Atenas era un hervidero de murmullos. La caída de los "intocables" se sentía en cada rincón de la ciudad. Para Kiersten, el golpe fue social y absoluto. La chica que siempre buscó el brillo de los Thalassinos ahora se escondía tras unas gafas oscuras, viendo cómo su teléfono se llenaba de notificaciones de despido y demandas legales. Evan había cortado cualquier vía de comunicación, y su nombre ahora era sinónimo de traición en todos los círculos de la moda donde solía moverse.
Por otro lado, Zacarías enfrentaba la furia de su propio padre, Dimitris Thalassinos. Pero no era una furia por el daño causado, sino por la humillación de haber sido descubiertos. Stavros, el padre de Evan y jefe del clan, había sido tajante: Zacarías quedaba fuera de la empresa familiar y su pasaporte quedaba retenido hasta que terminaran las investigaciones policiales. El primo de Evan, que siempre se creyó el dueño del Egeo, ahora no era más que un hombre acorralado por sus propias mentiras.
En la mansión Kasdovassilis, el aire se sentía viciado. Constantine estaba sentado en su sillón, rodeado de una opulencia que ya no le servía para nada. El poder de Alexander Montgomery había sitiado sus finanzas, pero el silencio de su nieta le había sitiado el alma.
Cuando Charlotte entró en el despacho, no lo hizo como la niña que buscaba aprobación. Entró con la frente en alto, escoltada por Evan, que se mantenía un paso atrás, como un muro de contención.
—Charlotte... —la voz de Constantine sonó quebrada, despojada de su habitual autoridad—. He estado revisando todo. Las grabaciones que filtró tu amigo Colin, los informes de la clínica en Nueva York...
Charlotte no respondió. Sus ojos, antes llenos de cariño hacia él, ahora solo mostraban una cortesía gélida.
—Me equivoqué —continuó el anciano, y una lágrima rodó por su mejilla—. Fui un viejo orgulloso y ciego. Me dejé llevar por la lengua bífida de Zacarías y esa muchacha. Le fallé a mi propia sangre. No te pido perdón por miedo a Alexander, hija... lo hago porque anoche entendí que casi te pierdo para siempre. Que intentaste... —se le cortó la voz al recordar el historial clínico—, que casi dejas este mundo por mi desprecio. Te pido perdón, Lottie. Por favor.
El silencio que siguió fue eterno. Constantine esperaba un abrazo, una lágrima, algo que le devolviera la paz. Pero Charlotte solo suspiró con cansancio.
—¿Eso es todo, Constantine? —preguntó ella sin emoción.
—He preparado los papeles para devolverte tu lugar en el testamento, y mucho más... —balbuceó él—. Todo lo que es mío, será tuyo.
—No quiero tu dinero, ni tus propiedades, ni tu perdón —sentenció Charlotte—. Durante cuatro años, mientras yo luchaba por mi vida en una clínica, tú dormías tranquilo creyendo que habías hecho "lo correcto" por tu apellido. La diferencia es que mi padre me amó cuando no tenía nada, y tú decidiste odiarme cuando más te necesitaba.
—¡Soy tu abuelo! —exclamó él, desesperado.
—Fuiste mi abuelo —corrigió ella—. Ahora solo eres el hombre que casi me mata. Acepto que reconozcas la verdad porque mi nombre merece estar limpio, pero no acepto tus disculpas. Ya no tienen valor para mí. Mi lugar está en Nueva York, con la gente que no necesitó pruebas para creerme.
Charlotte se dio la vuelta. Evan miró a Constantine con una mezcla de lástima y desprecio antes de seguirla. Mientras salían por los pasillos de mármol, Charlotte sintió que el nudo que le apretaba el pecho desde hacía cuatro años finalmente se soltaba.
Evan la tomó de la mano antes de subir al auto. —¿Estás bien?
—Estoy libre, Evan —respondió ella, mirando por última vez la mansión—. Vámonos. No quiero pasar ni un minuto más en este lugar.
Editado: 01.03.2026