El regreso de Charlotte

Capítulo 15: El refugio de las Cícladas

Alexander Montgomery se fue de Grecia furioso, jurando que Charlotte se arrepentiría, pero Kassandra se quedó una semana más, en silencio, observando desde lejos cómo su hija volvía a la vida. Al final, hasta su madre entendió que Charlotte no se quedaba por debilidad, sino por amor.

Evan no perdió ni un segundo. Quería que Charlotte olvidara el sabor de las lágrimas.

—No vas a volver a ese hotel, ni a la mansión de tu abuelo —le dijo Evan mientras la subía a su coche deportivo—. He preparado la casa de la costa, en Sunio. Es privada, tiene vista al Templo de Poseidón y, lo más importante, nadie tiene la llave excepto nosotros.

Las semanas siguientes fueron un sueño táctil. Evan se encargó de que Charlotte no tuviera que mover un dedo, pero no de una forma asfixiante, sino con una devoción casi religiosa.

Despertares en el paraíso: Cada mañana, Charlotte se despertaba con el sonido del mar y el aroma a café recién hecho. Evan no permitía que el servicio entrara a su habitación; él mismo le llevaba el desayuno a la cama: frutas frescas, yogur griego con miel y pasteles tibios.

Sin relojes: Pasaban las tardes navegando en un pequeño velero, solo ellos dos. Sin capitanes, sin prensa, sin apellidos pesados. Evan le enseñó a llevar el timón, riendo cuando el viento le despeinaba el cabello, robándole besos salados entre ola y ola.

La recuperación: Charlotte empezó a comer con ganas. El brillo volvió a su piel y el miedo desapareció de sus ojos. Evan la observaba cenar con una sonrisa de orgullo, celebrando cada bocado como una victoria personal sobre el pasado.

Una noche, cenando en la terraza bajo la luz de la luna, Evan sacó una pequeña caja de madera. No era un anillo, sino algo que Charlotte reconoció al instante: una llave antigua de plata.

—Es la llave de mi apartamento en el centro de Atenas —dijo él, cubriendo la mano de ella con la suya—. Pero he dado órdenes de redecorarlo todo. Quiero que elijas los colores, los muebles... quiero que sea nuestro lugar. No de los Thalassinos, sino de Evan y Charlotte.

—Evan, es demasiado... mi padre tenía razón en algo, no quiero ser una carga —susurró ella, aunque sus ojos brillaban de emoción.

—Escúchame, Lottie —él se levantó y se arrodilló frente a ella, apoyando las manos en sus rodillas—. Durante cuatro años, mi dinero y mi poder no sirvieron para nada porque no te tenía a ti. Ahora, todo lo que soy y todo lo que tengo es tuyo. No eres una carga, eres mi prioridad. Si quieres estudiar, te abriré la mejor universidad. Si quieres trabajar, compraremos una galería de arte. Pero por ahora, solo quiero que seas feliz. Déjame cuidarte, por favor. Me lo debo a mí mismo tanto como a ti.

Charlotte se inclinó y lo besó, un beso largo, dulce y lleno de promesas. Por primera vez en cuatro años, no sentía que el suelo se iba a romper bajo sus pies. Se sentía segura. Se sentía amada. Se sentía, finalmente, en casa.

Pasaron los días en una burbuja de perfección. Fueron a las playas escondidas de Creta, caminaron de la mano por las calles de Plaka de incógnito y rieron hasta que les dolió el estómago con Colin y Leah en cenas privadas. Evan incluso le regaló un perrito, un pequeño Golden Retriever al que llamaron "Apollo", para que la acompañara en la villa cuando él tuviera que ir a la oficina por unas horas.

Todo era luz. Todo era paz. Charlotte casi había olvidado que el mundo exterior seguía girando, esperando el momento justo para filtrar una nueva sombra en su paraíso.




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