El reino de Dios

3.2

3.2: EL DESCENSO A LOS NIVELES PROHIBIDOS

La ciudad tenía niveles.

Los humanos no hablaban sobre esto, pero todos lo sabían. La verdad estaba codificada en arquitectura.

En los Niveles Altos—donde estaban los edificios de cien metros, donde el aire era más claro porque se había filtrado a través de menos compactación—vivían los que tenían poder o la ilusión de poder. Masariego vivía en el Nivel 4. No era Nivel Alto, pero era Suficientemente Alto. Tenía ventanas. Tenía espacio.

En los Niveles Medios vivían los trabajadores de la máquina. Los administradores. Los contadores. Los que creían que su obediencia diligente eventualmente los llevaría hacia arriba.

En los Niveles Bajos —donde las estructuras eran chatas y oprimidas, comprimidas como si la ciudad misma intentara asfixiarlas bajo el peso de los niveles superiores— vivían los que no importaban. Allí, el aire era gris no por el humo, sino por la densidad de la desesperación.

Y debajo de los Niveles Bajos, en lo que algunos llamaban los Suburbios, existía un lugar que casi no era reconocido en los mapas oficiales.

La Zona de Ejecución.

Masariego nunca había estado allí.

Nadie iba allí voluntariamente.

Tomó el transporte de mañana (que iba hacia abajo, no hacia arriba, lo cual era en sí mismo perturbador; el transporte nunca iba hacia abajo). Los otros pasajeros eran inspectores, auditores como él, guardias de seguridad. Gente cuyo trabajo era mantener la compactación.

Nadie habló. El silencio en el transporte descendente era diferente al silencio en la ciudad. Era menos tranquilo. Era silencio de personas que sabían hacia dónde iban y no querían pensar en ello.

El transporte se detuvo una por una en las estaciones más bajas.

Nivel 3. Nivel 2. Nivel 1.

Con cada descenso, Masariego sentía que la gravedad aumentaba. No gravedad física. Gravedad existencial. Era como si cada metro que descendía, la densidad de significado compactado aumentara. El aire se volvía más pesado. Los edificios se volvían más grises. Las personas en las plataformas se movían más lentamente, como si nadaran en melaza.

A Nivel 1, Masariego fue el único que se bajó.

La puerta del transporte se cerró detrás de él con un chasquido definitivo.

Ahora estaba solo.

Y el aire olía a ozono quemado y algo más... algo dulce, como pan horneándose lejos.




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