El Reino

Capítulo 8

En el pequeño valle del desierto, Subira, no sólo ya se había acostumbrado completamente a comer insectos, sino que era algo normal y cotidiano. Sin embargo seguía siendo una niña traviesa, por lo que solía causarles problemas a Timón y Pumba de vez en cuando y, quien en general se llevaba la peor parte de sus travesuras, era Timón.

En una ocasión, Subira había trepado hasta la cima de uno de los árboles más altos del valle sólo por diversión y estaba jugando a saltar de una rama a otra; cosa que tenía preocupados a Timón y Pumba, quienes la miraban desde abajo. Pumba no dejaba de seguirla con los ojos, cuidando sus movimientos, mientras que Timón ya estaba perdiendo la paciencia exigiéndole a la niña que bajara.

  • ¡Mocosa malcriada! ¡¡BAJA DE AHÍ, AHORA!! –Sin embargo, Subira sólo lo ignoraba.
  • ¡Wow hoo! ¡Me gusta! ¡Oigan! ¡Desde aquí se ven como hormigas!
  • ¡¡VOY A CONTAR HASTA TRES!! ¡¡Y MÁS TE VALE QUE BAJES!!
  • ¡Yahoo! –La niña dio otro salto a una rama cercana, pero esta se rompió con su peso.
  • Oh, oh. –Pumba fue el único de los dos hombres que lo vio.
  • ¡Uno! ¡Dos! -Pumba corrió para rescatar a Subira de la caída, pero accidental mente le dio un fuerte empujón a Timón, haciendo que se estrellara contra otro árbol- Tres….

Debido al golpe Timón cayó inconsciente, por lo cual, Pumba debió cargar lo para regresarlo a la cueva y recostarlo en el lecho. Una vez que despertó, con un fuerte dolor de cabeza, lo primero que hizo fue regañar a la niña. Subira también se había llevado un buen susto al caer del árbol y casi morir, así que los hombres no la castigaron y la niña tuvo más cuidado al trepar a los árboles.

Otro día, bastante caluroso, a Subira se le ocurrió tratar de nadar en uno de los ríos cuya corriente era más fuerte, ya que le pareció que se sentía bien que el agua la arrastrara. Sin embargo, se estaba acercando peligrosamente a una cascada, así que Timón se lanzó al agua tratando de alcanzar a la niña y sacarla de ahí. Por su parte Subira seguía disfrutando del paseo.

  • ¡Descuida, Subira! ¡Papi te salvará! –La niña cayó por la cascada, pero aun así se estaba divirtiendo.
  • ¡¡YAHOO!! –Pumba, quien había trepado a un árbol cercano, logró atraparla a media caída. Pero no pudo ayudar a su compañero ya que tenía las dos manos ocupadas.
  • ¡¡AAHHH…!!

A pesar de los pequeños problemas, los dos hombres seguían queriendo a Subira y, cada vez que la niña volvía a tener una pesadilla, la invitaban a dormir en su mismo lecho; Subira se acomodaba abrazándose a Timón y al poco tiempo se quedaba dormida, mientras que Pumba, extendía uno de sus grandes brazos para abrazarlos a ambos. Eran en momentos como ese cuando el hombre sentía que todos los problemas valían la pena, o simplemente no eran nada comparados con la alegría de tener a la niña con ellos.

Con forme pasaba el tiempo, Subira dejó de tener esas pesadillas, incluso había dejado de pensar en su antiguo hogar, enfocándose solamente en el presente y en los días de juegos con sus padres adoptivos. Entre las cosas que más les gustaba hacer era pasear por ahí o sólo estar recostados bajo el sol (cuando hacía frio) o bajo una buena sombra de algún árbol (cuando hacía calor). Aunque, claro, también había ocasiones en las que nadaban en ríos con corrientes más tranquilas o en alguna laguna.

Algunas veces, Subira se sentaba en unas lianas para columpiarse y, de vez en cuando, cuando Pumba la veía, era él mismo quien le daba unos leves empujones para columpiarla, mientras que Timón los miraba sentado en las raíces de un árbol o buscaba sus propias lianas para columpiarse también. Otras veces, la niña trepaba a algún árbol cercano para recostarse un momento entre las ramas, sólo que ahora teniendo más cuidado con las más delgadas.

Había días en los que Subira iba a pasear por ahí sola y Timón y Pumba aprovechaban esas oportunidades para pasar tiempo juntos. Ellos no lo sabían, pero la chica se había dado cuenta de qué tipo de relación tenían; ya entendió por qué le habían dicho que las personas del lugar del que venían los rechazaban. Sin embargo, a ella no le importaba, sabía bien lo felices que eran y amor genuino que se tenían. Aunque ya lo sabía, ella respetó su privacidad, si sus padrastros no querían hablarle sobre su relación, entonces no les diría nada ni habría insinuaciones o preguntas, hasta que ellos mismos se lo quisieran contar.

Antes de que se dieran cuenta, los días se convirtieron en semanas, después en años y, la pequeña niña de 8 años que habían rescatado del desierto, se había convertido en una adolescente de 15 años acoplada perfectamente a la tranquila y despreocupada vida de sus padres adoptivos, quien aún conservaba su naturaleza juguetona y traviesa.

Una mañana, al despertar, Subira estaba en el mismo lecho que sus padrastros. Al despertarse se estiró y soltó un gran bostezo que despertó a Timón.

  • Uf, cuidado de dónde sueltas ese aliento mañanero. Vaya forma de despertar.
  • Ja, ja, alguien se levantó del lado equivocado del musgo ¿Qué pasa papá? ¿Fue demasiado hakunamatata?
  • Ja, mocosa burlona. Yo inventé hakunamatata.
  • Ah ¿Sí? Pues yo lo perfeccioné.
  • Oh, sí, claro, claro que sí. –Le dio un leve golpe a Pumba para despertarlo.
  • ¿Eh? Yo no fui.
  • Pumba ¿Quién tiene el récor del eructo de insecto más fuerte?
  • Ah, lo tiene Subira.
  • De acuerdo, entonces ¿Quién es el campeón traga gusanos?
  • Subira otra vez. –Con esa respuesta, Timón empezó a sudar.
  • ¿Triturador de grillos?
  • Subira.
  • ¿Muerde abejas?
  • Subira.
  • ¿Masticador de larvas?
  • Es Subira.
  • ¿Sorbedor de caracoles?
  • Ah… no hay campeón. No hemos tenido una competencia de caracoles jamás.




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