El regreso de los dioses

Tzompantli, la fila de cabezas

El tzompatli era la fila en donde se ensartaba la cabeza de la víctima, una estaca de

madera, había varias formas de morir sacrificados y ninguna era menos dolorosa, el

teutlalpan era el lugar del juego de pelota ahí la vida de los jugadores dependía de la

victoria en el juego, estaba el cuauhxicalco un recinto cercano al templo del sol que se

utilizaba para quemar a los cautivos antes de ser sacrificados, incluso existía el

Coacalco un lugar donde se podía tener dioses como prisioneros, cual quiera que fuera

la forma de morir de Lucia no seria menos cruel, no era de extrañarse que estuviera tan

ansiosa y llena de pánico.

—Sacerdotes, les traemos a una cautiva, el grupo de tamemes escoltado por Cipacli

capturamos a esta extraña mujer en los caminos de mixtlic, creemos que se trata de

una espía de algún lugar lejano, su aspecto es diferente y también su idioma, jamás lo

habíamos escuchado. —declara Suré mientras le habla con respeto a los ancianos.

—Tienes razón, es diferente a nosotros, parece estar en buen estado de salud.

Uno de los sacerdotes revisa minuciosamente a Lucia, incluso los dientes, los

sacrificios no debían estar deformes o mutilados y mucho menos enfermos, el

sacerdote intenta abrirle la boca a Lucia para revisar sus dientes, pero ella lo rechaza y

lo muerde.

—¡Ay! ¡Me mordió! —el sacerdote quita la mano con rapidez y Suré le jala los cabellos

a Lucia para disciplinarla.

—¡Oye déjala en paz! gran sacerdote discúlpela, ella está asustada, es normal que

reaccione así, desde que la capturamos mi compañero y los otros no han dejado de

maltratarla se supone que los sacrificios no deben estar heridos, pero ella sangra de la

cabeza y las plantas de los pies, hemos sido muy crueles con ella. —Ikal interviene por

Lucia pero el sacerdote lo deja sin palabras.

—¿Y qué esperabas muchacho? Es un sacrificio, no más que un animal, su destino ya

está escrito morirá por una noble causa, la gloria de Tenochtitlan y la gloria del dios

Quetzalcóatl, con un baño y ropa limpia nadie notará lo que dices, ni siquiera los

dioses, así que dámela, la prepararemos en seguida junto con los otros sacrificios.

—El sacerdote jalonea a Lucia dejando a Ikal lleno de frustración, él sentía que debía

protegerla, pero no podía hacer nada él solo, Lucia estiro las manos hacia él con

desesperación, con el deseo de que la siguiera ayudando y gritaba Ikal, Ikal pero este

se encogía de hombros mientras apretaba los puños impotente.

—¡Ikal ayúdame! ¡No me dejes aquí por favor! ¡Ikal!

Lucia se sentía sola, sin esperanzas, esta no era la forma en la que ella quería morir,

mientras cacharros llenos de agua fría le eran lanzados a su cuerpo desnudo, Lucia se

decía así misma que estaba equivocada y que en realidad si estaba en el infierno y de

pronto dejó de llorar, se había resignado a su sangriento destino, se consolaba de

pensar que pronto estaría con sus padres, que aquel trauma podía valer la pena si

después del dolor podía verlos otra vez.

Le habían puesto un vestido blanco, le acaban de cepillar el cabello y de limpiar sus

heridas con un ungüento apestoso y extraño, Lucia ya no se resistía después de cuatro

horas se quedó tiesa con la mirada perdida tal y como lo haría un robot.

—¿Los sacrificios están listos? —pregunta uno de los sacerdotes.

—Sí, el ultimo acaba de ser vestido y arreglado para la ceremonia.

Al salir de aquel cuarto Lucia es encaminada a una calzada y sus ojos se abren de par

en par al ver entre la fila a niños de todas las edades, su corazón se encogió al ver a

una mujer cargando a su recién nacido, todos tenían la mirada apagada, ninguno

protestaba, era como estar en una granja donde los animales ya ni se molestan en

resistirse.

—¿Cómo es posible?

Los sacrificios eran para conseguir agua, lluvia, maíz o el crecimiento de las plantas, el

ritual era muy importante, especialmente en las fiestas a Tlaloc o Quetzalcóatl o

Huitzilopochtli antes del amanecer, hombres y mujeres se dirigían desnudos hacia las

puntas de los magueyes y se cortaban las orejas y los brazos para ensangrentar las

puntas y también sus rostros.

Todos los sacrificios desfilaban en la calzada como si fueran un espectáculo, Lucia

estaba aterrada, pero las otras víctimas solo se orinaban o temblaban de miedo, los

niños no tenían idea de adonde se dirigían, Lucia se percató de que su tlatoani era

aquel hombre adornado con plumas hermosas y exóticas, con oro y piedras preciosas,

había también las estatuas de los dioses antes mencionados.

—¿Quién es esa mujer? ¿De dónde la consiguieron? —pregunta el Tlatoani con

curiosidad al ver desfilar a Lucia la cual miraba a todos lados.

—Es una espía según el informe de los soldados tameme mi señor.

—¿Una espía? Jamás vi a una mujer tan pálida ¿No está enferma?

—No mi Tlatoani, conserva un excelente estado de salud.

El tlatoani sintió intriga en su corazón, no solo por la belleza extranjera de Lucia si no

por qué sintió inseguridad al verla marchar hacia la pirámide donde seria sacrificada.

—¿Se encuentra bien mi señor?

—No, siento que es un error sacrificarla. —externó el tlatoani nervioso.

—¿Prefiere que la desollemos?

—No…ya se la prometimos a los dioses, no querrás hacer enojar a Quetzalcóatl.

—expresó su gobernante inquieto.

Los sacrificios eran muy variados, las víctimas pertenecían a dos grandes categorías,

los que servían para alimentar a los dioses y los que cumplían el papel de

representantes de los dioses, como en el caso de los niños que representaban a los




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