A la mañana siguiente, decidí hacer algo muy importante.
Ignorar lo que había ocurrido la noche anterior.
La pelota de Zoe había flotado unos segundos.
Eso era todo.
Una coincidencia.
Una extraña, bastante sospechosa y completamente imposible coincidencia, pero coincidencia al fin y al cabo.
Además, llevaba años sin usar magia. Quizás estaba exagerando.
—¿Qué haces? —preguntó Leo mientras me veía mirar fijamente a Zoe.
—Nada.
—Llevas cinco minutos mirando a la gata.
—Estoy pensando.
Leo suspiró.
—Eso me preocupa más.
Zoe estaba jugando tranquilamente con una pequeña pelota. La mordía, la soltaba y volvía a perseguirla por toda la sala.
Hasta que, como era de esperarse, la pelota terminó debajo de una silla.
Zoe se quedó mirándola.
Metió una patita.
No llegó.
Metió la otra.
Tampoco.
Después se sentó y comenzó a mover la cola.
—¿Quieres que te la saque? —pregunté.
Zoe me miró.
Me levanté para ayudarla.
Pero antes de que pudiera agacharme, la pelota salió lentamente de debajo de la silla.
Rodó por el suelo...
Y terminó justo delante de Zoe.
Me quedé quieta.
Leo también.
Zoe agarró la pelota con la boca y salió corriendo como si nada hubiera ocurrido.
—¿Viste eso? —pregunté.
—Sí.
—Entonces no estoy loca.
—Eso todavía no lo podemos confirmar.
Lo miré mal.
Desde su cama, Luna soltó un suspiro.
—Qué exagerados son los dos.
Giré la cabeza.
—Tú también lo viste.
—Yo no vi nada.
—Luna.
—Bueno, sí. Lo vi.
—¿Y?
Luna se acomodó tranquilamente.
—Casualidad.
La miré entrecerrando los ojos.
—¿Por qué dijiste "casualidad" de esa manera?
—¿De qué manera?
—Como si supieras algo.
—Yo siempre sé cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a recibir.
Aquello me dejó todavía más intranquila.
Pero decidí no insistir.
Durante el resto del día comenzaron a suceder pequeñas cosas.
Nada grave.
Nada que pudiera considerarse realmente extraño.
Solo... pequeñas coincidencias.
Una cucharita que dejé sobre la mesa apareció unos centímetros más lejos.
Una puerta que estaba cerrada apareció entreabierta.
Y una de mis flores, que llevaba varios días completamente marchita, amaneció con una pequeña flor nueva.
Zoe había estado jugando junto a ella.
Me agaché para tocarla.
—Esto sí que es raro.
Zoe me miró con sus enormes ojos y movió la cola.
—¿Fuiste tú?
La pequeña inclinó la cabeza.
—No me pongas esa cara. Sé que no entiendes lo que digo.
Luna apareció detrás de mí.
—Ella entiende más de lo que crees.
Me giré lentamente.
—¿Qué quisiste decir con eso?
Luna bostezó.
—Nada.
—Luna.
—Nara.
—¿Qué sabes?
—Muchas cosas.
—¿Y vas a contarme alguna?
—No.
—¿Por qué?
—Porque me gusta verte descubrirlas.
Y se fue caminando con toda la tranquilidad del mundo.
Definitivamente aquella gata iba a acabar conmigo.
Por la noche, mientras Leo y yo cenábamos, Zoe dormía en su pequeña cama y Luna descansaba en el sofá.
Por primera vez en todo el día, todo estaba tranquilo.
Hasta que escuché un ruido.
Me levanté.
Era algo pequeño.
Como un golpecito.
Venía de la entrada.
Abrí la puerta.
No había nadie.
Miré hacia el suelo.
Y entonces lo vi.
Había un símbolo dibujado junto a la puerta.
Un símbolo que conocía.
Un símbolo que no había visto en años.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Leo se acercó.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Él miró el dibujo y su expresión cambió inmediatamente.
—Nara...
—Lo sé.
—¿De dónde salió eso?
Tragué saliva.
—De la misma noche que juré que todo había terminado.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Detrás de nosotros, Zoe soltó un pequeño quejido mientras dormía.
Luna levantó la cabeza.
Esta vez....
no hizo ningún comentario gracioso.
Solo miró el símbolo.
Y sus ojos se llenaron de preocupación.
Entonces comprendí algo.
Quizás aquellas pequeñas coincidencias no eran coincidencias después de todo.