El reino de Dios

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2: LA MANO INVISIBLE

2.1: EL METRÓNOMO QUE NO DUERME

Azriel no dormía.

Los ángeles Metrónomos no dormían, porque dormir significaba perder el ritmo. Y perder el ritmo era permitir que el universo se desincronizara. Era como un director de orquesta cerrando los ojos durante el clímax de una sinfonía: posible técnicamente, catastrófico en la práctica.

Así que Azriel permanecía despierto, observando.

Pero su forma de observar no era la forma en que los humanos observaban. Los humanos veían superficies. Veían la ciudad como un conjunto de edificios. Veían a las personas como cuerpos que se movían por calles.

Azriel veía de otra manera completamente.

Cuando miraba hacia abajo, hacia la ciudad de piedra que Masariego acababa de abandonar en el crepúsculo—ese espacio entre el día y la noche donde las cosas eran más maleables—no veía hormigón ni acero.

Veía densidad.

No densidad de materia. Densidad de significado.

La ciudad se extendía bajo él como una masa de pan sin levadura. Cada estructura representaba no un edificio, sino un significado compactado. El Ministerio de Consistencia no era edificio; era la cristalización material de la idea "el orden es salvación". Las calles perfectas no eran calles; eran las líneas de un significado único: "la uniformidad es seguridad".

Y cada persona en la ciudad era una molécula en esa masa. Cada una de ellas respiraba en sincronía. Cada una de ellas pensaba en patrones preautorizados. Cada una de ellas vivía dentro de significados que les habían sido inyectados como aire.

Pero no era aire verdadero.

Era nitrógeno. Era sustancia que se parecía a respiración pero que no sostenía vida. Era la ilusión de libertad dentro de una estructura diseñada para excluir libertad.

Azriel había estado observando esta ciudad durante doscientos treinta y cuatro años.

Su trabajo era precisamente esto: observar. Notar las variaciones. Detectar dónde la masa podría estar lista para recibir la levadura.

Porque aunque parecía que la ciudad estaba inmóvil, aunque parecía que nada cambiaría jamás, Azriel sabía algo que los humanos no sabían:

Toda masa, eventualmente, está lista para fermentar.

Simplemente hay que esperar el momento correcto. Hay que reconocer la proporción correcta. Hay que introducir la levadura exactamente cuando la harina ha sufrido lo suficiente por estar sola.

En el Libro de Metatrón, una entrada nueva parpadeó:

Masariego, Auditor Nivel 4. Desviación de ruta detectada. Probabilidad de apertura: 0.0003%.




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