El regreso de Charlotte

Capítulo 9: El colapso de las máscaras

Capítulo 9: El colapso de las máscaras

La declaración de Evan en el puerto de Mykonos no fue solo una noticia; fue un terremoto que sacudió los cimientos de la alta sociedad ateniense. Pero el verdadero golpe de gracia llegó una hora después, cuando los abogados de la Corporación Montgomery en Nueva York emitieron un comunicado breve y letal:

"Cualquier intento de difamación contra Charlotte Montgomery, heredera directa del patrimonio Montgomery, será respondido con toda la fuerza legal y financiera de nuestro grupo. El honor de nuestra familia no está sujeto a las mentiras de terceros."

De repente, el apellido Kasdovassilis, con toda su tradición griega, parecía pequeño frente al imperio de acero y cristal que respaldaba a Charlotte desde el otro lado del océano.

En el centro de Atenas, en las oficinas de los Thalassinos, el aire se podía cortar con un cuchillo. Zacarías intentaba desesperadamente entrar a su cuenta bancaria, pero todas estaban bloqueadas por orden de su propio tío, el padre de Evan.

Kiersten, pálida y con el maquillaje corrido, entró a la oficina de Zacarías sin llamar. —¡Zacarías, nos han descubierto! —gritó, lanzando su teléfono sobre el escritorio—. Evan ha filtrado los audios de la noche de la discoteca. ¡Alguien nos grabó hablando de las gotas que le pusimos a Charlotte!

—¡Cállate! —rugió Zacarías, pero ya era tarde.

En todas las televisiones de Grecia, el programa de chismes más visto estaba reproduciendo un video anónimo de hace cuatro años. En las sombras de un pasillo VIP, se veía claramente a Zacarías entregándole un sobre a un barman y señalando a Charlotte. Luego, una nota de voz filtrada por Colin (quien la había guardado como un seguro de vida) donde Kiersten decía entre risas: "Evan nunca la perdonará, el orgullo griego es más fuerte que su amor. Ella está acabada".

Mientras tanto, en Mykonos, Charlotte miraba las noticias en la gran pantalla de la villa. Evan estaba a su lado, sosteniéndola.

—Mira, Lottie —susurró él—. El mundo entero está viendo lo que realmente pasó.

En la pantalla, una reportera informaba desde la puerta de la mansión Kasdovassilis: —"Fuentes cercanas confirman que la policía de Atenas ha citado a declarar a Zacarías Thalassinos y a Kiersten por cargos de administración de sustancias prohibidas y conspiración. Por otro lado, la fortuna de los Montgomery en EE.UU. ha empezado a mover hilos para auditar las empresas del señor Constantine Kasdovassilis, en lo que parece ser una represalia financiera sin precedentes."

Charlotte sintió que un peso de toneladas se levantaba de su pecho. No era el dinero de su padre lo que la aliviaba, sino ver cómo la verdad, esa que le habían negado durante cuatro años, finalmente salía a la luz.

De pronto, el teléfono de la villa sonó. Era la abuela de Charlotte, Helena.
—Lottie... hija —la voz de la anciana temblaba de llanto—. He visto todo. Constantine está encerrado en su despacho, no quiere hablar con nadie. Tu padre ha llamado desde Nueva York... está furioso, Charlotte. Viene para acá en su jet privado. Dice que va a llevarse hasta el último ladrillo de las propiedades de tu abuelo si no te pide perdón de rodillas.

Charlotte miró a Evan. La guerra familiar estaba escalando a niveles internacionales.

—Dile a mi padre que lo espero aquí, abuela —dijo Charlotte con una firmeza que sorprendió incluso a Evan—. Y dile a Constantine que el apellido Montgomery que tanto despreciaba es el que ahora va a decidir si él termina sus días en la calle o no.

Evan sonrió, orgulloso de la mujer en la que se había convertido. Ya no era la niña asustada; era una Montgomery en todo su esplendor.




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