misma foto en portada: Evan y Charlotte, abrazados y besándose en la cala privada el día anterior. Las fotos eran nítidas, tomadas con un lente de largo alcance desde algún yate cercano.

Los titulares eran feroces:

"¿EL REGRESO DE LA TRAIDORA? EVAN THALASSINOS CAZADO CON LA MUJER QUE CASI DESTRUYE A SU FAMILIA" "ESCÁNDALO EN MYKONOS: LA NIETA DESHONRADA DE CONSTANTINE VUELVE A LAS ANDADAS"

En cuestión de minutos, el secreto mejor guardado de Mykonos había estallado. El caos mediático no solo ensuciaba el nombre de Charlotte otra vez, sino que ponía a las dos familias más poderosas de Grecia en pie de guerra.

—Nos encontraron, Lottie —dijo Evan con voz sombría mientras el teléfono de la casa empezaba a sonar en el piso de abajo—. Y esta vez, la prensa no va a tener piedad.




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