2.4: EL CÁLCULO QUE DECIDE DESTINOS
Azriel se movió—aunque "moverse" no era la palabra correcta; era más bien un cambio de atención—hacia una región donde otros Metrónomos trabajaban.
Había Metrónomos para cada ciudad. Para cada región. Para cada nivel de la creación. Todos ellos estaban haciendo exactamente lo que hacía Azriel: observando. Esperando. Calculando.
En la región donde Azriel trabajaba (que era mucho más grande que una ciudad, pero mucho más pequeña que un continente, y que existía en una escala que no se podía medir en kilómetros), había aproximadamente trescientos veinte millones de seres humanos.
De esos trescientos veinte millones, Azriel sabía exactamente cuántos habían comenzado a sentir el Poro:
Cuarenta y tres mil, doscientos diecinueve.
Era 0.0135% de la población.
Técnicamente, era insignificante.
Pero Azriel no pensaba en términos de población. Pensaba en términos de significancia.
Y la significancia de esos cuarenta y tres mil, doscientos diecinueve no era su número. Era su potencial de fermentación.
Cada uno de ellos era un punto donde la Levadura podría, posiblemente, ser introducida.
Pero la introducción debía ser cuidadosa. Debía ser proporcionada.
Porque hay un principio fundamental en la fermentación que el universo respeta absolutamente:
Un tercio de levadura puede transmutar dos tercios de masa.
Pero si introduces menos de un tercio, la masa no se levanta. Permanece inerte. Tu trabajo se pierde.
Y si introduces más de un tercio, la masa se agria. Se pudre. Se destruye a sí misma.
La proporción es crítica. Es la diferencia entre transformación y aniquilación.
Azriel lo sabía porque había visto a ambos lados. Había visto regiones donde la levadura fue introducida demasiado pronto, donde la masa no estaba lista, y el resultado fue caos. Dolor. Muerte.
Había visto regiones donde la levadura fue introducida demasiado tarde, donde la masa se había compactado tanto que incluso cuando finalmente llegó la levadura, no podía penetrar. El significado era tan denso que nada podía transformarlo.
Su trabajo como Metrónomo era asegurar que la introducción fuera en el momento exacto, en la proporción exacta, en el lugar exacto.
Era un trabajo que requería paciencia que superaba cualquier comprensión humana.
Porque a veces, significaba esperar muchos años.
¿Y si esperamos demasiado? preguntó otro Metrónomo.
Entonces empezamos de nuevo, respondió Azriel. La levadura es eterna. Solo la masa tiene prisa.
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Editado: 10.01.2026