La suite del hotel donde se alojaban los Montgomery se sentía como una sala de interrogatorios. Alexander caminaba de un lado a otro, mientras Kassandra observaba a su hija con una mezcla de ansiedad y protección.
—Las maletas están listas, Charlotte —dijo Alexander con tono final—. El jet sale en tres horas. Volvemos a Nueva York, donde estarás a salvo, donde tienes a tus médicos y donde ese apellido Thalassinos no significa nada.
Charlotte, que estaba sentada en el borde del sofá, se levantó lentamente. Sus ojos no tenían rastro de duda.
—No voy a irme, papá.
Alexander se detuvo en seco, como si no entendiera el idioma que hablaba su hija. —¿Perdona? Charlotte, este país casi te mata. Tu abuelo te repudió, tu "novio" te abandonó a los lobos durante años... ¿Y quieres quedarte?
—¡Quiero decidir por mí misma! —exclamó ella, alzando la voz por primera vez—. Durante cuatro años, otros decidieron mi dolor. Tú decidiste que no podía volver a Grecia, mi abuelo decidió que no era digna, y Evan decidió que era culpable. ¡Ya basta! No soy una niña a la que tengan que rescatar y meter en una caja de cristal en Manhattan.
—Lottie, cariño, solo queremos lo mejor para ti —intervino Kassandra, acercándose—. Aquí solo hay recuerdos amargos.
—Aquí está el hombre que amo, mamá. Y por primera vez en cuatro años, lo tengo de frente pidiéndome perdón. No voy a huir ahora que la verdad ha salido a la luz. Si me voy a Nueva York ahora, será escapando. Y yo ya no quiero escapar de nadie.
Alexander apretó la mandíbula, su rostro enrojeciendo por la furia contenida. —Si te quedas, te quedas sola. No voy a financiar tu estancia en un lugar que te destruyó.
—Tengo mi propio fondo, papá. Y si no, trabajaré. Pero no voy a subirme a ese avión solo porque tú digas que es "lo mejor".
Charlotte salió de la habitación antes de que su padre pudiera replicar, cerrando la puerta con una firmeza que dejó a los Montgomery en un silencio sepulcral.
Minutos después, Charlotte llegó a la villa de Evan. Lo encontró en la terraza, mirando el horizonte con una expresión de profunda tristeza, como si ya estuviera procesando su partida. Al escuchar sus pasos, él se giró, sorprendido.
—¿Lottie? Pensé que ya estarías camino al aeropuerto a depedir a tus padres.
Charlotte se acercó a él y se apoyó en la barandilla, dejando que la brisa nocturna le despeinara el cabello.
—Mis padres quieren que vuelva a Nueva York ahora mismo, Evan —susurró ella, mirando al mar—. Mi padre ha dado un ultimátum. Dice que si me quedo, pierdo su apoyo. Que este lugar es veneno para mí.
Evan sintió que el corazón se le encogía. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo, respetando su espacio. —Él tiene razón, Charlotte. Lo que viviste aquí fue un infierno. Nueva York es tu hogar, es donde sanaste... Yo soy el último hombre en la tierra que tiene derecho a pedirte que te quedes en el lugar donde te rompieron el corazón.
Charlotte lo miró a los ojos, buscando la verdad en ellos. —Me dijeron que no sé qué hacer, Evan. Una parte de mí quiere correr a mi habitación en Manhattan y olvidar que Grecia existe. Pero la otra... la otra no puede soportar la idea de perderte otra vez ahora que finalmente nos encontramos.
Evan le tomó las manos, sus dedos entrelazándose con fuerza. —Escúchame bien. No quiero que te quedes por obligación, ni por miedo, ni porque yo te lo pida. Pero si decides irte, yo iré detrás de ti. No importa si Alexander me prohíbe la entrada a la ciudad o si tengo que empezar de cero en una oficina de correos en Brooklyn.
Charlotte soltó una pequeña risa entre lágrimas. —¿Un Thalassinos en una oficina de correos?
—Si eso significa que puedo verte al final del día, sí —dijo él con total seriedad—. Pero Lottie, la decisión es tuya. ¿Qué es lo que tú, y solo tú, necesitas para sentirte completa otra vez?
Charlotte guardó silencio, sopesando el peso de su pasado contra la promesa de su futuro. Sabía que su respuesta cambiaría el rumbo de su vida para siempre.
Editado: 01.03.2026