El regreso de Charlotte

Capítulo 8: El peso de una estirpe

El silencio de la suite fue interrumpido por un sonido que a Charlotte le heló la sangre: su propio teléfono vibraba con una insistencia macabra. En la pantalla aparecía el nombre que todavía le provocaba temblores: Constantine.

Evan intentó quitárselo, pero ella lo tomó con manos temblorosas. Necesitaba enfrentar el final de esta pesadilla.

—¿Hola? —susurró Charlotte.

La voz al otro lado no era la de un abuelo, sino la de un patriarca implacable. Los gritos de Constantine Kasdovassilis eran tan fuertes que Evan podía oírlos claramente.

—¡ERES UNA PESTE, CHARLOTTE! —rugía el anciano—. He visto las fotos. No te bastó con deshonrar mi apellido hace cuatro años, tenías que volver para restregarle tu falta de moral a toda Grecia. ¡He dado la orden de que se te prohíba la entrada a cualquiera de mis propiedades! Para los Kasdovassilis, tú ya no existes. Eres igual de indigna que el apellido Montgomery que llevas. ¡Quédate en la miseria de tu traición, porque de mi fortuna no verás ni un dracma!

El clic de la llamada terminada sonó como una sentencia de muerte social. Charlotte dejó caer el teléfono y se abrazó a sí misma, rompiéndose en mil pedazos. No era por el dinero; era el rechazo final del hombre que, a pesar de todo, ella esperaba que la amara. Se hundió en la cama, sollozando con una agonía que le quitaba el aire.

—Me ha repudiado, Evan... —gemía ella—. Ha dicho que el apellido de mi padre es una mancha para su familia. No soy nadie aquí.

Evan la rodeó con sus brazos, sintiendo cómo el dolor de Charlotte se transformaba en una rabia líquida dentro de él. Verla así, reducida a cenizas por el orgullo de un viejo que prefería su reputación a su propia nieta, fue el detonante final.

—Él no te ha quitado nada, Lottie —dijo Evan con una voz tan gélida que cortaba el aire—. Él se ha quitado a sí mismo el derecho de llamarse tu abuelo.

Evan se puso de pie y se vistió con movimientos mecánicos y decididos. Sus ojos eran dos trozos de esmeralda quemada.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, limpiándose las lágrimas, asustada por la oscuridad que emanaba de él.

—Voy a hacer lo que debí hacer hace cuatro años. Voy a limpiar el nombre de Charlotte Montgomery, aunque tenga que pisotear el apellido Kasdovassilis y el mío propio para lograrlo.

Evan bajó a la sala, donde Colin y Leah miraban las noticias en shock.

—Preparen el coche —ordenó Evan—. Quiero una rueda de prensa en el puerto de Mykonos en treinta minutos. Llamen a todos los corresponsales de Atenas.

—Evan, piénsalo —dijo Colin—. Si atacas a Constantine Kasdovassilis públicamente, te pones en contra a la mitad del poder empresarial de Grecia.

—No me importa el poder, Colin. Me importa la verdad —replicó Evan, ajustándose el reloj—. Si ese viejo quiere usar su apellido como un arma contra Lottie, yo voy a usar el mío para desarmarlo.

Poco después, frente a una marea de cámaras y micrófonos, Evan Thalassinos se plantó con la arrogancia de quien sabe que tiene la razón. El viento del Egeo agitaba su camisa, pero su postura era inamovible.

—Escuchen bien —empezó Evan, su voz proyectándose con una autoridad que hizo que los periodistas guardaran silencio de inmediato—. Se ha dicho que Charlotte Montgomery es una deshonra para los Kasdovassilis. La realidad es que los Kasdovassilis no merecen a una mujer como ella. Durante cuatro años, se ha alimentado una mentira orquestada por Zacarías Thalassinos para separarnos.

Un murmullo estalló, pero Evan no se detuvo.

—Tengo las pruebas de la manipulación de aquella noche. Y quiero que esto quede claro: el señor Constantine Kasdovassilis puede quitarle su herencia, pero no puede quitarle su dignidad. A partir de hoy, cualquier ataque hacia Charlotte Montgomery será un ataque directo hacia la familia Thalassinos. Ella cuenta con mi nombre, con mi fortuna y, sobre todo, con mi fe ciega. Si quieren guerra de apellidos, la tendrán. Pero les aseguro algo: la verdad no necesita un árbol genealógico para ganar.

Evan dio media vuelta y regresó a la villa, dejando atrás un incendio mediático que acababa de declarar la guerra entre los dos clanes más poderosos del país.




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