El reino de Dios

4.2

4.2: LA JAULA EN EL REFLEJO

A la mañana siguiente, Masariego se paró frente al espejo para afeitarse, como lo había hecho durante veinticinco años.

Se vio a sí mismo. Cuarenta y siete años. Rostro sin expresión. Ojos que parecían estar mirando algo a través de sus propias pupilas, como si no estuvieran completamente presentes en su propia cara.

Y pensó: Esta no es la cara de un hombre. Esta es la cara de una máquina que ha aprendido a parecer humana.

No era un pensamiento que debiera tener. Se suponía que debía aceptar su reflejo como normal. Se suponía que debía proceder con el afeitado. Siete minutos. Como siempre.

Pero algo había grieta en él.

Comenzó a afeitarse. Pero mientras lo hacía, miró más allá del reflejo. Miró el fondo del espejo. Vio su apartamento detrás de él. Vio la precisión de todo. Vio cómo cada objeto estaba colocado exactamente donde debía estar. Vio cómo no había nada en su vida que fuera inesperado.

Y lo que vio fue una jaula.

No jaula hecha de barras. Jaula hecha de orden. Jaula hecha de precisión. Jaula hecha del acuerdo silencioso de que esto era vida.

La navaja resbaló.

Se cortó accidentalmente. Una gota de sangre cayó en el lavamanos blanco.

Era la primera sangre que vertía en años.

Y en el espejo, por un segundo, vio algo moverse detrás de él.




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