2.2: LA ANATOMÍA DE UNA REVELACIÓN
Azriel descansaba (aunque "descansar" no era la palabra correcta; era más como "mantener vigilancia en frecuencias inferiores") en lo que los humanos habrían llamado el "espacio entre espacios". No era en el cielo. No era en la tierra. Era en el intersticio.
Desde allí, podía ver múltiples capas de la realidad simultáneamente.
La capa física: la ciudad de hormigón, acero, luz artificial. Donde Masariego ahora caminaba una cuadra fuera de su ruta habitual, pasando frente a una panadería que siempre había ignorado.
La capa semiótica: el complejo entramado de significados que mantenía la ciudad funcionando. Las palabras escritas en leyes. Las imágenes mostradas en pantallas. Las historias contadas en el ruido de la ciudad. Todo ello sostenía la estructura, como si fuera una red invisible de cables mentales que mantenía la compactación en su lugar.
La capa celestial: donde otros Metrónomos como él observaban. Donde el Libro de Metatrón registraba cada acción de cada ser en cada momento de la historia. En este momento, 47 Metrónomos tenían su atención puesta en la misma región.
La capa subterránea: donde vivían aquellos que habían aprendido a no confiar en la estructura oficial. Los primitivos. Los que recordaban. Los que mantenían la levadura viva en secreto. Encarnación estaba allí, amasando pan en un apartamento sin ventanas.
Y luego, la capa más sutil: la capa donde las proporciones se ajustaban.
Esta era la capa donde Azriel trabajaba.
En esta capa, él podía ver dónde la masa estaba demasiado compactada, dónde faltaba aire. Podía ver dónde la resistencia había sido demasiado fuerte, donde la gente ya no creía en los significados que sostenían la ciudad. Podía calcular, con una precisión que transcendía el cálculo matemático, cuándo sería el momento óptimo para que la Levadura fuera introducida.
Era como leer una partitura musical escrita en el idioma del tiempo.
Y en esa partitura, una nota acababa de cambiar de tono.
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Editado: 10.01.2026