4.4: LA CIUDAD QUE CONFIESA
Durante la siguiente semana, Masariego se dio cuenta de que estaba viendo la ciudad de manera diferente.
No era que la ciudad hubiera cambiado. Era que sus ojos habían sido abiertos. Era como si llevara lentes que revelaban lo que siempre había estado allí, pero oculto.
Cuando pasaba por una calle, ya no veía calles. Veía estructuras de significado que habían sido construidas para asegurar que la gente viviera de manera compactada. Veía cómo cada aspecto de la ciudad estaba diseñado para ser lo opuesto a la libertad, pero de una manera tan sutil que la gente no lo notaba.
Las calles perfectas no eran para permitir que la gente caminara libremente. Eran para asegurar que el movimiento fuera predecible. Que pudiera ser monitoreado. Que pudiera ser controlado.
Los edificios iguales no eran para proporcionar vivienda económica. Eran para asegurar que nadie tuviera más espacio que otro. Que nadie tuviera un lugar que fuera realmente suyo. Que todos vivieran en la ilusión de igualdad mientras en realidad estaban igualmente prisioneros.
El ruido constante de la ciudad no era resultado de la actividad. Era deliberado. Era un baño semántico diseñado para evitar que la gente escuchara su propia voz. Para evitar que escucharan el silencio. Para evitar que escucharan la frecuencia del Reino.
Lo que antes me parecía orden, pensó Masariego, ahora veo que es compactación.
Lo que me parecía paz, ahora veo que es adormecimiento.
Lo que me parecía seguridad, ahora veo que es jaula.
Y no podía dejar de verlo.
Una vez que la grieta se había abierto, no podía cerrarse.
Cada día, el Ministerio parecía más transparente. Cada mecanismo de control, más obvio. Y él, más expuesto.
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Editado: 10.01.2026