La villa en Sunio se convirtió en su Edén particular. Lejos de las cámaras, de los Montgomery y de los Kasdovassilis, solo existían ellos dos. Evan se había propuesto una misión: borrar con sus manos cada rastro de tristeza que el pasado hubiera dejado en la piel de Charlotte.
Una tarde, tras un largo día navegando bajo el sol ardiente, regresaron a la casa cuando el cielo empezaba a teñirse de violeta y naranja. Charlotte caminaba descalza por el salón de mármol, con la piel canela por el sol y el cabello húmedo, vistiendo solo una de las camisas blancas de lino de Evan que le llegaba a medio muslo.
Evan la observaba desde la barra de la cocina mientras servía dos copas de vino. La luz del atardecer silueteaba su figura a través de la tela fina, y sintió un nudo de deseo tan voraz que casi rompe la copa.
—Ven aquí —susurró él, con una voz ronca que hizo que Charlotte se detuviera en seco.
Ella se acercó lentamente, con una sonrisa juguetona. Evan la rodeó por la cintura y la sentó sobre el mármol frío de la encimera, encajándose entre sus piernas.
—Te ves tan hermosa que me duele, Lottie —murmuró él, enterrando el rostro en su cuello, aspirando el aroma a sal y a la loción de coco que ella usaba.
—Evan... —jadeó ella cuando sintió los labios de él recorriendo el camino desde su oreja hasta la clavícula.
Sus manos, grandes y expertas, subieron por sus muslos bajo la camisa, apretando con una urgencia que Charlotte respondió enredando sus dedos en el cabello oscuro de él. Evan la cargó sin romper el beso, llevándola hacia la suite principal donde los ventanales estaban abiertos de par en par, dejando que la brisa marina agitara las cortinas de seda.
La cama era un nido de sábanas blancas esperándolos. Evan la desvistió con una lentitud tortuosa, deteniéndose a besar cada centímetro de piel que descubría, como si estuviera adorando un templo. Cuando ella quedó totalmente expuesta bajo la luz dorada del crepúsculo, él la miró con una devoción que la hizo sentir la mujer más poderosa del mundo.
—Eres perfecta —susurró él antes de despojarse de su propia ropa.
El encuentro fue explosivo, pero cargado de una ternura que solo da el perdón. Evan se movía sobre ella con un ritmo posesivo, marcando su territorio, recordándole con cada embestida que ya no había distancias entre ellos. Charlotte se aferraba a su espalda, enterrando las uñas en sus hombros, entregándose por completo a la sensación de plenitud que solo él sabía darle.
—Dime que eres mía, Lottie. Dímelo —le pidió él al oído, con la respiración entrecortada.
—Tuya... siempre tuya, Evan —respondió ella, antes de que el clímax los alcanzara a ambos, dejándolos temblando y entrelazados en un abrazo que parecía querer fundir sus almas.
Se quedaron así durante horas, mientras la luna subía al cielo. Evan no se separaba de ella; la mantenía pegada a su costado, trazando círculos invisibles en su vientre.
—Podría quedarme así para siempre —dijo él, besando su coronilla—. Mañana he planeado que vayamos a una cala escondida que solo se llega por mar. Quiero hacerte el amor bajo el sol, sin que nadie en el mundo sepa dónde estamos.
Charlotte sonrió contra su pecho, sintiéndose protegida, amada y, por primera vez, invencible.
Los días siguientes fueron una sucesión de placeres. Cenaban desnudos en la terraza, se bañaban en la piscina infinita a medianoche y despertaban haciendo el amor bajo los primeros rayos de sol. Evan la consentía con joyas, con flores, pero sobre todo, con su tiempo y su atención absoluta. No había llamadas de trabajo, ni menciones a los Thalassinos. Eran solo Evan y Charlotte, recuperando el tiempo que el odio les había robado.
Charlotte estaba tan feliz que casi le daba miedo. Y en las sombras de Atenas, ese miedo estaba a punto de cobrar forma.
Editado: 01.03.2026