El regreso de los dioses

Una viajera de otro tiempo

Aquella noche, Lucia tampoco pudo dormir, se sentía atrapada en un mundo incivilizado, jamás se imaginó que tendría que comprometerse con alguien a quien no amaba y ni siquiera conocía, lo primero que quería hacer en cuanto el sol diera la cara, era apelar para que el Tlatoani descartara aquel matrimonio, ella no pensaba vivir ahí para siempre, lo único que deseaba era regresar a su época y reencontrarse con sus amigas.

—¿Qué es lo que esperan de mí? No soy nadie especial, no soy la elegida de los dioses y no tengo idea de lo que planean hacer conmigo, malditas deidades, me han raptado y disponen de mí como si mi voluntad fuera insignificante me rehúso a vivir entre estos salvajes. —se decía Lucia mientras lloraba desconsoladamente.

Al día siguiente, la luz del sol acaricio el rostro de Lucia, despertándola de su frágil sueño, la tristeza se apodero de ella cuando se dio cuenta de que seguía en aquel castillo.

—Tenia la esperanza de despertar en mi cama, con los gritos de María y Patricia, pero sigo en esta pesadilla, aborrezco todo lo que me rodea…me llena de miedo imaginar que en cualquier momento se me aparecerán esas deidades.

La serpiente emplumada era una criatura que te robaba el aliento y te paralizaba, era enorme he imponente, cada que Lucia recordaba aquella criatura, se ponía a temblar, sin embargo, no podía creer que aquel pequeño y delicado colibrí, pudiera convertirse en un dios tan alto y de hermoso semblante, la piel se le erizaba al imaginar su voz, no sabia como debía actuar si Huitzilopochtli se le volvía a aparecer.

A los minutos, unas mujeres entraron a su habitación y se presentaron como su servidumbre, comenzaron a desvestirla, pero ella se alejó rápidamente y les dijo que ella podía hacerlo sola, se sentía muy incomoda pues no dejaban de mirarla.

—¿Quieren preguntarme algo? —externó Lucia con nerviosismo.

—¿Es verdad que usted es una diosa? —le preguntaron con timidez.

—¿Es cierto que los dioses planean pelear por su mano? ¿Qué la desean como esposa?

—¿Qué? ¡no! Nada de eso, solo soy una mujer común y corriente, más bien me considero como…una prisionera.

—No podemos creer que sea una simple mujer, jamás los dioses se nos habían presentado de esa forma tan clara, al menos no a nosotros, nuestros ancestros tuvieron la suerte de hablar con ellos, pero eso fue hace muchísimos años, si usted no fuera importante, los dioses no la abrían salvado, el dios Quetzalcóatl no habría ordenado su seguridad, usted debe ser la mujer más importante ahora.

—Pues yo no me siento así, debo de ser algún tipo de capricho, la pieza de un juego que les causa mucha risa.

—¿Lo ve? Debe ser alguna diosa que perdió la memoria, ningún mortal seguiría vivo si se expresara de los dioses de esa forma tan petulante. —dijo una de las sirvientas con asombro.

Una vez que Lucia termino de bañarse le pusieron un hermoso vestido y a adornaron su cabello con plumas preciosas, con su aspecto nadie podía cuestionar que fuera favorecida por los dioses.

El Tlatoani había ordenado que se le enseñara a Iztaccíhuatl todo acerca de Tenochtitlán, sus costumbres y creencias, así como las cosas más ordinarias y mientras salía a recorrer las calles, sería custodiada por algunos soldados y al salir del palacio sus ojos se iluminaron cuando vio a Ceniza y a Ikal que la acompañarían en su recorrido, Ceniza corrió llena de animo y la lleno de besos, en cuanto a Ikal, este se quedó sin palabras al verla, la expresión de Lucia cambio cuando vio que a lo lejos se incorporaban Quizani, Cipacli y Suré, quienes habían recibido el premio de escoltar a la elegida de los dioses, pues gracias a que la habían encontrado todos los mexicas habían presenciado aquel milagro.

—¡Ceniza! Creí que no volvería a verte, siempre me dejas sin palabras, cuando pienso que no puedes ser más leal me corriges. —externó Lucia con una sonrisa.

Inmediatamente les clavó una mirada feroz a los soldados tamemes y estos desviaron la mirada furiosos, se sentían humillados de tener que cuidar a esa extranjera, ellos querían ser ascendidos de rango, pero no se quejaban, pues si su gobernante se enteraba de todas las maldades que le habían hecho a Iztaccíhuatl podrían ser severamente castigados.

—Creí que me escoltarían unos soldados, no unos pedazos de estiércol. —exclamó Lucia enojada.

—¿Qué dijiste? —Suré se le quería ir encima y Cipacli lo detuvo del brazo.

—¿Qué haces idiota? Si algo le pasa en el recorrido estaremos muertos, sin embargo, si algo malo le ocurre después, nosotros seremos inocentes. —manifiesta sonriente su líder mientras sonríe.

—Malditos cobardes, yo no tengo problema de pelear con cada uno, estoy segura de que al menos les hare sangrar la nariz.

—No te hagas la valiente, nosotros no creemos que seas favorecida por los dioses, ellos no protegen a los extranjeros.

—Tengo la pluma del gran Quetzalcóatl, puedo pedirle que les aplaste la cabeza en estos momentos. —alardeo Lucia llena de enojo, los detestaba profundamente y añadió.

—El único que es un verdadero gurrero entre ustedes es Ikali.

—Recuerdas mi nombre y además hablas mí mismo idioma… —manifestó Ikal conmovido.

—Fue gracias a tus dioses que puedo entenderlo y hablarlo. —manifestó Lucia resentida con sus compañeros.

—Lamento que mis compañeros te hayan hecho pasar por todo ese sufrimiento, agradezco a los dioses que me escucharon y te salvaron la vida, pero…debes odiarme igual que a ellos, así que te pido perdón por no haber hecho más por ti cuando lo necesitabas, entiendo si me desprecias igual que a ellos. —le dijo Ikal con sinceridad.

—No, no estoy enojada contigo, al contrario, estuviste cuidándome todo este tiempo, si no hubiera sido por ti, esos salvajes habrían abusado de mí, no estoy enojada ni resentida, solo hay gratitud en mi corazón para ti, eres mi héroe. —Lucia lo abrazo con fuerza provocando que Ikal se sonrojara hasta las orejas, estaba tan nervioso que ni podía hablar.




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